400 INDÍGENAS HACINADOS EN UNA CASA

400 INDÍGENAS HACINADOS EN UNA CASA

Ni siquiera los rezos nocturnos de su médico tradicional, Alfonso Domicó, han logrado apaciguar el frío y el hambre de los 400 indígenas embera katíos, del cabildo Río Sinú-Río Verde (Córdoba), que desde el pasado 20 de diciembre permanecen hacinados en la sede de la Organización Indígena de Colombia (Onic) en Bogotá.

14 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Ni siquiera los rezos nocturnos de su médico tradicional, Alfonso Domicó, han logrado apaciguar el frío y el hambre de los 400 indígenas embera katíos, del cabildo Río Sinú-Río Verde (Córdoba), que desde el pasado 20 de diciembre permanecen hacinados en la sede de la Organización Indígena de Colombia (Onic) en Bogotá.

Domicó, de ojos pequeños y casi perdidos en su cara, pasa buena parte del día viendo pasar carros, sentado en una silla plástica en un andén. Dice que llegaron a Bogotá para que el Gobierno Nacional les restituya las tierras que perdieron por la construcción de la represa de Urrá (Córdoba) y para que los indemnice.

Con una leve sonrisa que deja ver sus dos dientes de platino y dos de oro, Domicó añade que extraña las llanuras de Córdoba y el arrullo del río Sinú, pero se siente orgulloso del sombrero negro de fieltro que compró la semana pasada. Este indígena de 60 años recuerda que siempre quiso tener un sombrero negro, de ala corta y con plumas de pájaro.

"Llegué aquí con 25.000 pesos de dos gallinas que vendí antes de venirme. Con esa plata fui por allí cerca de una plaza grande (la de Bolívar) y apenas vi el sombrero lo compré, aunque ahora no tengo ni un peso", señala el nativo que porta un machete y luce un blazer gris y sobre el cual tiene un poncho azul de Millonarios, equipo del que confiesa no sabe nada.

Cuenta que las noches bogotanas son frías y que los 185 niños que están alojados en la sede de la Onic, una casona de tres pisos, se quejan por esta situación y, a veces, por la falta de comida.

Y no es para menos. Se entra por un callejón a cuyos lados hay ropa desparramada, olor a sudor y niñitos despeinados que gritan en un idioma extraño.

Al fondo siguen los colchones y esteras arrumados en el piso y sobre una de ellas un joven de 15 años tapado por un saco y que se queja de dolor. "Es mi hijo Idilio, lleva cuatro días con fiebre pero ya le dieron unas pastillas", cuenta su padre, Jesús Antonio Domicó.

Más adelante está una estufa a gas de tres puestos. Allí hay dos ollas en las que se prepara el almuerzo comunitario. Hay un pedazo de pescado, arroz y plátano. A las 2:45 de la tarde los niños no tienen claro si el estómago les duele por el frío o el hambre.

"Aquí solo comemos dos golpes al día", cuenta Santander Domicó, quien hace las veces de traductor y quien reconoce que buena parte de la alimentación es regalada, al igual que la ropa que tienen.

La cocina tiene como techo un plástico y hay más de ocho mujeres allí echando la comida en tazas plásticas, platos esmaltados y de cerámica. Más atrás está el baño comunitario. Mientras unos limpian, otros se bañan y otros lavan ropa.

En el lugar solo hay un sanitario. "Todos lo tenemos que usar y hay que hacer fila", cuenta otro Domicó.

Para bañarse y lavar la ropa, según el traductor, la mayoría de los indígenas acude hasta el Chorro de Padilla, junto a la estación del funicular. "Es un agua muy fría y por eso hay quienes no van todos los días", relata.

Un guardia de seguridad indígena, armado de un palo o un bastón, recorre todos los pasillos de la edificación para evitar que los nativos boten al piso las espinas o los deshechos de la comida.

Las diferentes habitaciones están llenas de ropa, de colchones y esteras. La gente pulula por todas partes. Muy pocos hablan español.

Dicen que la plata escasea y por ello no hay dinero para golosinas o frutas para los niños. Escasamente les dan panela y evitan a los venderos ambulantes en el lugar para que los menores no se provoquen. También, por esta razón y para evitar que se pierdan, no los dejan salir a la calle.

Según el médico Mauricio Torres, de la unidad móvil del hospital Centro Oriente, actualmente hay 15 menores con varicela y se han reportado varios casos de neumonía. Los nativos reciben todos los días atención médica.

Los días en la sede de la Onic parecen iguales. Están prohibidas las escenas de celos, a los niños se les puede pegar, pero pasito; hay que estar pendiente de la espulgada de los piojos y hay que acostarse a las 8 de la noche y levantarse a las 5 de la mañana.

Los indígenas dicen que a pesar de todas las incomodidades diarias no se irán hasta que los ministerios del Interior y el de Ambiente les soluciones sus problemas.

EL PROBLEMA.

Luis Evelis Andrade, presidente de la Onic, dijo que los 400 nativos están en Bogotá a la espera que el Gobierno les cumpla lo ordenado por la Corte Constitucional: indemnización, reposición de tierras y mitigación de impactos por la obra de la hidroeléctrica de Urrá.

El dirigente indígena señaló que desde octubre pasado, cuando un grupo de emberas se tomó la sede administrativa de Urrá, en Montería, han sostenido conversaciones con el Ministerio del Interior y se estableció una agenda para el diálogo, pero que finalmente esto quedó en el aire.

Por su parte Luz Elena Izquierdo, directora de Etnias del Ministerio del Interior, dijo que con los emberas se hizo una agenda de trabajo, realizada entre el 11 de noviembre y el 20 de diciembre.

Según ella, se agotaron todos los temas con los 12 delegados de la etnia a quienes se les pagó la estadía en Bogotá. Agregó que le está dando seguimiento a lo ordenado por la Corte.

"Cuando se les pasó la agenda cono los temas acordados, dijeron que la iban a revisar y en eso están", dijo la funcionaria, quien recalcó que "el Gobierno les ha cumplido y no entendemos porqué se trajeron a toda esa gente". Izquierdo dijo que se está a la espera de que los emberas devuelvan la agenda.

Según Andrade, solo se avanzó en el tema territorial y en lo referente a bienestar familiar. Enáácuantoáa la de indemnización y al plan de transición dijo que no se ha logrado nada.

FOTO/Claudia Rubio EL TIEMPO.

- En un mismo lugar los indígenas embera deben lavar la loza, la ropa y algunos de ellos, a quienes les da pereza ir hasta el chorro de Padilla, se bañan.

- Los pasillos de la sede de la Onic están llenos de nativos, ropa, colchones y, hasta enfermos.

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