CÓMO CAYÓ MARCO FIDEL

CÓMO CAYÓ MARCO FIDEL

Enfrascados en la celebración del día del idioma, el 23 de abril pasado, no caímos en cuenta de festejar los ciento cincuenta años del nacimiento de Marco Fidel Suárez, que se cumplieron el mismo día, en concordancia con el natalicio de uno de los más reconocidos y eficientes cultivadores de nuestra lengua.

25 de junio 2005 , 12:00 a.m.

Enfrascados en la celebración del día del idioma, el 23 de abril pasado, no caímos en cuenta de festejar los ciento cincuenta años del nacimiento de Marco Fidel Suárez, que se cumplieron el mismo día, en concordancia con el natalicio de uno de los más reconocidos y eficientes cultivadores de nuestra lengua.

Suárez, después de una carrera política brillante, y siempre accidentada, fue elegido presidente en 1918, tras derrotar a su rival, el poeta Guillermo Valencia, candidato de una coalición de liberales, encabezados por Benjamín Herrera, de conservadores disidentes, orientados por Laureano Gómez y la Compañía de Jesús, o al revés, y de republicanos al mando de Eduardo Santos. Todos ellos se prepararon para hacerle al gobierno de don Marco oposición implacable, en la tónica camorrera que venía empleando Gómez desde 1914.

Dos hombres contradictorios cohabitaban en don Marco. Uno, el gramático, el intelectual de vastos conocimientos, el ciudadano integérrimo, el ser bondadoso y compasivo que sentía como suyo el sufrimiento ajeno; otro, el político dispuesto a casar pelea con quien fuera y a defender sus ideas sin rehuirle a polémica alguna, sin ahorrarles adjetivo hiriente a sus adversarios y sin escurrir el bulto a los que le arrojaran. A finales del siglo XIX, al enfrentar la oposición liberal al gobierno de Miguel Antonio Caro, del que don Marco hacía parte, escribió que el liberalismo era "un asqueroso cancro", lo cual le valió que los liberales le pusieran el apodo de Mark the Ripper (Marco el destripador). Sin embargo, durante la guerra, fue de los que se opuso al encierro de los liberales en el panóptico y de los que protestó con más energía contra el fusilamiento de jefes liberales ordenado por Arístides Fernández.

Gil Blas describe a don Marco como "gramático antes que todo, le importa más el régimen del participio que el proyecto de un ferrocarril o el saneamiento de un pueblo". Esta apreciación injusta obedece más a la pasión sectaria del momento, que a la realidad. Ningún mandatario mejor intencionado, ninguno más dispuesto a conformar un gobierno que le prestara al país grandes servicios en todos los ramos de la administración. Anunció "el mejor gabinete posible, con los mejores hombres de todos los partidos", y en efecto nombró un ministerio mixto con los más aptos para gobernar en los nuevos tiempos que llegarían con la terminación de la guerra mundial y el comienzo de la revolución bolchevique: en gobierno al conservador Pedro Antonio Molina, insigne jurista; en relaciones al conservador Jorge Holguín, diplomático de los mejores; en agricultura y comercio al republicano Simón Araújo, educador y economista; en instrucción pública al liberal Emilio Ferrero, filósofo, ensayista y jurista de prestigio internacional; en guerra al conservador Jorge Roa, escritor, editor, librero, experto en asuntos militares; en obras al conservador Rafael del Corral, ingeniero de trayectoria y ecuanimidad comprobadas; en tesoro al liberal Pedro A. López, banquero de inmenso prestigio; y en hacienda al conservador Esteban Jaramillo, que no necesita ser ponderado. Con este gabinete óptimo era indiscutible que la administración se blindaba para enfrentar las crisis de posguerra; pero antes de dos meses "el gabinete admirable" se había disuelto. La mayoría de los ministros renunciaron para acatar las órdenes de los jefes de la oposición. Gil Blas señaló que sus colegas EL TIEMPO y El Espectador habían emprendido "una oposición desatentada, sistemática, loca y absurda contra Suárez".

Suárez comenzó a desesperarse cuando la tarea de integrar el gabinete tomó el cariz de armar un rompecabezas cuyas piezas no ajustaban. Desistió al fin de la idea de un gabinete mixto y se quedó, contra su voluntad, con uno hegemónico conservador. Logró retener a Esteban Jaramillo y con eso le bastó para conducir al país en medio de la tormenta económica mundial que se precipitó a continuación. El país se salvó del naufragio gracias al buen gobierno de Suárez, y el buen gobierno de Suárez naufragó en la crisis.

Las dificultades le brotaron a Suárez por dondequiera y en cantidades inverosímiles a partir de 1919. Su primera desventura le resultó de medidas librecambistas adoptadas por Jaramillo para atraer inversión extranjera, en particular de E.U. Así resolvió el Gobierno importar de una fábrica estadounidense los uniformes y el vestuario del ejército, lo que provocó la protesta de los sastres de Bogotá condenados al hambre. Salieron en protesta hacia palacio. El comandante de la guardia presidencial, general Pedro Sicard Briceño -quien en 1903 ordenó fusilar en Panamá al general liberal Victoriano Lorenzo cuando ya la guerra había terminado- pensó que la revolución bolchevique estaba ad portas del Palacio de la Carrera y mandó disparar contra los sastres inermes una descarga cerrada. Murieron dieciocho manifestantes y treinta más salieron heridos. Suárez ordenó la destitución y detención del general, y lo puso a órdenes de la justicia para que se le siguiera juicio; no obstante el daño estaba hecho y la oposición no desperdició el incidente. López, Gómez, Santos, Herrera y Olaya pidieron a gritos la cabeza del primer mandatario, mientras que los "amigos" del Gobierno miraban para otro lado.

Don Marco tomó posesión el 7 de agosto de 1918. Tres meses después terminó la guerra mundial. Los países contendientes quedaron desabastecidos, factor que originó una fuerte demanda, inmediata a la terminación del conflicto, de materias primas, alimentos y otros productos. Colombia exportó lo que tenía -carne, café, cueros, frutas y oro- y ello le generó ingresos que no había recaudado en los diez años anteriores. La prosperidad súbita acrecentó la demanda interna, y como la oferta era muy inferior, originó una "crisis de prosperidad" o inflación, y el consiguiente aumento en los precios y carestía. De igual modo se crearon nuevas industrias, la construcción adquirió auge vertiginoso y aumentó la demanda de mano de obra. Para contener los efectos perniciosos de la inflación, Esteban Jaramillo adoptó tres medidas tan impopulares, entre las clases pudientes, como indispensables. Estableció el impuesto sobre la renta, restringió la exportación de oro y emitió papel moneda mediante los denominados billetes ingleses , de curso forzoso. La situación fiscal, angustiosa a principios de 1919, mejoró al mil ciento y el Gobierno pudo emprender una serie de obras públicas que el país requería con urgencia.

La verdad es que con la inflación en Colombia la vida estaba cara, pero todos tenían con que comprar algo. Al terminar el año nadie recordaba la tragedia de los sastres y sólo se escuchaban voces de ponderación: "la riqueza pública ha tomado este año un incremento impresionante", "la influencia del capital extranjero en Colombia se nota en la extraordinaria reactivación de la economía", "el impulso de la economía en todos los frentes es formidable", son algunas de las opiniones que aparecen en los periódicos de finales de 1919 y principios de 1920.

Como toda felicidad tiene su contrario, la situación social del país no suscitaba el menor regocijo. La revolución bolchevique había despertado de la modorra a los trabajadores y Lenin encontró en Colombia un montón de seguidores. "La guerra ha terminado, pero la revolución empieza" proclamó en un manifiesto el liberalismo del Valle, y el escritor liberal Max Grillo señaló que "los obreros desean formar un nuevo partido que tenga por programa las grandes reivindicaciones socialistas. El liberalismo, por evolución, puede ser ese partido socialista". La propaganda socialista disparó desde los primeros días de diciembre de 1919 una serie de huelgas que no hubo forma de contener. Hicieron huelga panaderos, ferrocarrileros, prácticos del Magdalena, empleadas del servicio, obreras de la fábrica de Tejidos de Bello, Antioquia, universitarios, campesinos. Más de quinientas huelgas tuvo que enfrentar el gobierno desde el 2 de diciembre de 1919 hasta octubre de 1921 y a todas les dio solución satisfactoria el recursivo ministro Jaramillo.

De pronto la torta de la prosperidad dio una vuelta brusca. La situación social de Europa se había tornado gravísima. Estallaron disturbios obreros en Italia, Francia, España, Inglaterra y Alemania, y de un momento a otro cesó la demanda europea de productos a los países proveedores y cayeron todos los precios. La burbuja inflacionaria estalló y el mundo se vio enfrentado a una crisis de recesión a la que no escapó Colombia, aunque, aquí, gracias a la previsión de Jaramillo, el impacto no fue tan duro como, por ejemplo, en E.U., donde de la noche a la mañana tres millones quedaron sin empleo y quebraron miles de empresas. La crisis en Colombia también generó desempleo y quiebras, en los que el presidente no tenía la menor culpa; pero todos lo señalaron como si hubiese sido el causante de las huelgas en Europa, de la caída de los precios y de la crisis económica en E.U. Con la recesión se abarataron las cosas, pero nadie tenía con qué comprar nada.

Rabioso por la oposición enconada que sus buenas intenciones recibieron como respuesta, don Marco, periodista desde sus años mozos, inauguró en el diario oficial una columna que firmaba con el seudónimo de "Erasmo el Exiguo", y desde la cual respondía a los ataques que se formulaban a su administración y zahería a sus enemigos con pullas incisivas. Además de gramático impecable don Marco manejaba un humor ácido que le ganó no pocas enemistades rencorosas. No se necesitaba hacer un curso acelerado de prestidigitación para adivinar quién se escondía detrás de Erasmo el Exiguo , curioso seudónimo que los contradictores del presidente utilizaron para tratar de ridiculizarlo y para acusarlo de abandonar el gobierno por estar dedicado a corregir su columna.

" Estamos preparados los colombianos para los cambios formidables que ya han comenzado en el mundo?" preguntó en EL TIEMPO el ex presidente Carlos E. Restrepo. Erasmo le respondió que no sólo estábamos preparados, sino que ya éramos parte de esos cambios, y enumeró los trabajos emprendidos por su administración, como la estación inalámbrica de Puente Aranda destinada a revolucionar las comunicaciones, y la proyección de edificios modernos para mejorar la instalación de escuelas, colegios y universidades, así como la calidad de la enseñanza. Este del señor Suárez, concluyó Erasmo el Exiguo, era un Gobierno de acción en el que los hechos sucedían a las palabras.

Quien le haya aconsejado al presidente enviar a la Legación de E.U. el memorando desdichado en que solicitaba la remoción de los directores del Banco Mercantil Americano de Nueva York, sucursal Bogotá, Alfonso López y Luis Samper Sordo, pudo haberlo hecho de buena fe, pero le puso la cascarita que provocaría su caída. El memorando fue enviado el 9 de junio de 1919 y se filtró a la prensa el 18 de agosto siguiente. López y Samper replicaron a las acusaciones que les hacía el presidente y se armó un escándalo mayúsculo. Con excepción de El Nuevo Tiempo, la prensa se vino contra Suárez, lo sindicaron de "estar pidiendo intervención" de E.U. en los asuntos internos, y de llevar el país "por caminos de humillación".

Pasados dos años, el 13 de septiembre de 1921 apareció en una vitrina abierta, en lugar muy concurrido de Nueva York, exhibido un documento por el cual el Presidente de Colombia, Marco Fidel Suárez, vendió sus sueldos de un semestre al Banco Mercantil Americano de Colombia. " Fueron Alfonso López y Luis Samper Sordo los desleales y deslenguados infidentes?", preguntó Gil Blas. López, gerente del Banco Mercantil Americano, aseguró no haber tenido la menor injerencia en el asunto y explicó que la transacción con los sueldos del Presidente era un simple préstamo y que no veía en ello motivo para hacer escándalo; pero sí lo vio Laureano Gómez para acusar al presidente ante la Cámara por indignidad.

En ese momento se juntaron la crisis económica recesiva, que estaba en lo fino, con la política. La clase política se volteó en masa contra don Marco Fidel y el Senado aprobó una moción de censura al presidente. El gabinete renunció en pleno por décima quinta ocasión y pasaron quince días sin que el señor Suárez consiguiera nombrar un solo ministro. Nadie le aceptaba. Suárez comprendió que todas las puertas estaban cerradas. El 4 de noviembre de 1921 llegó a un acuerdo con la oposición y ofreció retirarse con la única condición de que se eligiera designado para reemplazarlo a Jorge Holguín.

La elección de Holguín se efectuó a las carreras y el presidente Suárez hizo efectivo su retiro, en calidad de licencia, a partir del 10 de noviembre. Enseguida comenzó a escribir y a publicar por entregas en El Nuevo Tiempo sus Sueños de Luciano Pulgar, sátira política de primer orden y obra literaria que honra las letras colombianas.

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