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EL DRAMA EN PALACIO

EL DRAMA EN PALACIO

Volvamos a la reunión de Laureano con el gabinete. Bueno, Laureano me dijo que el responsable de todo el asunto era el general Rojas Pinilla. Frente a los demás miembros del gabinete, me pidió redactar un decreto llamándolo a calificar servicios. Yo tomé la palabra e hice una exposición que, en resumen, pretendía demostrar que el general Rojas no parecía implicado en el caso Echavarría y que se trataba de un militar de prestigio. Usted le dije al Presidente me pide que lo llame a calificar servicios. Los militares tienen un fuero, de manera que se trataría de una sanción. El conservatismo laureanista depende en este momento del apoyo que le preste el Ejército. Y ese apoyo se le quiere cortar retirando a Rojas, que es bien querido por los militares. Lo que usted me ordena es precipitarnos al vacío. Yo no puedo cumplir esa orden . El doctor Gómez no me contestó y se limitó a repetirme vaya a hacer el decreto . Entonces, yo presenté la renuncia que llevaba entre el bolsillo, puesto q

Y usted por qué hizo eso? Por lo que le digo. Porque estábamos en peligro de caer en manos de un sargento.

Había una persona concreta dentro de los estamentos inferiores del Ejército que se hubiera podido hacer cargo del poder? Sólo Rojas unificaba al Ejército. Pero cuando a mí me hablaron de la posibilidad de un Batista, yo me dije esto puede ser el final y actué como el cuento. Ospina fue el primero que me respondió, con un acento típicamente antioqueño que no se me olvidará nunca. El dijo: Ante los hechos cumplidos no hay nada más que aceptar . Y salió tras de mí. Urdaneta nos siguió sin mayor entusiasmo. Llegué yo donde Rojas y le dije: General, el doctor Ospina y el doctor Urdaneta vienen a reconocer tu asunción a la Presidencia . Rojas no sabía qué hacer. El doctor Ospina ratificó lo que yo le decía y comenzaron a hablar. Estaban con él Urdaneta, Ospina, Rojas, Pacho Pérez, Rojas Scarpetta y el general Berrío Muñoz. Mientras tanto, yo me puse a redactar la famosa alocución de Rojas No más sangre, no más depredaciones, paz, justicia y libertad . Después me acerqué a Rojas y le dije: Lee esto y se acabó el carbón . Rojas leyó y me dijo: Está bien. Pasémosela al doctor Ospina. El doctor Ospina la leyó y se la pasó al doctor Pérez. Urdaneta se había hecho atrás. El doctor Pérez la leyó, lo mismo que Alzate. A Alzate no le gustó. Dijo esto está muy insulso . El quería enjuiciar al gobierno de Laureano y, sobre todo, a Jorge Leiva. El doctor Pérez pidió que se agregara que el nuevo gobierno reconocería los compromisos internacionales de Colombia. Y así se hizo. Alzate no dio su visto bueno. Luego se procedió a constituir el gabinete. El general Rojas dijo desde el comienzo que el ministro de Gobierno debería ser yo. Sin que yo me diera cuenta, Rojas le ofreció el Ministerio de Justicia a Alzate, quien lo rechazó. El general me llamó aparte y me pidió que lo convenciera de aceptar. Me dirigí a la Secretaría General, donde estaba Alzate, y allí él me ratificó lo que ya había dicho, que él consideraba un error no enjuiciar al gobierno de Laureano y a Jorge Leiva y que no aceptaba figurar en el gabinete sino con la condición de que ese cargo se encaminara a ese propósito.

Y a todas estas dónde estaba Laureano? Como lo consagró después Martiñón, Laureano estaba haciendo pandeyucas en casa de su consuegro, don Julio Escobar. El par de viejos se pusieron a hacer pandeyucas mientras la historia cambiaba. De repente, el doctor Ospina Pérez (y esto me parece un indicio de que el golpe se había preparado con anterioridad), se metió la mano al bolsillo pañuelero y sacó un papelito. Lo leyó y comenzó a dar candidatos. Es posible que haya hecho la lista entre su casa y el Palacio. Me acuerdo mucho de que propuso al doctor Santiago Trujillo, a Evaristo Sourdís. Luego dijo que él consideraba que el doctor Pabón debía seguir como ministro de Guerra.

Ha anotado en alguna oportunidad que usted fue el último civil ministro de Guerra que hubo en el país? Cómo no. Porque Leiva fue ministro por unas pocas horas y alcanzó a posesionarse ante el presidente, pero no fue reconocido por las Fuerzas Armadas.

Sigamos.

Rojas me dijo que él no prescindía de mi nombre como ministro de Gobierno. Entonces yo le anoté que sólo aceptaría con una condición, luego de mantener un diálogo en el que yo adquiriera con él un compromiso, desde luego, pero también él un compromiso conmigo. Así que esa noche no me posesioné, mientras los otros miembros presentes en Bogotá sí lo hicieron. Al día siguiente, cuando llegamos a Palacio, había una manifestación popular de homenaje a Rojas, donde gritan abajos a Laureano y a los hijos de Laureano.

Y a los ministros de Laureano...

Y a los ministros de Laureano, vivas al doctor Pabón y tal. En Palacio me encontré con Rojas. Te vienes a posesionar? , me preguntó. Y le dije: Sí, si tú te comprometes conmigo a entregar el poder, cuando la situación de orden público lo permita, a un civil conservador . Me dijo: Ese es el fin que yo persigo . De manera que me posesioné bajo esa seguridad. Entonces comenzó la etapa de pacificación. Los periódicos liberales exaltaban a Rojas. En el banquete del Hotel Tequendama hablaron Guillermo León Valencia, en nombre del conservatismo, y Darío Echandía, en nombre del liberalismo, ocasión en la cual Echandía repitió la frase acuñada por Carlos E. Restrepo y que hoy sigue atribuyéndosele al primero: no se trata, dijo, de un golpe de cuartel sino de un golpe de opinión.

Cuál fue su primera tarea como ministro de la política? Enterarme de la situación en cada uno de los departamentos, saber qué medidas de orden público era necesario tomar. Imagínese usted que se presentaron casos como el del Norte de Santander, donde el comandante militar, coronel Jaramillo, había depuesto al gobernador civil, doctor Oscar Vergel Pacheco, y se había declarado gobernador, a la manera de Rojas con la Presidencia. Llamé al coronel Jaramillo y le informé que debía entregarle el cargo al doctor Gonzalo Rivera. Me contestó que ya se había posesionado.

Ante quién? Ante el Tribunal. Pues se desposesiona, mi querido amigo , le dije. Los abogados decimos que las cosas se deshacen como se hacen. Y lo mismo sucedió en los demás departamentos. En Antioquia, nombramos a Pioquinto Rengifo, a quien aceptaban conservadores y liberales.

Y se tenía en consideración lo que pensaban los liberales? Hasta la noche anterior, usted había sido un godo de raca mandaca y a la mañana siguente, por obra y gracia del 13 de junio, comenzaba a pensar en el liberalismo.

La noche anterior yo le había recomendado al general Rojas darles representación a los liberales no oficialistas, como Forero Benavides, Jorge Padilla, José Umaña Bernal, quienes venían comprometidos en una política de entendimiento con el conservatismo.

En este instante reconoce, ni más ni menos, que usted fue el inventor del lentejismo .

Yo apoyé al lentejismo. El último de mis actos como ministro de Rojas en Melgar fue recomendarle una vez más dar representación al liberalismo. Rojas se quedó pensando y Samuel Moreno Díaz sostuvo que era un error, que eso desconcertaría al partido conservador. No estuve de acuerdo, pero lo cierto es que dejé de ser ministro, me remplazó José Enrique Arboleda Valencia y no hubo colaboración liberal. Rojas hubiera podido llamar a Forero, a Padilla.

Pero esos no eran liberales. Eran lentejos.

Sí. Eran lentejos.

Y mientras tanto, qué pasaba con Laureano? Ya había terminado los pandeyucas? Parece que sí. Apareció y Rojas me dijo: Qué hacemos con Laureano? , le pregunté. Qué has pensado tú? . Sacarlo del país, porque es peligroso que lo maten y nos cuelguen la cosa . Estuve de acuerdo pidiéndole que dejara en Colombia a los hijos, con el argumento de que tenían intereses que cuidar. El no puso objeción alguna y anotó que le mejoraría la pensión a los ex presidentes con el propósito de que Laureano pudiera mantenerse decorosamente en España. Así se hizo en el primer Consejo de Ministros.

Pero esa era una simple y llana generosidad del general porque Laureano no era un hombre pobre.

No. No era pobre. El aceptó recibir el dinero, pero no quedó contento y nos pegó un vaciadón a todos. Pero, volvamos atrás. El 14 de junio el general Ordóñez, jefe del SIC, sacó a Enrique Gómez a uno de los balcones de Palacio para que la turba lo silbara y lo llenara de aprobios verbales. Esto cambió el paisaje. Enrique se enfureció y se expresó en términos que Rojas consideró agraviantes para él, de manera que se deshizo lo que se había convenido y los hijos de Laureano fueron también extrañados del país.

Y cómo fue la luna de miel con el partido liberal? Ah, fue de una ternura infinita, de una ternura de novios. En ella emulaban los lentejos con los íntegros, con los puros, y Rojas no sabía qué hacer.

Un día recibía a Eduardo Santos, al maestro Echandía o a Carlos Lleras, que era más arisco, y otro día a Abelardo Forero, hasta que no se decidió a darle participación a ninguno. Resolvió, eso sí, ampliar la Constituyente. Y aquí viene un error mío. Nos reunimos en Melgar a estudiar los nombres con los que iba a aumentar la Constituyente. Estaban el doctor Ospina y Evaristo Sourdís. Yo propuse que se le diera representación en igual proporción a unos y otros. Pero el cálculo fallaba, porque no había lentejos suficientes para equilibrar el peso del oficialismo. Entonces insinué que pusiéramos a Carlos Lleras de suplente. A Rojas le gustó la cosa, pero Ospina se asustó y no volvió a las sesiones. Desde antes, él había hecho hincapié en que quedara Doña Bertha. Después, fue a mi casa y me preguntó cómo había quedado la Constituyente. Le di algunos detalles: Y Bertha , me preguntó. Yo le dije: Todavía no, porque se trata de incluir liberales y no de ampliar el cupo de los conservadores . Entonces él se molestó y me dijo: Berthica no va a quedar satisfecha y yo voy a tener líos en la casa . Bueno. Carlos Lleras se calentó y no aceptó y ahí comenzó el resquemor con el gobierno. Doña Bertha también quedó resentida y se quejó de que Esmeralda Arboleda hubiera figurado y que Josefina Valencia, como ministra de Educación, tuviera voz en el organismo. Después hubo otro aumento y pudo entrar doña Bertha.

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