D E C O N D O R E S Y S I R E N A S LANSA

D E C O N D O R E S Y S I R E N A S LANSA

Vamos a crear una compañía de aviación, Lansa. En Barranquilla nos reunimos Ernesto Recamán, el gran tuerto que inventó la idea; el Capi Barvo, que sabe cómo armarla; un grupo de entusiastas que saben un poco de todo; y yo, recién graduado como ingeniero aeronáutico y piloto. Reunida la plata, Reca , Charly Peeples (un indio Cherokee) y yo, nos vamos al Canadá a comprar tres bimotores Avro Anson sobrantes de guerra. En New London los hay por docenas en un potrero, algunos alicaídos, con una pata rota, pero todos dizque reparables, y a cinco mil dólares cada uno. Escogemos tres, los componemos y despegamos.

10 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Son de tubo y tela, pero con sus motores radiales vuelan bien. Al poco rato la tela se empieza a levantar en un ala del mío. Parece la manito de un niño que dice adiós. Hay que aterrizar; ciento ochenta vueltas a una manivela para bajar las ruedas, y a pegar la tela. Al salir, otras ciento ochenta vueltas para subir el tren de aterrizaje, y hasta la próxima. Volar no es un trabajo del todo sedentario.

Ya en Colombia, los vuelos iniciales son un éxito; nuestros primeros clientes son petroleros. Los aeropuertos todavía son privados, y hemos tenido que construir pistas de aterrizaje propias. Afortunadamente don Pedro Obregón, ese respetable aventurero, nos entrega el potrero de Las Nieves, en Barranquilla, a cambio de unas acciones. Hank Cornelissen y yo construimos la pista, un taller, y una torre de control con terraza para tomar tinto. Ahí está todavía la torre, al pie del puente Pumarejo, y nuestra pista es hoy una avenida.

Ya hay más plata, y salgo para Ocala, Georgia, a comprar más aviones. Esta vez son DC.3, a 18.000 dólares. Cada vez que los compradores, casi todos latinoamericanos, oímos llegar una vión, dejamos de jugar ping-pong y enfocamos los binóculos. El primero que anota la matrícula tiene la opción de comprar el avión, y cuando aterriza, si no le gusta, le vende el derecho a un comprador más pobre. Así, pronto tendrá Lansa una flota respetable.

Pueblo tras pueblo nos va regalando la tierra para construir pistas de aterrizaje. De Lorica llega el nieto de Mariano Torralbo, el general de la Guerra de los Mil Días, impecablemente vestido de blanco desde el jipa hasta los zapatos. Lo recibo en mi oficina, instalada en la piscina del Hotel del Prado, y me ofrece un terreno para que le hagamos a Lorica un aeropuerto.

Con él, Barvo y yo zarpamos de Montería en canoa, y no tarda en romperse el pin del fuera-borda. A canalete nos acercamos a un bohío donde una graciosa negrita nos ofrece un jugo. Yo lo encuentro amargo, pero Torralbo hace una venía y dice: Señorita, para endulzar esta fruta basta su sonrisa! . Prueba el jugo, y grita: mie da! Al fin llegamos a Lorica. Todos los días, al alba, nos despierta el Turco Tuerto con su guitarra. Baño de batea, y a trabajar. Las señoras del pueblo nos traen viudo de pescado, y con nivel de mano, machete y pala, en dos semanas terminamos la pista.

Algo parecido ocurre en Pereira. Ya que el gobierno no lo hace, la ciudadanía ha resuelto construir su propio aeropuerto en las laderas de Matecaña, y me llaman a que los asesore. Unos pereiranos desvían un caño y echan a la corriente la tierra que hay que mover; y donde el ingeniero Carlos de la Cuesta deja estancar el agua, la tierra se deposita. Otros arrastran carretas de material con sus carros; dónde más se habrá visto mover piedra con Cadillac? Y aquí también las señoras traen el almuerzo. La pista se termina mucho antes que las que en otras partes hace el gobierno, y la fiesta de inauguración casi me inhabilita para encontrar El Paso, el lado del Nevado del Ruiz, en mi avioneta. Pero regreso a Bogotá sano y salvo.

Así vamos ampliando las rutas de Lansa. Nuestros accionistas, que son todos los pilotos y mecánicos de la empresa, se empiezan a sentir ricos. Como diría Cantinflas, ahí está el detalle. Cada accionista cuida su patrimonio. El capitán Rasputín Ramírez, por ejemplo, cuando no está volando se la pasa tomando tinto, y apenas aterriza un avión corre a tocar los frenos, y si están calientes, regaña al piloto. Otros socios se creen financistas; insisten en que nuestro éxito justifica ir inflando la empresa. Empiezan los grandes endeudamientos y los vuelos de pantalla , por ejemplo a La Habana. Todo el mundo manda, y la cosa termina como ha de terminar: la compañía se le vende a Avianca. No tengo por qué quejarme, pues quedo con unas acciones de la línea aérea nacional.

Lástima de Lansa, pero algo he aprendido: para inventar empresas bastan los sueños, pero para administrarlas...

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.