CIA CENSURARÍA A SUS AGENTES LITERATOS

CIA CENSURARÍA A SUS AGENTES LITERATOS

Los agentes de la CIA que aspiraban a sacarse un sobresueldo escribiendo libros lo van a tener mucho más difícil, después de que este servicio secreto haya decidido endurecer sus normas para evitar la difusión de opiniones díscolas.

14 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Los agentes de la CIA que aspiraban a sacarse un sobresueldo escribiendo libros lo van a tener mucho más difícil, después de que este servicio secreto haya decidido endurecer sus normas para evitar la difusión de opiniones díscolas.

La afición de los espías a poner sus vivencias en blanco sobre negro ha creado todo un género literario, que junto a numerosas novelitas olvidables ha dado obras maestras como Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene.

La creatividad -o el ánimo de lucro- de los agentes secretos se extiende también a géneros como los recetarios (de los platos exóticos que han probado por esos mundos) o incluso los vídeo juegos, como el diseñado por los ex directores de la CIA William Colby y del KGB Oleg Kalugin.

Tan prolíficos son los espías en activo o retirados que un departamento específico dentro de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Comité de Revisión de Publicaciones (PRB), integrado por cinco personas, se dedica exclusivamente a leer y aprobar esas creaciones no oficiales.

En teoría, por este departamento deben pasar todas y cada una de las veleidades literarias de los agentes, sean sesudos análisis académicos o simples cartas al director, y que suman más de 300 manuscritos al año.

Las normas por las que se rige el comité, según explicó en su día uno de sus responsables, John Hedley, pretenden "evitar la diseminación de información clasificada" y que lo publicado "no tenga un impacto negativo en el cumplimiento de las tareas de su autor o de la agencia".

Pero, según Hedley, "no se puede negar el permiso de publicar solamente porque la información pueda dejar en mal lugar a la CIA, o la critique, o sea inexacta. La gente tiene el derecho a su opinión y tiene el derecho de equivocarse".

El procedimiento había funcionado más o menos libre de polémicas hasta que a mediados del año pasado se publicó el libro Imperial hubris (Arrogancia imperial).

El libro, que resultó un gran éxito de ventas, era la obra de un agente en activo de la CIA, identificado tan sólo en la cubierta del volumen como "anónimo". Posteriormente se supo que se trataba de Michael Scheuer, quien había encabezado el grupo especial encargado de hacer frente a Osama bin Laden y quien se jubiló en noviembre.

Scheuer se despachaba a gusto contra la política de la Casa Blanca en Oriente Medio, a la que acusaba de no tener en cuenta la mentalidad árabe y de haberse equivocado en invadir Irak, entre otras cosas. El agente no sometió su libro a la aprobación del PRB, sino que simplemente obtuvo el visto bueno de sus superiores.

El hecho de que el libro se publicara anónimamente -por exigencia de esos superiores- tuvo como efecto que los lectores "asumieron que los comentarios contaban con el apoyo de los dirigentes de la agencia, porque permitieron la publicación", según reconoció al periódico The Washington Post un ex alto cargo del Gobierno. Eso hizo "más difícil la tarea de la CIA de aparecer como apolítica", indicó el alto cargo.

La publicación coincidió con una profunda reforma en el seno de la agencia y la llegada de un nuevo director, Porter Goss. Una de sus primeras medidas fue enviar un memo al personal en el que se recordaba que la misión de la agencia era "apoyar al Gobierno".

Ahora, el equipo que encabeza Goss ha decidido reformar las normas de permiso de publicación para, según el alto funcionario, "tratar de asegurarse de que la gente que sigue en activo no hace cosas parecidas" a lo de Scheuer y publica opiniones abiertamente políticas.

El nuevo reglamento dejará claro que cualquier manuscrito debe someterse a la revisión del PRB, que a su vez consultará con un superior del autor para decidir lo que se puede o no publicar.

Hasta ahora, la última obra que causó polémica con su publicación había sido el libro A spy for all seasons (1997), de Duane Claridge, en el que por primera vez se autorizaba a un agente a contar dónde había estado destinado.

Las nuevas normas entrarán en vigor próximamente. Pero no parece que vaya a desaparecer el espíritu creativo de la agencia. Si se trata de dar rienda suelta a la imaginación, siempre quedará el departamento de armas de destrucción masiva.

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