GENES EGOÍSTAS E INMORTALES

GENES EGOÍSTAS E INMORTALES

Entre los 120.000 o más genes que se encuentran en el ser humano, los científicos han detectado cuarenta que pueden inducir a la formación de cáncer. Cien más se encuentran en estudio. Otros más vendrán después. En realidad, la observación de que el cáncer tiene un origen genético no es nueva. Los estudios se iniciaron en la década de los 70. Sinembargo, es hoy cuando se puede confirmar la teoría con mayor certeza, gracias al desarrollo tecnológico que permitió hacer genotecas.

27 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Estas son bibliotecas de genes que se obtienen gracias a la hibridización. Todo parte del desarrollo tecnológico que permite dividir las cadenas del ácido desoxinucleico (ADN) o del ácido ribonucleico (ARN) donde se aloja el material genético. Estas cadenas son formadas en espiral y son complementarias unas de otras.

La observación aclara la forma como existe una tendencia a reconocerse unas a otras y a unirse. Al buscar la complementarización de uno de los brazos de la cadena que se corta, se crean nuevos sistemas celulares.

Por medio de esta genoteca se hicieron varios descubrimientos. El primero de ellos es que existen genes normales en el organismo que tienen una función específica: la de producir la diferenciación celular. La unión del huevo con el esperma da origen a millones de células. Todas llevan la misma información genética pero todas cambian hasta constituirse en organismos sociales diferentes unos de otros. Precisamente es esta diferencia la que es ordenada por los genes de función específica antes mencionados. Ellos especializan las células y hacen que cada una asuma una función propia que es controlada por factores ambientales.

Los mismos genes están también íntimamente ligados con los fenómenos de la proliferación. Esta ocurre fundamentalmente en dos momentos de la vida: durante el desarrollo embrionario, y es normal, o cuando se presenta un cáncer, y es maligna. De hecho, no hay un aspecto de los seres vivos que se parezca más al cáncer en la multiplicación celular como el crecimiento del feto.

Cuando todo anda bien, y se ha cumplido el ciclo del desarrollo, los genes de función específica dejan de trabajar: el feto está formado y su misión concluye.

Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, no desaparecen; permanecen quietos. Hasta que, bajo condiciones ambientales especiales, los mismos genes (protoncogenes) envían de nuevo mensajes de proliferación. El asunto se hace serio: los mensajes ocasionan un crecimiento anárquico, egoísta, que da lugar a genes sin función social que se convierten en huéspedes desagradables e inmortales si encuentran las circunstancias.

Así surge el cáncer y de allí la confirmación de que es una enfermedad esencialmente genética. Producida, además, por genes que participan en la formación del embrión, que siguen actuando con el feto y que nunca desaparecen mientras la persona vive. Son como los obreros que ponen los primeros cimientos de un edificio, que suspenden el trabajo cuando los pilares están puestos, pero que se mantienen alertas para volver a actuar. Están allí, desde siempre...

Todo gen o grupo de genes se caracteriza por desempeñar una función. Pero todos ordenan la síntesis de proteínas. Este es otro de los descubrimientos logrados a través de la genoteca: los mismos protoncogenes sintetizan unas proteínas muy específicas que les son propias, las PPV60. Estas se dirigen a la membrana celular. Allí hay receptores específicos en donde estas proteínas y muchas otras normalmente tienen actividades bioquímicas específicas.

Precisamente en los receptores de los protoncogenes se descubrió que hay grandes cantidades de una sustancia llamada tiroxina, a la cual se le había prestado muy poca atención.

Resulta ahora que las alteraciones de esta tiroxina ocasionan una especie de disgregación de la membrana (citoesqueleto) y de la estructura de la célula. Al actuar sobre fuentes de otra proteína, la sustancia se vuelve como una melcocha, y la membrana pierde su capacidad para reaccionar ante el ambiente y transmitir mensajes.

Una de las alteraciones principales que de allí se derivan es la restricción progresiva de las largas cadenas de ADN. Se reduce el tamaño de los fragmentos que podían ser complementarios unos de otros.

Durante los experimentos, por medio de las genotecas, la cadena se redujo de más de 50.000 bases normales a 500.

Se confirmó cómo, en un momento determinado, el cambio de un simple aminoácido por otro en una cadena de síntesis de proteínas induce el fenómeno de transformación tumoral.

Al llegar a este punto, se ha comenzado a hablar de la ingeniería genética que estudia cuáles son los cambios de aminoácidos que pueden ocurrir y cómo prevenir el cáncer genéticamente. Lo que significaría atacar la enfermedad con los mismos elementos con los que ella se origina.

Pero, qué sucede con los virus (retrovirus) que también transmiten información genética? Cómo actúan? Por medio de una enzima (transcriptasa) estos tienen la capacidad de inducir la síntesis a partir de ADN o ARN.

De allí se concluye que los retrovirus ocasionan cáncer pero no pueden hacerlo solos.

Las investigaciones confirman que los retrovirus han acompañado al ser humano durante toda la evolución de la especie. Pueden entrar en los cromosomas, recoger una porción de ADN, incorporarla a su propio material y llevársela. Esto los convierte en transmisores genéticos.

Pero en determinadas condiciones pueden también entrar en contacto directo con los oncogenes o con regiones próximas a ellos.

En realidad, la función de los retrovirus es un poco la de los portaaviones: no llevan precisamente una sustancia desconocida por las células sino que añaden fragmentos del propio ADN a otras células normales. Es aquí en donde se confunde la relación de los oncogenes con la de los retrovirus.

Pero es también aquí en donde surgen los antioncogenes. Son genes normales que en un determinado momento sintetizan proteínas específicas que controlan la acción de los oncogenes.

Y aquí viene un punto fundamental: a la luz de estas observaciones, la investigación molecular genética busca aclarar la forma como estos genes inducen una formación mayor o menor de proteínas.

Será factible un día determinar elementos en la sangre que permitan predecir la mayor o menor susceptibilidad de una persona frente a los tumores. Esto permitirá tomar precauciones desde el nacimiento.

El hombre habrá, entonces, vencido el egoísmo de sus propios genes. Esperanzas de vencer El cuerpo humano no es un loco que anda suelto, y nunca pasará para él la contundente sabiduría del término medio.

Una verdad elemental, vieja, pero en la que irreversiblemente vuelven a caer los científicos. Los excesos son nocivos.

Es cierto que la ciencia hace progresos gigantescos. Las enfermedades están siendo derrotadas a través del conocimiento cada vez más íntimo de los genes, de los mecanismos que las desatan. Y el avance de la tecnología encierra hoy esperanzas de salud que el más intrépido no se habría atrevido a soñar hace pocos años.

Pero es difícil para los investigadores vencer cuando el hombre se empeña en ser el principal artífice de sus propios males. Se sigue confirmando, por ejemplo, que el cigarrillo y sus 500 componentes químicos cancerígenos ocasionan alteraciones de tal magnitud que llevan a la formación de cáncer.

No caben ya las dudas ni las especulaciones: el ambiente, los hábitos, ciertos productos y también la herencia familiar predisponen u originan tumores. Otros en cambio, protegen y evitan que los genes se descontrolen y causen estragos.

Así ocurre con el exceso de grasas y el aumento de los niveles de colesterol, perjudiciales para las arterias y también relacionados con el cáncer de páncreas; la carne fresca y los lácteos que tienen que ver con el cáncer de recto; el hábito crónico de ingerir grandes cantidades de alcohol, con otros desórdenes de tipo tumoral.

Y si se mira el aspecto benéfico, el alivio viene de alimentos cuyas propiedades protectoras se han confirmado: la vitamina A y los productos que contienen caroteno (zanahorias, auyama, tomates...), el ácido ascórbico (naranja, limón y otros), todos los vegetales y frutas frescos.

Se habla de cáncer. Una de las enfermedades que sigue devastando en el mundo más vidas humanas. Y que seguirá haciéndolo por mucho tiempo.

Porque el cáncer y esta es una de las grandes conclusiones hoy confirmadas por las autoridades científicas mundiales pertenece a las raíces mismas del ser humano. A su bagaje genético.

De allí que los investigadores centren sus esfuerzos en la prevención: acudir a los fundamentos de la ingeniería genética, buscar en los genes la predisposición a adquirir la enfermedad y, luego, actuar en consecuencia para impedir su desarrollo. En los otros casos, para los científicos el reto está en lograr el máximo progreso en relación con el tratamiento. Nuevos enfoques quirúrgicos, equipos cada vez más eficientes y sofisticados para las radiaciones y el procesamiento de imágenes; drogas más selectivas y de efectos secundarios menos nocivos.

Se avanza y se amplían las esperanzas, dice Julio Enrique Ospina, durante 12 años director del Instituto Nacional de Cancerología y hoy miembro directivo de la Unión Internacional contra el Cáncer. Pero nada es suficiente para calmar el ansia de derrotar una enfermedad.

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