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SABATO: LA OTRA ORILLA

SABATO: LA OTRA ORILLA

Sabato: Yo creo seriamente en los horóscopos, cuando están hechos como es debido. Xul Solar hizo los horóscopos de mis dos hijos y durante muchísimos años me resistí a conocerlos. Siempre tuve miedo al futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte. Borges: Cómo, usted le tiene miedo a la muerte?

Sabato: La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir. Uno Matilde tenía apenas 17 años. Sabato, no más de 25.

Lo conoció en un coloquio en el que hablaba de la injusticia social y de la forma en que era posible acceder a un mundo mejor. No imaginaba, en ese entonces, que sería escritor. Por lo pronto, militaba en un movimiento revolucionario, y ahí estaba su vida. Cuando el general Uriburu se tomó el poder, en 1930, Sabato huyó de la provincia a Buenos Aires.

Matilde tenía apenas 17 años cuando escapó de su casa para acompañar a Sabato en ese viaje hacia lo desconocido. Desde entonces, ha permanecido a su lado, animando cada segundo de su vida.

En su estudio, reducido y un tanto oscuro, Sabato me muestra una fotografía de los años mozos de Matilde. Antes de entregármela, la mira como si por primera vez la tuviera ante sus ojos. Calla por un momento. Se deja invadir por una nostalgia profunda que canaliza por medio de un suspiro, y estira, por fin, su mano.

Mirá qué hermosa mujer era. Cómo me duele, ahora, ver que cada día se va apagando un poco más. Esta mujer --mirála-- escapó de su casa a los 17 años para venirse con esta clase de tipo .

Sabés que llegó a impedir que me quitara la vida... . Y cuentan que también impidió que les quitara la vida a tantas hojas escritas que Sabato había condenado al fuego eterno.

La mirada de Sabato se pierde por entre los cristales que revelan un jardín de otoño, más allá del estudio. Sus ojos se inundan de tristeza: Matilde enfrenta una penosa enfermedad hace varios años. Dos Son las diez de la mañana. La hora convenida. Un viento helado recorre las calles de Santos Lugares --el poblado donde Ernesto Sabato ha vivido durante los últimos 50 años--.

La espera se prolonga, y ofrece unos minutos de más para imaginar cómo será el encuentro con este hombre que cada vez desea hablar menos con el mundo. Las sospechas se van deshaciendo por entre los matorrales que preceden una casa vieja, que alguna vez formó parte de una próspera hacienda.

Al lado de la puerta, lejana y oscura, un ventanal delgado deja ver una sombra que pasa de largo. El viento sigue soplando. La sombra, impertérrita, vuelve a pasar. La casa parece habitada por fantasmas.

Por fin se mueve la puerta, y una mujer obesa se asoma y mira con atención al visitante, antes de decidirse a caminar hacia el portón exterior. El maestro Sabato lo espera , dice la mujer, y no dice nada más, como si el sonido del viento fuera suficiente.

Al cruzar la puerta me encuentro de frente con Matilde. Una sonrisa se dibuja en sus labios, y sus ojos se mojan con un brillo extraño. La noche anterior había escuchado que la mujer de Sabato acababa de publicar dos libros... no sabía que fuera escritora. Los imagino entonces, pero sólo después, muchas horas después, compruebo que en sus versos y en sus relatos se proyecta el mismo carácter visionario de su mirada.

Luego de cruzar el corredor que sale de la cocina, otra puerta se abre, y esta vez es Sabato el que aparece en el umbral. Pasa, muchacho . El timbre del teléfono no permite otras palabras. Habrá sido algún amigo cercano, a quien el escritor le comenta sobre una muerte que todavía no acaba de creer. Unos minutos después, también a mí me habla del duelo que lo embarga.

He tenido que convivir en tal forma con la muerte, que ya creo haberme acostumbrado a ella .

En los últimos años, Sabato ha sentido muy cerca el fantasma de la muerte. Lo ha visto pasar, como vi yo esas sombras que cruzaban el ventanal junto a la puerta. La parca ha estado a su lado, insistente, seguramente desde cuando presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.

Cuando piensa en la muerte, termina pensando en su país. Y, de repente, como quien despierta de un letargo, suelta una frase contra el régimen: Soy un enemigo acérrimo de lo que está haciendo este gobierno para acabar con Argentina. El nuestro es un país en ruinas. Estamos tocando fondo. Estamos pagando esa arrogancia estúpida de tantos argentinos... lo siento por los chicos que se están muriendo de hambre: ellos no tienen la culpa .

Y aunque el problema de su país parece centrado, para él, en un fenómeno político, Sabato está seguro, en todo caso, de que la crisis es universal. Sus palabras, sus gestos y, sobre todo, su mirada resultan apocalípticos cuando piensa en el mundo que los hombres nos hemos empeñado en destruir. La mentalidad consumista nos llevó al abismo , concluye, sin más, y abre una puerta que comunica su estudio con otro estudio. El primero, en el que estábamos, lo preside una máquina de escribir. El segundo, un caballete y un generoso juego de pinceles. Tres De Ernesto Sabato se conocen tres novelas --El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador-- al igual que un sinnúmero de ensayos. Para muchos, incluidos los directivos de la Academia Sueca, su producción resulta escasa. Para él, sin embargo, lo mismo que para la mayoría de los críticos, la cuestión no es de cantidad. Si supieran que al menos tres cuartas partes de mi obra han terminado incineradas... .

Por estos días, una nueva novela compromete buena parte de su tiempo. Ha dicho que es la antepenúltima de su creación. Se llamará Antes del fin , y todo apunta a que los fantasmas de la muerte serán los protagonistas de esas páginas.

Ya no piensa en los premios, y recuerda que Borges se hacía mala sangre por el Nobel. Yo le decía: el Nobel es grotesco; hoy en día es casi un deshonor recibirlo .

Escribe, sencillamente, porque si no también él sería, a estas horas, uno de los fantasmas que recorren en silencio su casona de Santos Lugares. Cuatro El estudio de los pinceles está bañado por dos chorros de luz. Uno entra por la marquesina; el otro, por el ventanal que da a un nuevo patio de la casa (nuevo para mí). Se encuentran, de manera estratégica, en el lugar donde está ubicado el caballete. Tal vez, un solo chorro de luz no sería suficiente para corregir en el lienzo la pérdida de la visión que cada día se ensaña más con los ojos del escritor argentino... y pintor, también, desde hace algún tiempo.

Si ha sido activista político, asistente de madame Curie para sus proyectos de radiaciones atómicas, abogado por la causa de los desaparecidos, ensayista y narrador, quién iba a impedirle que fuera pintor? He tenido muchas desdichas: pintar es lo único que me salva .

Admira a Van Gogh. Y, más que admirarlo, se une a su desgracia. Regresa al primer estudio, toma un libro sobre la obra del pintor holandés, y se deleita enseñándome algunos cuadros.

Al comienzo pinté retratos expresionistas, como éste de Kafka, o éste de Virginia Woolf. Ultimamente he trabajado estas obras sobrenaturalistas. El primero que utilizó el término fue Apollinaire. Qué cornos es esto? --me muestra uno de sus últimos trabajos--. No lo sé. Es como los sueños. Solo sé que no es naturalismo, porque el naturalismo es una copia de la realidad. Si la realidad es tan fea, para qué copiarla? .

Calcula que ha pintado unos 80 cuadros; ha dejado en el patio poco más de la mitad, para que el viento y el sol hagan con ellos lo que quieran; ha mostrado el resto, pero sólo en museos y en centros culturales de la altura del Pompidour, en París. Pero no ha vendido uno solo. Si tuviera 40 años no me importaría salir de ellos... pero tengo más de 80, y los quiero conservar hasta el último día .

Luego de la exposición privada, un café. Luego del café, un adiós a Matilde, cuyos ojos seguían brillando. Luego del adiós, un tren para regresar. Y una

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