BECKER SUFRIÓ UN SHOCK

BECKER SUFRIÓ UN SHOCK

Primero la raqueta enviada a la tribuna. Luego las muñequeras y hasta las toallas ofrecidas a jóvenes hinchas que le pedían algo de recuerdo. Por fin, como ya de nada podía despojarse sin caer en posible anatema , Boris Becker recurrió a una insólita sesión de jogging para diluir la presión interna por su triunfo del domingo en Melbourne. Qué pasó? Ganador de su quinto torneo de Grand Slam en su pródiga campaña, Becker ya tiene la costumbre de afrontar los triunfos desmesurados, lo que descarta toda posibilidad de una reacción ante el primer contacto con la victoria en ese alto nivel.

29 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Pero en cambio, el hecho de haberse consagrado siquiera de momento como número 1 del tenis mundial fue un shock que más tarde el pelirrojo de Leimen trató, infructuosamente, de describir con palabras después de haberse sentido desbordado por su impacto emocional.

Monstruo de competitividad, rasgo de carácter descubierto desde muy temprano por el cazador de talentos rumano Ion Tiriac, Boris juntó tanta presión interna el domingo cuando enfrentaba a Iván Lendl y, sobre todo, al acercarse al número 1 la cereza en la cumbre del pastel del Abierto Australiano que estuvo a punto de perderlo todo.

La intervención de Jodd Snyder, el kinesiólogo oficial de la ATP, durante el primer set fue reveladora: el alemán había puesto tanta atención en el remate del partido que parecía a punto de quebrarse físicamente.

Más que el discreto masaje aplicado en una zona de terminales nerviosas, la terapia de Snyder fue una simple frase para recordarle a su paciente ocasional, como todos los que trata en torneos, que vivía un desfase entre la realidad donde Lendl le estaba dando una paliza y su aspiración de ser reconocido como el mejor tenista mundial. Becker desnudó otras cosas...

La primera reside en que, Boris forma parte de la ya legión de personajes que, en lugar de practicar un deporte que le dé placer además de darle dinero y fama, lo invierte todo: su gozo llega con las cifras que danzan en su cuenta de cheques con las millares de menciones de su nombre y la reproducción de sus fotos en los periódicos, con los minutos que ocupa su maciza imagen en las pantallas de televisión del planeta entero.

Cargado de ambición y deseos de alcanzar por fin la cumbre, Becker jugó como dopado por el objetivo que se fijó desde niño, cuando un tal Bjorn Borg era el número 1 indiscutido.

Algo así ocurre con los montañistas capaces de afrontar los mayores sacrificios durante las semanas que pasan al pie de la cumbre que quieren alcanzar, desde la cual podrán echar a navegar su mirada sin límites.

En lugar que girar sobre sí mismo para guardar en las retinas el paisaje inefable desde la cumbre del Everest, el Aconcagua o el Kilimanjaro, Becker corrió entre los árboles del Flinders Park de Melbourne.

Dicen que eso es placer. Algunos, como el piloto sudafricano Jody Scheckter al ganar el Gran Premio de Mónaco o el ciclista español Pedro Delgado, tienen la lucidez de compararlo a un orgasmo.

Becker no podía hacerlo el domingo: demasiado abrió la boca para decir tonterías, lo que le valió ser mal comprendido por sus compatriotas. Por eso corrió, se calló y volvió a casa como si nada le hubiera ocurrido. Pero nadie le cree: también en esos casos la procesión va por dentro.

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