MAL MANEJO

MAL MANEJO

Con intenso estupor, y con un dolor que todos compartimos hasta la fibra más íntima del corazón, el país escuchó el viernes pasado las terribles palabras de esa admirable mujer que es doña Nydia Quintero de Balcázar. Ella, el ex presidente Turbay Ayala, su hijo Julio César Jr, habían rogado al gobierno, con muy sólidas razones, que no intentara rescatar a Diana ni a los demás periodistas secuestrados. Sabían lo que podía ocurrir. Y lo que temían, pese a todo, ocurrió. Y por qué ocurrió? Yo no creo al presidente Gaviria insensible ante semejantes súplicas. De sobra debía entender que es preferible un periodista secuestrado pero vivo a un periodista liberado pero muerto. Simplemente, a juzgar por lo que estamos viendo, el Presidente ha dejado que la Policía y el Ejército actúen por su cuenta, como les parece, sin medir consecuencias, sin tomar en cuenta la política del Gobierno. El Presidente ha renunciado a un fuero esencial de su mandato.

28 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Todo ocurre como si frente al narcotráfico y a la subversión existieran dos políticas, una que trazan jóvenes civiles en la Casa de Nariño y otra que adelantan las dependencias militares. Es como si tuviésemos dos gobiernos.

Con el narcotráfico, el Presidente se estaba aproximando a la paz, gracias a los decretos 2047 y 3030. Se habían entregado los dos hermanos Ochoa. Los extraditables habían decretado la tregua. En cualquier momento, los periodistas secuestrados podían ser puestos en libertad. Su vida, en todo caso, no corría peligro.

Ante tales perspectivas, cualquiera con dos dedos de frente entiende que la Dijin y el Cuerpo Elite de la policía debían moderar sus ardores persecutorios. A sus procedimientos, a veces brutales, apoyados en la convicción de que es mejor liquidar a los narcos, a sus amigos y familiares en lugar de detenerlos, había que ponerles freno por razones de principio y por razones de conveniencia. El Presidente tenía la obligación de prestar oídos a graves denuncias sobre atropellos que comprometían su política.

No lo hizo. O no le hicieron caso, y ambas cosas son graves. Es que el Presidente no ejerce su autoridad en esta área. O no quiere ejercerla. Menos aún la tienen sus consejeros con plumas de pichón. Frente a una doble barbarie enfrentada qué puede hacer en Medellín la bella María Emma Mejía? Por este manejo incierto, o mejor, por este mal manejo, hoy lloramos a Diana y temblamos por Francisco y por Maruja y los demás rehenes. Por ese mal manejo, ahora, en vez de una guerra terrible, tendremos dos.

Todo ha marchado al revés: se le declara la guerra a quien busca la paz y se le propone la paz a quien hace la guerra. Mientras enjambres de policías y helicópteros se abatían sobre la casa donde Diana estaba secuestrada, con la prudencia de mastines en una cristalería, a la guerrilla se le dejaba actuar impunemente. Así, en el mismo departamento de Antioquia, cerca de Zaragoza, 250 guerrilleros tuvieron todo su tiempo para dinamitar equipos e instalaciones de la firma francesa Spie Batignolles, que construye el oleoducto Barrancas- Coveñas, y secuestrar a tres franceses. Las pérdidas suben a muchos millones de dólares. Y no había allí, colosal irresponsabilidad, ni la sombra de un soldado.

Todo anda muy mal. El país, en vidas humanas y en recursos naturales, se está desangrando. El terrorismo ha logrado el derrame de 30.000 barriles de crudo por valor de 430 millones de pesos. Se han dejado de bombear un millón doscientos mil barriles por valor de 17.250 millones de pesos. Medio país rural está boleteado o secuestrado.

Era previsible una gran ofensiva guerrillera tras la toma de Casa Verde. Previsible para todo el mundo, salvo para el Gobierno. Desde luego, nunca me pareció que este santuario de la subversión debía dejarse intacto. Era absurdo. Pero esa operación, como el ataque a Irak, requería una movilización de la opinión pública, el diseño de una estrategia y un cálculo de riesgos y de su respuesta. Si uno declara guerras, debe saber cómo las gana.

Pero no fue así. Dada su importancia, la toma de Casa Verde no era una simple operación militar. Era una decisión política. Debía asumirla el Presidente. Pero no la asumió. Dejó el asunto en manos de los militares, con la piadosa excusa de que su presencia en todo el territorio nacional era asunto de su incumbencia. Es como si Bush considerara que el bombardeo a Bagdad fuera asunto de los militares y no suyo.

Se trata, por parte del Presidente, de una clara evasión de sus responsabilidades constitucionales. El es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. No es un título ornamental sino una función, y una función que se ejerce en tiempos de guerra. Sus consejeros no saben qué decir. Jesús Antonio Bejarano habla de una reacción terrorista para la cual no estamos preparados. Se necesitan cinco o siete años para ello, me dijo la semana pasada. Al parecer nuestra única arma, y es una pobre arma con las FARC y el ELN, es el diálogo. Todo se ha hecho, menos lo único efectivo: fortalecer la capacidad defensiva del Estado. Por eso estamos como estamos. Las Fuerzas Armadas tienen un pie de fuerza insuficiente. Carecen del marco legal para su acción. No pueden detener un sospechoso ni retener un guerrillero. Los jueces se los sueltan. No pueden allanar una casa. No pueden disparar sino cuando son atacadas. Les liquidaron las autodefensas campesinas, que eran sus mejores aliadas. Los oficiales no se atreven a actuar por temor a ser sancionados por la Procuraduría. Cómo se gana una guerra así? Mal empieza el año para el presidente Gaviria. Mal en el tablero del narcotráfico, mal frente a la subversión. Pero mal también en el campo económico. Su apertura es una mesa con una sola pata. Suben los precios, bajan las ventas de café, hay indicios de recesión, las compañías extranjeras avanzan sobre un terreno minado. Y la Constituyente? Pues ahora vemos que el gobierno está en minoría. No tiene cómo orientarla.

Después de tanto entusiasmo inicial, no se le estará saliendo de las manos el país a César Gaviria?

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