LO QUE CUESTA UN SOL

LO QUE CUESTA UN SOL

Cuando apenas empezaba diciembre de este 2004 que se fue, se celebró en la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova una sencilla ceremonia en la que el señor Presidente de la República impuso el tercer sol de General a Freddy Padilla de León. El acto mismo no tardó más de medio minuto: el saludo marcial del hasta entonces Mayor General a su Comandante en jefe, el sol sobre los hombros, unas palabras de congratulación y compromiso, de nuevo el saludo y regreso del General a su lugar. Para llegar a esos treinta segundos consagratorios, habían transcurrido treinta y ocho años desde la pálida mañana en que un joven costeño atravesara con su familia los arcos de esa misma Escuela, con su rústica impedimenta de cadete recluta, en busca de una gloria incierta, al encuentro seguro del sacrificio y del honor, esos inseparables compañeros del hombre de las armas. Sobre el prado del campo de paradas, los futuros cadetes enseñan a sus padres lo que aprendieron en las primeras dos horas de ins

03 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Cuando apenas empezaba diciembre de este 2004 que se fue, se celebró en la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova una sencilla ceremonia en la que el señor Presidente de la República impuso el tercer sol de General a Freddy Padilla de León. El acto mismo no tardó más de medio minuto: el saludo marcial del hasta entonces Mayor General a su Comandante en jefe, el sol sobre los hombros, unas palabras de congratulación y compromiso, de nuevo el saludo y regreso del General a su lugar. Para llegar a esos treinta segundos consagratorios, habían transcurrido treinta y ocho años desde la pálida mañana en que un joven costeño atravesara con su familia los arcos de esa misma Escuela, con su rústica impedimenta de cadete recluta, en busca de una gloria incierta, al encuentro seguro del sacrificio y del honor, esos inseparables compañeros del hombre de las armas. Sobre el prado del campo de paradas, los futuros cadetes enseñan a sus padres lo que aprendieron en las primeras dos horas de instrucción. Al terminar el desfile vendrá la despedida de los suyos, en la que se verá cuán inútiles fueron las recomendaciones a la madre para que no abochornara al recluta con sus lágrimas cobardes.

Tres años pasaron, padeciendo el frío de esta altiplanicie que a la hora de diana, mucho antes de que el sol pueda hacer algo por entibiarla, parece entumecer el corazón, más que las manos. Tres años de fatigas, de insomnios, de clases intensas y de ejercicios exigentes que le muestran al cadete que él también es capaz de las hazañas inverosímiles de quienes lo aventajan en antiguedad. Cuando recibe la daga, jura que irá hasta los límites del último sacrificio antes de abandonar en el combate a un superior o a un subalterno, o a un compañero, que desde entonces y para siempre no será tal, sino su lanza, que es como un pacto fraterno para vivir y morir inseparables. Recibe la distinción del alférez, empieza el duro aprendizaje del mando y luego la estrella del subteniente, que lo exalta como oficial de un ejército que no sabe de derrotas y que no sufrirá la primera por su culpa. Como en el caso de Padilla, siendo el primero del curso recibirá la bandera de manos del Presidente y al frente de sus compañeros hará en marcha solemne la promesa de no mancillarla, y de no permitir que otro la mancille.

Como es de los mejores, se hará Paracaidista y jefe de salto. Y Lancero, la flor y nata de los combatientes, e instructor de lanceros, esquivo honor a tan pocos reservado. Y el servicio vendrá de la mano del estudio, para ser Ingeniero y Politólogo, y experto en lucha antiterrorista, y en estrategias y técnicas de negociación, dejando en las mejores universidades civiles y militares de Colombia, de los Estados Unidos, de Chile, la huella de un caballero, de un intelectual, de un soldado. Y en cada escalón de esa carrera, el servicio de las armas en los más duros lugares del combate, las vigilias interminables, los peligros atroces, la soledad, la lejanía, la incomprensión, el triunfo silencioso, el dolor sin orillas de ayudar a sus soldados moribundos.

El Presidente de la República compartió los últimos días del año con nuestros hombres en el Guaviare, en el Caquetá, en medio de la selva sin orillas y dijo su discurso de Año Nuevo en la serranía del Chiribiquete. Pocos sabrán a costa de cuántas penas y de cuánta sangre ondea la tricolor bandera en aquel que fuera reducto del terrorismo internacional, financiado por ríos de coca y de dólares malditos. La Patria es nuestra, otra vez, y el fin de la pesadilla está cerca. Pero todo eso fue posible porque unos cuantos quijotes del ideal lo dejaron todo para servirnos, para protegernos, para que pudiéramos vivir en paz, digna y plenamente. Al lado del Presidente y con los generales Ospina y Castellanos, y con Lesmes y el Almirante Soto, y recordando a Mora y a Velasco y a Carreño, Freddy Padilla de León pensaría que 38 años no son nada y que esos treinta segundos y el sol que los pagaron, bien valieron la pena.

flondonohoyos@latinmail.com

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