OTRO REBELDE ANDINO

OTRO REBELDE ANDINO

La toma de la comisaría de Policía de la ciudad peruana de Andahuaylas, en pleno Año Nuevo, es una nueva muestra del preocupante desprestigio de los mecanismos democráticos en ese país. A la vez es tragedia, pantomima y un serio campanazo para el emproblemado gobierno del presidente Alejandro Toledo.

05 de enero 2005 , 12:00 a.m.

La toma de la comisaría de Policía de la ciudad peruana de Andahuaylas, en pleno Año Nuevo, es una nueva muestra del preocupante desprestigio de los mecanismos democráticos en ese país. A la vez es tragedia, pantomima y un serio campanazo para el emproblemado gobierno del presidente Alejandro Toledo.

Si no fuera por el trágico saldo 5 policías muertos y 19 heridos , los hechos lucen casi de vodevil. En la madrugada del primero de enero, Antauro Humala, ex mayor del ejército, y sus hombres tomaron por asalto la comisaría, capturando 19 rehenes, con el anunciado propósito de lograr la renuncia de Toledo. Desde Corea del Sur, donde es agregado militar, Ollanta, hermano mayor del jefe de los rebeldes, insinuó su apoyo (la prensa local informó que había sido dado de baja del ejército, el que era coronel, dos días antes). Los progenitores de ambos golpistas ofrecieron una insólita conferencia de prensa en la que el padre aplaudió a su hijo y la madre lo regañó por los muertos. Después de cuatro días de balaceras esporádicas, manifestaciones populares en favor de los asaltantes y un toque de queda en Andahuaylas respaldado por 1.000 efectivos de la fuerza pública, el líder fue arrestado tan sorpresivamente como se tomó la comisaría, mientras negociaba con el jefe de Policía. Horas después, sus partidarios se entregaron.

Aunque Antauro enfrenta una condena por terrorismo, secuestro y homicidio, todo indica que el primer damnificado es el propio Toledo, ya objeto de críticas por no haber previsto una crisis que, seguramente, además de adelgazar su ya magro prestigio (9 por ciento), hará aún más endeble la democracia que preside hace tres años largos. A caballo del profundo desprestigio del gobierno, la corrupción y la debilidad de la justicia, los hermanos Humala son la punta del iceberg de una sociedad que ha desarrollado una inquietante desconfianza hacia los mecanismos institucionales. Expresión de la cual fueron los casi 2.000 casos de linchamiento con los que muchas comunidades se tomaron, en el 2004, la justicia por su propia mano (solo en Lima hubo 700).

Algo saben de ello los Humala: después de tomarse con 50 militares una instalación minera, en el 2000, Ollanta fue indultado por el Congreso, y luego enviado a Corea. Eso fue contra Fujimori. Quizá él y su hermano esperan que, gracias a Toledo, a ellos les está reservada la suerte de sus (ahora) ilustres antecesores andinos, como el ecuatoriano Gutiérrez o el venezolano Chávez, que no estarían en el poder sin haber sido, antes, golpistas.

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