PERDÓN Y OLVIDO, SENTENCIA Y VERDAD

PERDÓN Y OLVIDO, SENTENCIA Y VERDAD

Soy de aquellos que creen que la desmovilización de los paramilitares es una buena noticia. Soy de aquellos que piensan que 18 mil colombianos alzados en armas en proceso de desmovilización, aunque su delito no haya sido la rebelión, sino todo lo contrario, es una buena noticia, porque menos armas es, de manera muy simplista, mucho mejor para la estadística de la vida que lo contrario.

11 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Soy de aquellos que creen que la desmovilización de los paramilitares es una buena noticia. Soy de aquellos que piensan que 18 mil colombianos alzados en armas en proceso de desmovilización, aunque su delito no haya sido la rebelión, sino todo lo contrario, es una buena noticia, porque menos armas es, de manera muy simplista, mucho mejor para la estadística de la vida que lo contrario.

Soy de quienes aplauden al presidente Uribe y a Luis Carlos Restrepo porque "a punta de maña" fueron llevando a los paras hasta la mesa y luego, bajo la espada de la extradición, hasta la firma. Y allí están, sin fusiles, en la mesa de negociación.

Soy, además, de los que piensan que las Farc son absolutamente cínicas cuando critican este proceso: no fueron ellas las que pidieron, como punto principal en las negociaciones con Pastrana, que el Estado "desmovilizara" a los paramilitares? Pues bien, ahí están: desarmados.

Pero tengo que confesar que, a pesar de que todo eso me parece una gran noticia y de que ver a Mancuso ofreciendo disculpas por las masacres despierta en mí una esperanza que tenía dormida sobre la paz en Colombia, creo que si no se le pone orden al proceso, esto terminará peor de lo que estaba, antes de que empezara el carnaval de Santa Fe de Ralito, en el despelote permanente de la guerra circular.

Por qué lo digo?.

Porque creo que la paz de los paramilitares no se agota en su desmovilización, ni en la entrega de sus fusiles, ni en el retiro de los cuadros que hacen parte de los carteles o de su actividad de narcotráfico, ni en la entrega de las rutas, los p y g, las cuentas bancarias...

Creo que para que la paz con los paras sea seria se requieren dos cosas adicionales. Ambas explicadas por todos aquellos a quienes, como el senador Rafael Pardo, no les parece suficiente el acto de entrega de un fusil para que un delincuente quede en paz con la sociedad.

Lo primero es la verdad.

Las lágrimas de Mancuso, sin duda un tipo hábil e inteligente, requieren un paso más allá. Necesitan un proceso que involucre la verdad. Si las Auc son capaces de "darse ese lapo", de presentarse ante la comunidad nacional e internacional y decir "estas fueron nuestras masacres, esta la gente que asesinamos, esta la gente que desplazamos, esta la que amenazamos", y enumerar, con sus nombres y apellidos, a las víctimas, y reparar ante sus familiares esa pérdida de manera honesta y directa, habrían dado un ejemplo histórico a las Farc. De lo contrario, llenarían de argumentos a quienes dicen que esta no es una desmovilización, sino una comedia.

Por último, la paz requiere un proceso judicial. No solo por la búsqueda de la verdad, sino porque las leyes en Colombia no están escritas en la pared para que los gobernantes de turno las apliquen como les viene en gana, sino para que quienes cometen delitos sepan que allí están, que son testigos de sus actos cobardes. Puede que, por motivos políticos y en la búsqueda del fin último de la reconciliación, la pena que les corresponde no sea aplicada. Que así sea. Pero, en ese caso, se trata de un gesto de generosidad de la sociedad para con ellos, no de una prerrogativa adquirida por la vía de los AK-47 o de la motosierra.

Se trata del perdón de la sociedad, de un gesto generoso de cada uno de los cuarenta millones de colombianos que aborrecemos a los violentos, y aun, quizás, hasta del olvido, pero ni el uno ni el otro son el resultado de su fuerza criminal, de su enorme poder o de su riqueza, cosa que nos importan un absoluto cuerno, sino de la generosidad de una sociedad hastiada de la guerra, de la impunidad, del crimen, del narcotráfico y de la crueldad. Así como de la capacidad de riesgo de un gobierno valiente que se ha jugado a fondo y de manera temeraria en esa aventura, el cual, en ningún caso, debe perder su prestigio en ella simplemente porque los jefes de los paras no quieren caminar la última milla en aras de la paz.

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