TESTIGO DEL ATAQUE EN TETEYÉ

TESTIGO DEL ATAQUE EN TETEYÉ

El próximo 24 de julio cumplo 19 meses en el servicio militar y, si Dios quiere, me voy de baja en septiembre. Soy de Buga (Valle) y me presenté en el Batallón de Artillería No.3 Palacé. De ahí me mandaron el 27 de noviembre del 2003 en avión para Villagarzón (Putumayo).

03 de julio 2005 , 12:00 a.m.

"El próximo 24 de julio cumplo 19 meses en el servicio militar y, si Dios quiere, me voy de baja en septiembre. Soy de Buga (Valle) y me presenté en el Batallón de Artillería No.3 Palacé. De ahí me mandaron el 27 de noviembre del 2003 en avión para Villagarzón (Putumayo).

Ese mismo día nos dijeron que íbamos para el Plan Energético y Vial No.11. Había la opción de comprar la libreta, pero me vine a conciencia.

Estuvimos de instrucción los primeros meses, luego me nombraron dragoneante y en junio del 2004 nos sacaron para Puerto Asís. Después de otras semanas vino Santa Ana y en septiembre ya nos metieron en el área, primero en Campo Alegre, por la vía que va a Teteyé.

En todo ese tiempo nos hostigaron varias veces, pero nada de combate. La llegada Teteyé fue en noviembre del año pasado. En marzo de este año salimos de permiso y en abril, al regreso, inspeccionamos Cuembí (donde las Farc dinamitaron un puente) y empezamos a bajar hacia la frontera.

La compañía mía, la Arpón la metieron completa en esa zona; eso fue una semana antes del ataque. Pero, la gente no comenta mayor cosa, por temor a represalias. Uno trata de hacer inteligencia, pero no habíamos detectado nada.

No vimos nada raro.

El viernes, 24 horas antes del combate, revisamos los sitios por donde ellos se mueven, pero no vimos nada raro. Mi compañía estaba acambuchada en el pozo de Quillaniza, a kilómetro y medio de la frontera.

La compañía Bravo, con los pelotones Bravo 3 y Bravo 4, estaban en otro pozo. Por la noche arreglamos los cambuches. Yo presté la primera guardia, luego me acosté. Nos levantamos como a las 4 de la mañana y estábamos listos para recoger todo cuando escuchamos el primer rafagazo.

Había mucho fuego de fusiles; para el lado donde estaba Bravo caían cilindros y a nosotros nos cayó una granada de mortero. Después cayó de todo: una lluvia de cilindros y granadas y nosotros a responder. La moral era que llegara rápido el apoyo del arpía (helicóptero) y el fantasma (avión).

Todos sabíamos que teníamos que pelear hasta el último cartucho. Uno está concientizado de lo que puede pasar.

Por el radio escuchamos al capitán pidiendo apoyo aéreo y el reporte de los pelotones: Bravo 4 decía que estaba duro, que el comandante de ellos, un sargento, estaba herido. De un momento a otro se perdió la comunicación. Ahí vimos la cosa crítica, como a las 7 de la mañana.

Ellos fueron los 19 que murieron. Nos aferramos al combate para que no nos fueran a secuestrar. Ninguno llegó a decir que se metía un tiro o que se echaba para atrás.

Sentí un quemonazo.

Yo era el radioperador y estaba al lado del comandante del pelotón, el subteniente Muñoz, cuando sentí el quemonazo. Me pegaron un impacto en la cervical. Afortunadamente atravesó y salió.

No sentí dolor. Primero pensé que era una esquirla o algo así. La mano se me encalambró y me acosté encima del radio. Me metí la mano por entre el camuflado y me toqué la herida, saqué un espejo y me mire muy consciente de lo que me pasaba. Mi teniente me preguntaba si estaba bien. Me quité el radio, me atrincheré y seguimos combatiendo.

El apoyo aéreo llegó temprano y pese a eso, ellos (los guerrilleros) seguían lanzado cilindros y disparando. Eran muchos. El combate duró como hasta las 11 de la mañana. Como a esa hora pudieron aterrizar los helicópteros de Ejército para evacuar a los heridos.

Para ese entonces ya sabíamos que había varios muertos y, de los desaparecidos, pues también esperábamos lo peor.

En el segundo vuelo me evacuaron a mí. Johan Henao, que era como mi hermanito, me acompañó hasta el helicóptero y se despidió, me dio moral, pero yo me quedé muy triste, porque yo salía y Henao y los otros se quedaban ahí, combatiendo".

CASERIO EN MEDIO DE UNA FRONTERA CALIENTE.

Miguel Angel Carpio, un hombre de 78 años, vive en un rancho de bahareque en Ecuador, a cuatro horas del Teteyé, en la frontera con Colombia. Todos los fines de semana cruza la línea para llegar a Puerto Asís (Putumayo).

"El dólar nos tiene ahogados y todo nos sale más económico en Colombia", dice mientras se repone del susto que pasó tras quedar en medio de combates que se registran en Teteyé desde el 25 de junio, entre Farc y Ejército.

"Pu aquí todo es muy jodido. Y más desde que los guerrilleros están toriados", dice aferrándose a un morral de fique, donde lleva comestibles.

Miguel Angel alcanzó a cruzar la frontera el viernes, antes de la toma. "Con razón varios paisanos (guerrilleros) estaban moviéndose, pero como uno no sabe en qué andan, lo mejor es callarse", cuenta.

El cruce de los subversivos a Ecuador desde Colombia es un secreto a voces que algunos pobladores se atreven a contarle al equipo periodístico de EL TIEMPO.

"Pero cómo no van a venir desde el otro lado del San Miguel, si ellos fueron los que fundaron Pueblo Nuevo. Ahí viven sus familias y algunos de ellos", afirma el anciano.

Pueblo Nuevo es un caserío de Ecuador, frente a Teteyé, cruzando el río San Miguel. Para pasar hasta allá solo se requiere del pasado judicial, cuando hace control alguna patrulla militar de Ecuador.

En ese sentido, según la Fundación Seguridad y Democracia, en el 2004, el gobierno de Lucio Gutiérrez se preocupó por realizar operaciones en la frontera y desplegó 14 mil hombres. Sin embargo, según los pobladores, los controles de las autoridades son esporádicos.

Y en el lado colombiano, después de cruzar el río, solo hay un retén a dos kilómetros en medio de una trocha. Los habitantes de Teteyé solo conocen del Gobierno la presencia de los militares que cuidan los pozos y el trabajo dedicado de Aura María Polanco, la promotora de salud.

Ella fue una de las personas que quedó atrapada en la inspección de Cuembí el pasado domingo."Cuando ya iban a estallarlo, la guerrilla nos dijo que nos abriéramos. Después nos dimos cuenta de que la casa de don Héctor Acosta quedó sin techo", dice.

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