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LA VOZ DEL DINERO

LA VOZ DEL DINERO

La nueva película de Adrian Lyne navega en las aguas de la ambigedad. Se trata de una película ingenua o tendenciosa? Obscena o puritana? Moralista o inmoralista? Mejor sería decir que es tendenciosamente ingenua, puritanamente obscena y, por supuesto, moralistamente inmoralista. La nueva generación de Lyne no va a provocar más el juego de los límites. En sí misma, se apoya en esos límites. No niega, ni afirma nada, salvo el poder del dinero, y relata una historia de poder, sexo y dinero, que podemos ver envuelta en el delicado celofán de una frágil historia de amor. Aunque, a partir del uso especulativo de la publicidad, se solicita al público una posición previa ante un problema de conciencia, quien juzgue a sus personajes ha de situarse en el fugitivo punto de vista desde el cual se miran las cosas al pasa, porque y es la justificación de la película más que los actos, lo que importa son los sentimientos que los contienen. Cuando a David Murphy (Woodey Harrelson) y a su esposa

Si el dinero que Cage ofrece a la joven impide la seducción y la incertidumbre de la conquista se hace vana, su vanidad estará asegurada con el espectáculo de su riqueza. Al cabo se trataba de poner en evidencia esas intensidades exhibicionistas. Es obvio que ella ha caído en la trampa de la manipulación. Después de todo, se hace falsa su premisa, cuando afirmaba que tan sólo se trata de su cuerpo, no de su mente, menos de su corazón, como si las experiencias no comprometieran la totalidad de las personas.

Prostituirse por una noche no es dejarse seducir por los signos financieros que camuflan otros signos? No de otra manera un nuevo flujo de expectativas y sentimientos arrastraría a la joven al lado del millonario, abandonado el idealismo ingenuo de su marido. Y puesto que ella ha ingresado al lugar donde se pone en marcha el implacable mecanismo de la riqueza, máquina predestinada a deslumbrar bajo las múltiples apariencias del poder y la opulencia, habrá de estar sujeta a su ley: el deseo amoroso de uno está afirmado en el deseo de riqueza del otro. Y al revés. Entonces, la relación pasa necesariamente por la mediación de los flujos del capital y se instala, bajo la espléndida arquitectura de las mansiones del millonario, como un mecanismo de intercambio de mercancías.

Es evidente que en Propuesta indecente la mujer existe solo como posesión de los hombres. Pasa de uno a otro como una propiedad. Aquella casa frente al mar por la cual se vende es su doble simbólico. Y es que las circunstancias de la película, más que decorativas, son significativas. Si John Cage gana a Diana Murphy en la casa de juegos, la pierde en una subasta. Un pequeño desplazamiento basta para comprobar cómo lo que está en juego es la mujer. Y aunque símbolo romántico del paraíso perdido, Diana Murphy es un objeto sexual sujeto a la ley del valor de cambio.

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