IGUARÁN, FISCAL ENTRE LOS GUAYOS Y LA BIBLIA

IGUARÁN, FISCAL ENTRE LOS GUAYOS Y LA BIBLIA

La sola mención de su nombre despierta exclamaciones de respeto en el solemne gremio de los magistrados jugadores de fútbol.

24 de julio 2005 , 12:00 a.m.

La sola mención de su nombre despierta exclamaciones de respeto en el solemne gremio de los magistrados jugadores de fútbol.

Mucho antes de entrar a la historia del país esta semana como el quinto Fiscal General de la Nación, Mario Iguarán ya se había ganado un lugar en la desconocida y probablemente aburrida liga de equipos de la rama judicial.

Su fama de jugador 10 la obtuvo por su habilidad para esquivar contrincantes con sus 1,65 metros de estatura y por su capacidad de poner pases con una precisión similar a la que usa para redactar sus ponencias penales.

"Es todo un Valderrama", dice sin vergenza Javier Tobo. Este abogado, que hasta hace un mes fue magistrado auxiliar del Consejo de Estado, fue compañero de Iguarán en por lo menos tres equipos de fútbol.

El fiscal electo jugó en un equipo de la Universidad Externado (donde se graduó de abogado y dictó cátedra), en el equipo tres veces campeón de la Corte Constitucional (donde fue magistrado auxiliar) y en el de la Procuraduría (donde ejerció como procurador delegado para la Contratación).

Pero el mejor partido de su vida no lo jugó en una cancha de fútbol. Lo jugó en la administración de -lvaro Uribe, donde solo en un año y cuatro meses como viceministro de Justicia logró ser incluido en la terna para fiscal y salir ganador.

Para muchos fue un gol sorpresivo. De un momento a otro, este desconocido vallecaucano de 45 años, que nació en El Cerrito pero se crió en Buga, apareció en el Congreso haciéndole gambetas a la oposición y recibiendo palomitas del ministro del Interior y de Justicia, Sabas Pretelt, para defender en los estrados los proyectos jurídicos del Gobierno.

Pese a su larga trayectoria de penalista en cargos como director de la Escuela Judicial Rodrigo Lara Bonilla o conjuez de la Corte Constitucional, la verdad es que llegó como un jugador de bajo perfil.

Entonces, dicen los congresistas, hecho mano de sus dotes de jurista, de su sentido del humor y de una diplomacia natural que lo convirtió en ficha clave para tejer la defensa de proyectos clave como la Ley de Justicia y Paz.

Haber estado en la delantera de esa discusión le sirvió para ganarse el empujón del ministro Pretelt y de los conservadores. Ese respaldo fue suficiente, incluso, para derrotar el temor de los que veían en Iguarán a una persona con un carácter blando y tímido que no parecía cuadrar con el perfil de funcionario recio que exige el cargo de fiscal general.

Estricto como alemán.

A otros ese comentario les provoca risa. "No lo han visto bravo", dice el ex magistrado Tobo, que recuerda las peleas que dio Iguarán para echar a rodar la escuela Rodrigo Lara.

Añade que es dueño de una disciplina de alemán, que aprendió cuando estudio derecho comparado en la Universidad de Bonn.

Tal vez por eso, sus colaboradores, como la abogada Zaydi Eliana Mora, dicen que la impuntualidad es capaz de dañarle su buen genio y sacarle el alemán que lleva por dentro.

Claro que a juzgar por el estruendo de aplausos y de abrazos que lo rodearon en su oficina del piso 8 del Ministerio, el pasado martes cuando fue elegido fiscal, Iguarán está lejos de ser un jefe del Tercer Reich.

Todo lo contrario. Sus parientes, entre ellos su esposa Lucero Saavedra y sus dos hijos, lo ven como como un hombre espiritual que lee la Biblia con frecuencia y la empaca en sus viajes.

De hecho, un día antes de que el presidente enviara la terna para fiscal a la Corte Suprema, Iguarán aprovechó una visita al Valle para realizar una fugaz peregrinación al Milagroso de Buga. Lo hizo debido a que alguien le informó que no iba a ser incluido entre los aspirantes. Al día siguiente apareció en la lista.

Aunque en esa ocasión pasó desapercibido en la ciudad donde creció, la próxima vez que la visite seguramente tendrá un recibimiento de héroe. Aquí sus antiguos profesores no paran de hablar de ese muchachito que devoraba libros y que pintaba para cosas grandes.

"Siempre mostró un alto perfil por la parte humanística", dice su profesor de secundaria Gerardo Durán Materón. Tampoco se olvida de que era el mediocampista estrella del colegio Los Andes y que es un hincha a morir del Deportivo Cali.

Ahora, este penalista, al que su tío José Antonio Iguarán considera "tan bugueño como la basílica del Señor de Los Milagros", deberá demostrar que tiene los guayos bien amarrados para afrontar el más grande reto de su vida.

Ver entrevista página 1-19.

Iguarán, a los 17 años

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