LO ÚLTIMO DE LA SICARESCA ANTIOQUEÑA

LO ÚLTIMO DE LA SICARESCA ANTIOQUEÑA

En la España literaria ( y en la real) de los siglos XVI y XVII, el pobre, para sobrevivir, se iba de pícaro. Y la picaresca es esa riquísima corriente literaria que para muchos críticos inaugura la novela moderna: el Lazarillo, el Buscón, Guzmán, Rinconete... En la Antioquia literaria ( y en la real?) de finales del siglo XX, el pobre, para salir de pobre, se mete de sicario. Y la sicaresca es una tremenda moda literaria paisa que revela no la pobreza de nuestra narrativa sino la de nuestra realidad: pelaítos sin semilla que duran poco en sus historias callejeras. A la literatura surgida en un burdel, en todo caso, es difícil exigirle que sea casta. Como el picaresco, el relato sicaresco requiere la primera persona, el tono autobiográfico, la crudeza realista. El escritor no se declara creador sino amanuense, copista: intermediario de un testimonio auténtico. Quienes firman estas obras, por lo general, no pertenecen al proletariado sino a la clase de casi todos los que leemos y esc

10 de julio 1994 , 12:00 a.m.

Alfaguara acaba de publicar la última novela de este género: La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. Con lo cual, creo, ya sí llegamos al colmo. Quiero decir al culmen, a lo que culmina, al non plus ultra de la sicaresca antioqueña. Aquí la muerte es ya, definitivamente, Señora, y de ahí para adelante no veo por dónde se podría seguir. Así como el Quijote acabó con los libros de caballerías (escribiendo el mejor y el más distinto libro del género, su superación y disolución), espero que esta obra de Vallejo, y ya era hora, acabe con la moda sicaresca.

Medellín real Fernando Vallejo es el menos sociólogo y el más literato de los autores de esta tendencia. El más duro y por lo tanto el menos condescendiente; el menos sentimental y por eso mismo el que más se acerca a comprender y a identificarse con el horror de los que matan. Y esto gracias a la distancia, a la posibilidad de alejarse de su personaje para verlo mejor y mejor retratarlo.

Según la persona preceptiva de Vallejo, de la que ha hablado en varias pates, en la narrativa actual es admisible solamente la escritura en primera persona. Y su yo, además, puede ser tan solo él, el niño de Santa Anita, cruce de laureanista con Lía bíblica, cineasta, mexicano y más que biógrafo reencarnación de un poeta modernista, Barba Jacob, que desencarnó en México por allá por los mismos días del nacimiento de Vallejo, en 1942.

Hablo de ese yo, de esa primera persona, porque éste debe haber sido el lío técnico más difícil de resolver para Vallejo. Cómo encajar en una retahíla de disparos y sangre, al yo delicado y tierno del gramático, al yo menos sicario de Medellín, cómo injertarlo en el cuerpo del matón? Vallejo lo resuelve con la técnica del ángel de la guarda: el sicario no es el yo narrador sino otro, un amante compañero, que no lo desampara ni de noche ni de día, hasta que se muere, no en paz y alegría, pero en cierto sentido sí con todos los santos, y sobre todo con María, la Virgen de los sicarios.

Si toda novela, como creo, tiene un número que la gobierna, el número de esta novela es el dos. Una pareja, o mejor dicho dos parejas (porque el libro, fiel a su número, tiene al final su buen duplicado sangriento), se mueven por una Medellín perfectamente real, paseándose en un solo movimiento doble y pendular: matar gente y visitar iglesias. En una especie de romería por todos los santuarios, capillas, iglesias, catedrales, templos del Valle de Aburrá, las parejas visitan santos y salen a la calle a despachar almitas para el cielo.

Esto es posible, y verosímil, en una única ciudad del mundo: la más católica y al mismo tiemo la más vulgarmente violenta del planeta. El lenguaje, fiel al territorio que pisan los personajes, es aterrador, lleno de insultos burdos de burdel, sin un solo asomo de piedad o participación humanas (salvo cuando aparecen animales, único instante en el que al yo del libro se le agelatina y ablanda y casi que disuelve el corazón).

No creo, como apunta Jorge Orlando Melo en su reseña del libro de Vallejo, que el parentesco de esta novela se deba buscar por el lado de Swift y sus irónicas propuestas para acabar con la pobreza. En La virgen de los sicarios el yo piensa, franca y sinceramente, sin ironía, que la solución es despachar al otro mundo a todo el mundo, dejando aquí, si mucho, un par de Homo Sapiens que puedan extasiarse en la observación del maravilloso reino animal sin humanos.

Amoralidad novelista Quienes por anomalías de personalidad o por experimentos personales simpatizamos con los pícaros, pero tenemos aversión a los sicarios, no podemos dejar de sentir escalofrío al ver que ciertas pesadillas de la realidad encarnan en protagonistas y héroes de novela. El matón, para nosotros, sigue siendo aquel que definía Valle Inclán: alguien que mata siempre sin saña, con frialdad, como matan los hombres que desprecian la vida, y que, sin duda por eso, no miran como un crimen dar la muerte .

La misma actitud de total desprecio por la vida, de absoluta ausencia de compasión, aparece en el lenguaje sicaresco. Y en esto el libro de Vallejo no deja la menor rendija de piedad. El yo piensa algo, agresivo por lo general, y su alterego o ángel de la guarda lo realiza: un mendigo, un gamín, un taxista, una mujer preñada, todo lo que al narrador le causa repugnancia, es eliminado por su extensión o apéndice, sin que casi haga falta ni mediar palabra. Los odios del narrador se transmiten telepáticamente a su verdugo, el encargado de hacer el trabajo sucio, de vengar su nostalgia por la supuesta ciudad paradisíaca que vivió en la infancia el yo del cuento.

Es bastante fuerte la tentación de juzgar este libro de Vallejo desde un punto de vista moral y no literario, y algunas de las primeras reseñas a su novela han caído en esta trampa. El antídoto para no caer en este tipo de crítica literaria está en el último libro de Kundera, Los testamentos traicionados: La novela es el territorio en el que se suspende el juicio moral. Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender .

Por esto hay que abstenerse de hacer reparos morales a esta durísima novela de Vallejo; la crítica literaria debe ocuparse del texto y de lo que este consigue crear. La novela de Vallejo muestra una Medellín espantosa y real, terrible y despiadadamente cierta. Su quijotesca pareja de gramático loco y ángel exterminador, de muerto en muerto, termina macabramente con un género terrible: la sicaresca antioqueña.

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