MERCENARIOS DE LA EDUCACIÓN

MERCENARIOS DE LA EDUCACIÓN

La Universidad se transforma sin saber hacia dónde se dirige. La globalización le ha impuesto el cambio, pero el cambio no contiene en sí mismo una respuesta de futuro. Las demandas formativas se han alterado; los estudiantes universitarios son diferentes; la estabilidad académica se afecta con el nuevo mercado; las nuevas tecnologías elevan los costos y modifican no sólo la investigación sino la enseñanza y el aprendizaje; la educación superior se comercializa y parece caer en manos de mercenarios de la educación.

15 de enero 2005 , 12:00 a.m.

La Universidad se transforma sin saber hacia dónde se dirige. La globalización le ha impuesto el cambio, pero el cambio no contiene en sí mismo una respuesta de futuro. Las demandas formativas se han alterado; los estudiantes universitarios son diferentes; la estabilidad académica se afecta con el nuevo mercado; las nuevas tecnologías elevan los costos y modifican no sólo la investigación sino la enseñanza y el aprendizaje; la educación superior se comercializa y parece caer en manos de mercenarios de la educación.

Resulta inquietante, en este sentido, el fenómeno global de universidades que, desde los países industrializados, ofrecen títulos virtuales y presenciales a estudiantes provenientes en su mayoría del mundo en desarrollo. Llegan y ofrecen multitud de programas, sin mayor rigor y ningún prestigio. La extracción de recursos en nuestras naciones de nivel medio no se ve recompensada por una verdadera formación de capital humano. Debe, por tanto, ejercerse un control estricto sobre esas empresas mercenarias, y, en cambio, simplificar los procedimientos y trámites para que instituciones extranjeras, de reconocida reputación, puedan competir con la oferta de universidades locales y elevar, de esta manera, la calidad académica. Es absurdo generar obstáculos a universidades extranjeras por el solo hecho de serlas. Más aún en un entorno de globalización. Lo conveniente es que ellas representen para el país receptor un verdadero crecimiento educativo. Por eso mismo, las alianzas internacionales deben ser bienvenidas. Y estimuladas. Y facilitadas.

Una fuerza singular también invade el escenario de la investigación universitaria. La globalización trae consigo nuevos esquemas en la producción del conocimiento. Hasta hace poco solía llevarse a cabo dentro de los límites de una única disciplina. Pero, de pronto, notamos que es insuficiente, que el universo se amplía y que la mente reclama más espacio intelectual. La producción del conocimiento exige entonces trabajo interdisciplinario, sin fronteras, con líneas de investigación en equipo, donde el investigador honesto se pregunta si aún es válida la figura del departamento dentro de la facultad o si levanta tabiques contra el conocimiento multipolar.

Los cambios externos se trasladan como presión internamente. La comercialización de la educación, por ejemplo, suele generar un enorme peso sobre los académicos: el de pretender que la educación tenga un precio. Lo que tiene precio, en realidad, es el servicio que ofrece el sistema educativo: instrucción, títulos, etc. La educación, como concepto trascendente, es invaluable. El riesgo está en confundir lo uno con lo otro y, en consecuencia, incurrir en desafíos preocupantes: medir la productividad del profesorado y hacer esfuerzos para transformar la Universidad en una corporación, como si fuese una empresa comercial. El viejo y sano principio, que defiende la idea de que las decisiones académicas deben ser tomadas por los académicos, parece más necesario que nunca para que la Universidad recupere el lugar que le corresponde dentro de la sociedad y, más aún, dentro de la sociedad globalizada.

La Universidad transmite el conocimiento. Y también lo produce. La Universidad es, en tres palabras, poder del conocimiento. Supone, en consecuencia, la búsqueda de los mejores profesores, los creyentes en la verdad, los defensores de los valores de la educación, los garantes de la responsabilidad académica. Estos devotos del conocimiento, que son a la vez los curadores de la sabiduría, tienen que desplegar su ingenio y apoyarse entre sí para actuar ante las nuevas circunstancias. Los procesos de autocrítica, fundamento del crecimiento intelectual, deben ser orientados hacia la construcción de modelos reales que atiendan y entiendan los cambios que emergen con la globalización.

*Experto en educación, profesor de Economía en España.

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