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CÓMO SE VIVIÓ EN EL TIEMPO EL GOLPE MILITAR DEL 13 DE JUNIO

CÓMO SE VIVIÓ EN EL TIEMPO EL GOLPE MILITAR DEL 13 DE JUNIO

El sábado 13 de junio de 1953 era trascendental en la historia de EL TIEMPO. Esa noche tenía que quedar lista la edición extraordinaria más grande y completa que hasta entonces había realizado diario alguno en el país, y con la que EL TIEMPO celebraría, al día siguiente, un hito periodístico: su edición número 15.000.

Cada ejemplar tenía casi un centenar de páginas, un hecho inusitado para aquella época, además de que el tiraje también iba a marcar un récord en el periodismo colombiano: 100.000 ejemplares, una cifra descomunal.

En síntesis, aquella era una edición memorable, escrita además por una lujosa nómina de reporteros, columnistas y colaboradores especiales.

En ella, varios de los más prestigiosos escritores y dirigentes del país no sólo hacían análisis y comentarios sobre algunos de los temas de palpitante actualidad, sino que a través del relato de los 43 años de existencia que entonces tenía EL TIEMPO también se hacían los más completos recuentos de los hechos económicos, políticos, sociales, culturales y deportivos que durante el último medio siglo habían marcado para siempre la vida de Colombia y el mundo.

Mejor dicho, aquella era una edición histórica.

Y aunque esa edición se había comenzado a preparar desde hacía varios días, aquel sábado era definitivo. Todo tenía que quedar listo a más tardar al mediodía.

Por eso, desde muy temprano, el tradicional edificio de la esquina de la Avenida Jiménez con la carrera 7a., la antigua sede de EL TIEMPO, era un hervidero. Y la redacción parecía trepidar.

Mientras tanto, afuera, desde mitad de la mañana, una serie de rumores y confusas versiones comenzaron a rondar por la ciudad y fueron creciendo hora tras hora: se deciá que Laureano Gómez, que había dejado el cargo por un derrame cerebral, había reasumido la Presidencia de la República; que había relevado al designado, Roberto Urdaneta Arbeláez; que había destituido fulminantemente a Lucio Pabón Núñez, ministro de Guerra; y que, además, había ordenado el pase a la reserva de un nutrido grupo de oficiales del Ejército, encabezados por el teniente general Gustavo Rojas Pinilla.

Lo que nadie sospechó aquella mañana en la redacción de EL TIEMPO, es que todo fuera a desembocar en lo que terminó: en el inesperado golpe militar que esa noche llevó al poder a Rojas Pinilla, lo que, además, obligó a modificar de urgencia la primera y otras páginas de aquella edición extraordinaria, preparada con tanta anticipación y tanto esmero.

Inclusive, a última hora y quizás por primera y única vez en la historia de EL TIEMPO, fue necesario recoger casi 15.000 ejemplares de la primera edición, que a las 10 de la noche ya habían sido impresos e iban camino a la calle, en los que no se había alcanzado a incluir la noticia del golpe.

Mejor dicho, tal vez la edición de EL TIEMPO que estaba casi lista con mayor anticipación en toda su historia, en realidad terminó de hacerse de afán, sobre el lomo de hechos, y en pleno amanecer.

Ahora, aquello quizá parezca increíble. Pero sucedió. Y hoy, exactamente 40 años después, vale la pena recordarlo.

Paren la rotativa! Al mediodía, aquel 13 de junio, en EL TIEMPO todo el mundo estaba satisfecho por la edición de lujo que estaba preparada.

Pero, a las 10:15 de la noche, trascendió oficialmente aquella noticia intempestiva.

De pronto, un locutor de voz grave y ceremoniosa leyó un comunicado escueto, de sólo 26 palabras, que cambió así, de un solo golpe, la vida de Colombia: La Radiodifusora Nacional hace saber al país que a las 10 de la noche de hoy el teniente general Gustavo Rojas Pinilla ha asumido el poder .

Unos instantes después repicaban enloquecidos todos los teléfonos de la redacción y casi en tropel fueron llegando los redactores que no estaban de turno, así como don Roberto GarcíaPeña, el director; Abdón Espinosa Valderrama, el gerente; y Enrique y Hernando Santos Castillo, los jefes de redacción.

De inmediato, dieron una orden casi inusual: Paren la rotativa! Había que cambiar varias páginas para incluir la trascendental noticia! En esa tarea, Eduardo Camargo Gámez y Atilio Velásquez, los redactores políticos; así como Ismael Enrique Arenas, el cronista judicial, fueron definitivos.

En la redacción, como en casi todo el país, reinaba un ambiente de fiesta y algarabía por el relevo del gobierno conservador.

Casi al alba, la nueva edición estaba lista. A lo ancho de la primera página, bajo un antetítulo que decía: Palabras presidenciales del teniente general Rojas abren para Colombia un paréntesis de esperanza , se leía en letras enormes: Rojas Pinilla asume el Poder . Allí mismo se publicó el texto de la alocución que pronunció a las 10:30 de la noche, cuando asumió el mando.

Y, también en la primera página, bajo el título: Presidente Rojas Pinilla Constituyó hoy su Gabinete , se publicó la nómina de ministros, que fue oficializada a las 2 de la mañana del domingo 14 de junio.

También se publicó un relato de los hechos que desembocaron en el golpe de Estado. Lo que no se alcanzó a escribir fue un editorial sobre el cambio de Gobierno.

Todo fue tan inesperado que los dos censores que desde hacía ya casi tres años estaban siempre en la redacción de EL TIEMPO, no atinaron a reaccionar. No supieron qué hacer! La nueva vida Desde el día siguiente, el 15 de junio, se pudo informar con un poco de mayor amplitud sobre todos los hechos que llevaron a Rojas Pinilla al poder, en medio de un regocijo nacional.

Incluso, ese día, bajo el título Expectativa y esperanza , se saludó con optimismo el cambio en la dirección del Estado, en la esperanza de que el nuevo Gobierno rescatara al país de la violencia y el caos.

La verdad es que desde hacía meses Colombia vivía una especie de guerra civil no declarada. Un cruento y feroz enfrentamiento entre liberales y conservadores, que sembraba de muerte campos y ciudades.

Y, aunque era una lucha netamente política, sin los despiadados horrores del secuestro, el boleteo o el terrorismo de hoy, también desangraba sin piedad al país.

Y mientras las guerrillas liberales, por ejemplo, tuvieron que hacerse fuertes en los Llanos Orientales, los santanderes, Antioquia, el Magdalena Medio y el Tolima, los diarios liberales soportaban la más férrea censura.

Por eso, no pudieron publicar muchos de los episodios previos al golpe. Por ejemplo, el hecho de que en Chiquinquirá (Boyacá) había prácticamente una línea que dividía al pueblo en dos: el territorio liberal y el conservador. Algo así como un insólito Muro de Berlín a la criolla.

Y tampoco se pudo publicar un episodio espeluznante que sucedió a finales de 1952: Tres kilómetros de carretera de la vía Sogamoso-Yopal fueron dinamitados y, en un solo día, murieron allí 89 militares.

La censura de prensa era rígida por esos días. Y, para colmo, había un proyecto que tenía el respaldo del Gobierno conservador y que muy seguramente iba a ser aprobado por la Asamblea Constituyente que se instalaría el 15 de junio. Ese proyecto, prácticamente entregaba en manos del gobierno el control de los periódicos. En especial de los liberales. Era todo un atentado contra la libertad de prensa.

Durante los primeros 20 días del Gobierno de Rojas se mantuvieron los censores. La diferencia es que eran militares.

Luego, el país vivió una especie de luna de miel de casi un año , pero después, el Gobierno de Rojas comenzó a cometer abusos y a caer en actos dictatoriales. Como la matanza de estudiantes los días 8 y 9 de junio de 1954. Luego, la censura volvió. EL TIEMPO fue clausurado el 4 de agosto de 1955.

Y la gran crisis del Gobierno de Rojas sobrevino poco a poco.

El perdió la gran oportunidad de unir al país y de ingresar a la historia como un auténtico líder pacificador.

Pero llegó el día en que el país no soportó más. Rojas fue derrocado el 10 de mayo de 1957.

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