LA URGENTE SOLIDARIDAD

LA URGENTE SOLIDARIDAD

Muchos frentes de batalla tiene el país: económico, de violencia, de inseguridad, de insatisfacción, de inmoralidad. Se abre otro, preocupante e imperioso de cubrir: el de la insolidaridad, que comienza a aflorar. De su peligro urge hablar para prevenirlo, enfrentarlo y, por sobre todo, eliminarlo. La insolidaridad es una de las condiciones humanas más difíciles de acallar, porque ser insolidario es fácil, en cambio, ser solidario no es sencillo. Los gobiernos despiertan resistencias, son impopulares y con el paso de los días sus medidas producen, generalmente, resquemores. Primero, por no generar efectos inmediatos; y segundo, por lesionar a algunos estratos de la sociedad. A nadie le gustan los impuestos, tampoco las restricciones. Muchísimo menos el encaje necesario dentro de una disciplina forzada por la ley o por las normas de menor cuantía. En Colombia nos estamos volviendo insolidarios. Cuando la situación en casi todos los campos de la actividad nacional adquiere matices pel

28 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Al presidente Gaviria lo eligió el pueblo colombiano en libérrimas elecciones. Ha venido enfrentando los problemas con seriedad y decisión, y cuando hablamos de problemas, tenemos que concederles una gravedad imposible de negar. Surgen en el plano económico, brotan en el terreno de la violencia y la inseguridad, son fáciles de percibir en los diálogos para encontrar la paz. Parece que a Colombia la ha dejado de su mano el buen Dios. Si volvemos los ojos al pasado, la situación era mejor. Los males que aquejan en el presente y tememos en el futuro a nuestros compatriotas, no tenían el volumen de hoy. Había una gran condición: el país era solidario con sus directivas en el gobierno y con los partidos políticos.

Un acto de generosidad colombianista es comprender las dificultades que enfrenta el sector oficial y ayudar a solucionarlas. El campo de las protestas lo explotan con facilidad los columnistas de los periódicos, y todos cuantos con escasas excepciones interpretan la opinión pública. Lo grave es que lo hacen a su manera y muchas veces ella no responde a la realidad, sino a intereses con sentido político o propios de una buena fe manifestada con un temperamento de permanente insurgencia mental. No se pide censura, ni freno a la libertad de expresión. Deseamos un sentido colombianista donde se modere el lenguaje, se borren los epítetos agresivos y se entienda un poco más generosamente el mandato presidencial. En el campo económico, los expertos alaban las medidas oficiales para contener la inflación. Ciertamente son duras, pero inevitables de soportar, porque sus frutos se verán en el futuro. Hay que analizarlas, si es el caso, moderarlas, pero dentro de una discusión económica de fácil comprensión y dictada bajo un signo inevitable de sacrificio. Todo ello es posible, eliminando aquellos movimientos tendientes a crear grupos solidarios contra las medidas oficiales, porque con ello solo se contribuye a acrecentar y colaborar con las fuerzas contrarias al orden nacional.

El Presidente y las Fuerzas Armadas necesitan del respaldo generoso de los colombianos. No estamos bajo una dictadura, sino dentro de un Estado de Derecho, y en él la norma aconsejable: vivir en solidaridad.

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