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MEMORIAS DEL EME DÉBORA, ENTRE AMOR Y MILITANCIA

MEMORIAS DEL EME DÉBORA, ENTRE AMOR Y MILITANCIA

Las incertidumbres nacidas de las negociaciones de paz, en lugar de generar nuevas neurosis y nuevas violencias, nos deben servir para mirar el pasado y el presente con mayores dosis de realismo, de humanidad, de comprensión de nosotros mismos y de nuestros contradictores. De eso se trata este libro.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de febrero 2005 , 12:00 a. m.

Las incertidumbres nacidas de las negociaciones de paz, en lugar de generar nuevas neurosis y nuevas violencias, nos deben servir para mirar el pasado y el presente con mayores dosis de realismo, de humanidad, de comprensión de nosotros mismos y de nuestros contradictores. De eso se trata este libro.

Quienes van a la guerra y arriesgan su vida en pos de un ideal, cierran los ojos a las dudas, porque allí adentro la consigna eso morirPero cuando el final no es ni la victoria ni la derrota, la primera pregunta que se hacen los sobrevivientes de un conflicto que terminatablases si valió la pena. Valió la pena tanto dolor y sacrificio, tanta entrega y heroísmo para terminar negociando con el enemigo que se pretendía destruir o doblegar? Valió la pena armarse? Valió la pena pactar y desarmarse? Valió la pena subordinarse siempre al colectivo de la guerra o sustraerse de ella como una decisión individual?... Si estos testimonios sirven para demostrar, una vez más, que la paz aún la incierta paz que surge de una solución negociada es más digna y más humana que la más justa de las guerras, habremos logrado nuestro cometido. También si al final de la lectura hombres y mujeres que vivieron y leyeron estas historias pueden, con la sonrisa plena, reconocer que el dilema no era vencer o morir, que nuestra obligación en Colombia era y sigue siendo vencer a la muerte.

Al titular este libro con la pregunta valió la pena?, no esperamos ninguna respuesta contundente. Al contrario, lo valioso de ella es aceptar el manto de la incertidumbre como la mejor manera de evitar los absolutos y certezas que alimentan la guerra.

Eramos la pareja perfecta. Jóvenes y de buena apariencia. El era ingeniero civil. Yo no había podido graduarme de la Universidad: justo días antes de mi grado, junto a otros compañeros, nos tocó huir apresuradamente, pues el comando en el cual desarrollábamos nuestras actividades fue identificado por los organismos de inteligencia del Estado y tuve que salir a las carreras con rumbo hacia Bogotá. Aquí me encontré de nuevo con Paulo, y quizá el frío y la soledad nos llevó a enamorarnos, aunque por aquel entonces nada serio, pues lo fundamental era la militancia.

El aparato militar al cual fuimos asignados necesitaba una pareja parauna casa donde se construiría una caleta para guardar secuestrados; y nosotros, por nuestras características, fuimos los escogidos. Aunque en Cali estábamos-pues Paulo estaba condenado como reo ausente y yo tenía orden de captura-, las cédulas falsas y nuestra apariencia de gente bien, nos pondrían a cubierto y no levantaríamos ninguna sospecha.

Pese a su juventud, Paulo era un hombre serio, profundo en sus sentimientos y en sus convicciones. Sus vínculos con la organización no eran tan arraigados como los míos, pero él se consideraba comosoldado de la revoluciónPor ello aceptó la tarea. Su vida había sido una constante lucha: su carrera profesional lograda a puro pulso, lo hacía sentirse en deuda con su familia, en especial con su madre, quien realizando los oficios más humildes, le había costeado su vida en la Universidad.

En la medida que la caleta avanzaba, el amor entre nosotros se afianzaba. Al tiempo, los acontecimientos a nuestro alrededor también empezaban a tomar cuerpo. Lo inmediato estaba resuelto, nos convertiríamos en carceleros. Pero algo en mi cabeza empezaba a inquietarme. Antes de quedarme dormida pensaba que luego de la experiencia que me disponía a soportar, mi vida no sería la misma. No obstante, mi situación era soportable, pues desde que abandoné mi casa asumí que la suerte estaba echada. Pero Paulo no. La experiencia en ciernes lo había vuelto irritable.

Por aquellos días llegó Etelvina, una mujer hosca y arbitraria quien sería nuestro mando inmediato. Fue ella quien aceleró nuestra decisión. De edad madura, siempre fue con nosotros seca y distante; parecía no haber conocido jamás el buen trato con sus semejantes. Contaba con toda la confianza de sus superiores, era fría y eficiente y nos miraba desde arriba, con la soberbia de quien considera tener amarradas todas las pasiones para ponerse, entera, al servicio de una causa. En las ensoñaciones del amor, Paulo y yo huíamos de ella. Pero era imposible escapar de su mirada inquisitiva, de sus órdenes precisas, de sus observaciones implacables. A medida que pasaban los días, su desconfianza hacia nosotros crecía. De repente, los trabajos alrededor de la caleta empezaron a enredarse. Todos los días surgía un nuevo problema sin solución; que el ruido, que llegó un nuevo vecino, que hay unos tipos raros dando vueltas. Una tarde, el compañero encargado de habilitar el baño en la habitación secreta dio un golpe errado en unmadrede la casa vecina, que al principio generó un goteo sin importancia, pero más tarde, al tratar de remendar la avería, el débil goteo se convirtió en un potente chorro que amenazaba con inundar toda la casa. Yo nunca había estado en una situación similar y no tenía idea de nada, Paulo no estaba en casa, y el compañero que había roto el tubo no hallaba como resolver el accidente, pues la fuente que escapaba no dependía del registro de la casa. En ese momento llegó Etelvina y su rostro se transfiguró, convirtiendo su palidez de cera en una máscara de color rojo. El fontanero, más asustado con Etelvina que con el daño, le explicó presuroso la situación, y ella, sin mas ni más, fue hasta la casa vecina y al comprobar que no había nadie, cerró el registro del agua. Fue el tiempo precioso que aprovechó el compañero fontanero para remendar elmadreEse incidente retrasó por semanas la construcción de la caleta. Por supuesto, esto provocó la ira de Etelvina, y el desgastado trato entre ella y nosotros terminó por estropearse.

Paulo no soportó la presión y pidió una reunión. En ella planteó que se retiraba; cuando Etelvina escuchó esas palabras lo miró horrorizada. Me puso una cita con Chelo, el mando inmediato. En aquella reunión, el mando me advirtió que Paulo no podía abandonar esa tarea, que yo tenía que impedirlo a toda costa.

es preciso, péguele un tiro en una pata... Pero no lo deje ir me amenazó, medio en serio y medio en broma.

Lo que aprovechó Etelvina para susurrarme al oído:.

oíste. Si vos no sos capaz, tenés que responder por ambos yo estaba asombrada por tanta dureza y sentí que algo en mí se quebró.

Cuando regresé a la casa, Paulo ya se había ido. Me comuniqué entonces con Franklin, un mando superior a Chelo, e ingenuamente le pedí vacaciones.

replicó riendo . La revolución no tiene vacaciones; si querés te ponés a hacer otra cosa. Y si no querés mandos, entonces trabajá por tu cuenta, pero cuando regresés, demostrá que hiciste algo.

qué? le pregunté.

Reclutá gente, formá un comando, algo que justifique tu ausencia.

Pero ya no creía en nada. Busqué a Paulo y juntos huimos. Creo que fue lo mejor. Nos retiramos de la militancia, pero no renunciamos a los sueños de cambio. Ahora, veinte años después, cuando Paulo regresa cansado de su trabajo y veo crecer a mis tres hijas en la flor de su adolescencia y de la vida, pienso que aquella mujer no era el diablo que yo veía en aquellos tiempos, a lo mejor fue un ángel que nos evitó un camino indeseado.

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