Secciones
Síguenos en:
LAS CHIVAS LOCAS

LAS CHIVAS LOCAS

De repente, sobre las frías calles bogotanas irrumpe una ruidosa y destartalada máquina parecida a un bus o quizá a una mula de carga, repleta de gente bailando, tomando y cantando convencida, al parecer, de que recorre las cálidas y caribeñas calles de Cartagena o Santa Marta. Es tal la confusión de nuestros felices turistas locales que cuando el paseo se realiza de día van aperados con gafas oscuras, bloqueador solar de alta gama, guayabera amarilla y pepas rojas y le gritan al resto de los mortales que pasamos por las calles apenas en función del trabajo con cierto acento de cachaco embriagado recorriendo La Heróica. Pasan tan entusiasmados por el ron Tres Esquinas, el licor preferido para aumentar la ilusión de que estamos bordeando al Océano Atlántico, que por momentos hasta uno también se olvida de que acá en Bogota llueve y llueve, nada menos que 185 días al año, y que la niebla, esa bella atmósfera gris de la ciudad, no cede a pesar de la algarabía.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
28 de febrero 2005 , 12:00 a. m.

De repente, sobre las frías calles bogotanas irrumpe una ruidosa y destartalada máquina parecida a un bus o quizá a una mula de carga, repleta de gente bailando, tomando y cantando convencida, al parecer, de que recorre las cálidas y caribeñas calles de Cartagena o Santa Marta. Es tal la confusión de nuestros felices turistas locales que cuando el paseo se realiza de día van aperados con gafas oscuras, bloqueador solar de alta gama, guayabera amarilla y pepas rojas y le gritan al resto de los mortales que pasamos por las calles apenas en función del trabajo con cierto acento de cachaco embriagado recorriendo La Heróica. Pasan tan entusiasmados por el ron Tres Esquinas, el licor preferido para aumentar la ilusión de que estamos bordeando al Océano Atlántico, que por momentos hasta uno también se olvida de que acá en Bogota llueve y llueve, nada menos que 185 días al año, y que la niebla, esa bella atmósfera gris de la ciudad, no cede a pesar de la algarabía.

"La flota, como llaman (al bus) en aquellas montañas boyacenses que padecen una oscura nostalgia de mar, destartalada y ruinosa rodaba cuesta abajo despidiendo un humazo apestoso a aceite quemado y a grasa de motor", comenzaba así Eduardo Caballero Calderón una de las novelas que mejor capta esa vida provinciana de los recorridos intermunicipales por Colombia, Siervo sin Tierra.

Pero en Bogotá del siglo XXI no es una flota siquiera, sino una chiva extravagante la que aparece en el horizonte llena de una felicidad injustificada, que no sólo nos produce envidia por no estar en una playa tirados recibiendo mar y sol, sino también fastidio por el error de cálculo de sus avispados propietarios al pretender meter a la ciudad en una fiesta pública que ellos se han inventado sin alguna consideración por nuestro paisaje, nuestro ambiente y ni siquiera con nuestro oídos o nuestra vista.

Así entonces, le sobran argumentos objetivos y subjetivos al alcalde Garzón, aun siendo rumbero como es él, al recordarles a estas invasoras miniaturas costeñas o tolimenses que por estas tierras frías y urbanas donde ya aprendimos a comer arepa e huevo y a bailar vallenato para calentarnos un poquito, meterle ahora chivas sin puertas ni ventanas y enloquecidas por hacernos felices a toda costa, invisibiliza la Bogota cultural al cambiarle su ajiaco tradicional por una extraña y anacrónica sopa de chiva con el chivo adentro.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.