EL CONFLICTO DESDE LA PASIÓN

EL CONFLICTO DESDE LA PASIÓN

Hace una hora terminaron los disparos y un silencio de plomo ha cubierto a Pueblo Nuevo. Mientras vamos bajando del cuartel al río, la gente se asoma por las ventanas.

15 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Hace una hora terminaron los disparos y un silencio de plomo ha cubierto a Pueblo Nuevo. Mientras vamos bajando del cuartel al río, la gente se asoma por las ventanas.

Algunos tratan de darnos ánimo con gestos y miradas furtivas, pero otros en cambio- se pasan el dedo por la garganta, anunciándonos que caminamos directo al papayo.

Poco a poco se abren las puertas de las casas y de adentro salen personas atontadas por el ruido, tambaleándose como si vinieran de una pesadilla.

Caminamos por entre un silencio helado que sólo deja oír el compás de nuestras botas sobre el piso de tierra. Gala dice que vamos en la procesión de nuestro propio entierro. Las monjitas del ancianato se echan bendiciones a nuestro paso y escucho el rumor lejano, pero nítido, de un coro de oraciones.

Aunque estamos vivos, en el aire se oye el mismo silencio respetuoso de los velorios. Caminando no se nota, pero me tiemblan las piernas.

Una granada tardía que estalla cuadras atrás nos lanza al piso por instinto, y aprovecho el desorden momentáneo para recorrer los demás rostros. Quiero verme en ellos y descubro al negro Domínguez que aprieta un escapulario entre los dientes.

El llanero, que anoche destapó una de brandy por el nacimiento de su primera hija, tiene una terrible palidez de muerto pintada en la cara. El coronel, con el espíritu derrumbado, camina arrastrando los pies y mirando al piso, como si fuera para otra parte. La mano derecha le sangra de apretar un crucifijo entre su puño crispado.

Voy adelante del viejo Gala y detrás de otro policía veterano, temido porque nunca habla y famoso por fumar mariguana. Le dicen Hitler. Gala me ha advertido que le hace honor al apodo. Me contó que durante 14 años fue guardián en la Isla Prisión de Gorgona. Cuando se quedaba sin mariguana, Hitler se las arreglaba para que lo llevaran a tierra firme, simulando estar enfermo, pero apenas se bajaba de la lancha salía corriendo para la zona roja de Guapi y se quedaba allí días y noches, vestido con su uniforme de policía, fumando bareta y tomando trago con las putas. Cuando Gorgona dejó de ser una cárcel y la convirtieron en parque natural, lo tuvieron más de diez años dando vueltas en las peores zonas de orden público, hasta que cayó en Pueblo Nuevo y dejaron de joderlo con los traslados.

Entre los 23 que hemos salvado el pellejo sólo veo a seis soldados, así que se murieron 34, el teniente y uno de los dos capitanes. Le fue mejor a la Policía que al Ejército en el ataque a esta base antinarcóticos conjunta. Los polochos saben más de esta vaina. Tienen más experiencia que uno. Yo, por ejemplo, tuve un fusil en mis manos hace apenas nueve semanas. Tengo el uniforme, pero no puedo decir que soy un soldado.

Si no es porque caigo en la misma trinchera con Gala, ahora le estaría halando las patas a don Tarcisio.

A esta hora el viejo hijueputa estará llegando a la casa. Y doña Inés le estará sirviendo el tintico, mijo. Y le preguntará si ha sabido algo de mí y él dirá que nada.

-Todo lo que sabemos es que se está volviendo hombre, Inés. Y deje de joder tanto por ese chino advertirá el patrullero Martínez.

Después, el viejo hijueputa se irá a su club de ajedrez y entrará a su mundo cuadriculado de torres y peones.

Hemos llegado al río. El resplandor majestuoso de sus aguas plateadas me saca de la casa y me devuelve a esta fila india flanqueada por guerrilleras.

Hitler dice entre dientes que nos han puesto puras viejas sólo para humillarnos. Unas 50 mujeres con AK47 marchan atentas a nuestros pasos. La mayoría jovencitas, muchas de rasgos indígenas y todas de pelo largo.

En la orilla del río nos recibe Urías, el comandante de la operación guerrillera. Está debajo de un árbol donde se ha improvisado un hospital de campaña.

Bromea con dos, un tal Romaña y un tal Boyaco. Sin embargo, no deja de dar órdenes por el radio, que aprisiona en su mano izquierda. Al otro lado del radio habla un tal Buendía.pista está asegurada y ya se metió candela a lo que quedó de la base. Los fusiles recuperados pasan de 70, más las dos M60, la munición y los lanzagranadas.

Desde donde estamos se oye clarito lo que hablan. Ya se emboscaron, por si llegan refuerzos, o sea que se van a quedar buscando más tropel en este pueblo.

Fornido, más bien bajito, piel morena, pelo negro y sonrisa incorporada a la boca, Urías tiene una herida de fusil por el lado de las costillas. Se queda mirándonos mientras el enfermero le pone un parche.

La jefa de nuestras guardianas le da el parte.

-En total son 23 prisioneros de guerra, camarada.

Urías les ordena que bajen la trompetilla de sus fusiles.

- No ven que ya están sometidos?.

El jefe de los guerrilleros hace un silencio que me parece eterno, mientras nos mira fijamente.

-Resultaron valientes ustedes pai la pelea nos grita.

Cabizbajos, con las manos atrás, casi todos tenemos la misma pregunta en la mirada, pero ninguno se atreve a abrir la boca.

La abrimos unos minutos después, pero para tomar gaseosa, que nos llega de una tienda vecina. No hay Manzana, así que tomo Coca-Cola. La chispa de la vida en el camino de la muerte.

Estamos en esas cuando preguntan quién es el coronel.

Se hace un silencio eterno, hasta que él mismo alza la mano.

También preguntan quién era el de la M60. Gala susurra que los hijueputas van a comenzar su venganza.

Pero no pasa nada. Con una pistola apuntándole en la cabeza, se llevan al sargento que manejaba la M60. Cuando terminaba el combate escondió los mecanismos y sin mecanismos el arma no sirve para nada. Van hasta el comando, encuentran los mecanismos y vuelven con el sargento sano y salvo, pero más pálido que antes.

Dan la orden de que sigamos el camino y tomamos la orilla del río. Una voz sin rostro grita quevan los cerdos pi al mataderoPasamos frente al supermercado del paisa, donde trabaja un pelao marica con el que ya me había cruzado un par de miradas. Los de ambiente nos reconocemos enseguida. Alcanzo a pillarlo al fondo del negocio, recogiendo lo que dejó la tempestad (...)

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