TEJEDORAS DE CORONAS

TEJEDORAS DE CORONAS

Todavía lo dicen las personas: Del ahogado, el sombrero . Bien sea por tratar de ser conciliadores cuando se trata de salvar lo que queda de un desastre o, especialmente, cuando aparece una quiebra económica. Un refrán que surge como algo obvio. Pero para los colombianos se trata de algo más que un simple dicho. Porque su historia en materia de sombreros es amplia. Y esa historia, salvo algunas excepciones cachacas, tiene su base en el campo.

27 de enero 1991 , 12:00 a. m.

De ahí el interés que mostraron tres diseñadoras de la Universidad de Los Andes Janeth Silva, Adriana Correa y Gloria Mercedes Gómez por reencontrarse con los escondidos territorios de Sandoná y Linares, en Nariño.

Allí, hacer sombreros no solo es un placer estético, sino la vida misma. El 25 por ciento de sus pobladores se dedica al tejido de la paja toquilla, una fibra derivada de la palma de iraca.

Las mujeres, desde niñas hasta ancianas, cumplen un curioso ritual de creación. Casi a oscuras, sentadas en el piso o sobre una banquita de madera, se inclinan detrás de las puertas de sus casas para que el sol apenas llegue, y puedan entrelazar con elasticidad los duros hilos, después de remojarlos.

Una horma de madera, una piedra sobre la copa del sombrero y una correa que sirve para sujetar el molde, son los únicos objetos que ayudan a las manos en su labor de ilusionistas.

Rudimentos casi tan llamativos como los nombres que los artesanos han puesto al material que utilizan: extrafino (tejido muy tupido y de fibra lisa), ventilado (tejido de huecos amplios), básico fino (tejido más cerrado), granizo (ventilado con tejido diagonal) y jaquelín (mezla de básico fino y ventilado).

Una buena variedad que, increíblemente, surge del simple acto de coger 20 o 25 cogollos de palma (por cada ejemplar) y desflecarlos. En ese momento comienza todo.

Del acabado se encargan, generalmente, los hombres. Viejos y niños rematan el sombrero ya armado apretando el tejido y cortando los flecos que le cuelgan. Después, con simples agua y jabón lo lavan para mandarlo a los talleres de la localidad que tienen hornos condimentados con azufre. Allí la pieza sufrirá el infierno de las 13 horas correspondientes al estufado (blanqueado).

Leve acercamiento a un proceso cuasiindustrial que terminará, de nuevo, de la manera más arcaica, aunque llamativa: con los sombreros tirados en la calle (igual que el café) para su secado.

Y, como si se tratara de una escena teatral que no alcanza el suficiente brillo para llegar al clímax, son puestos luego en hormas o butacas pequeñas, donde recibirán mazazos para su emparejamiento. Por último, un final sosegado, ya sea con plancha hidráulica o con planchita casera, para el moldeo definitivo.

Familias enteras, protegiendo un feudo centenario, se apropiaron cada una de un tipo diferente de sombrero: en Sandoná se reparten la hechura del suaza, el jalisco y el ventilado; en Santa Bárbara (vereda) se apropiaron del jalisco y la sombrereta y el riñon; en Ancuya (vereda) se quedaron con el infantil y el jaspeado. Un pasado renovado Pero lo cierto es que, a pesar del espectáculo que trae todo el proceso, este sombrero, heredero de los de jipijapa ecuatorianos, ha tenido pocas variaciones creativas. La pesada rutina provincial, el desconocimiento de la moda y de las posibilidades comerciales, hacían que hasta 1986, se fabricaran solo piezas masculinas (que las mujeres también usaban) con el mismo tinte y los mismos adornos.

En ese año llegaron las investigadoras universitarias con sus propuestas para poner a tono con la época las artesanías del lugar.

Las recomendaciones fueron en realidad muy sencillas. Pero sirvieron como base para iniciar un cambio importante. Tras observar y manejar la técnica y los materiales que se usaban, comprobaron que permiten el estilo y la forma que la imaginación mande.

Así, sin atropellar las costumbres, elaboraron hormas de madera, semejantes a las tradicionales, aunque con aberturas o protuberancias que daban una forma distinta. Las necesarias para lograr los modelos femeninos que se habían relegado hasta entonces: un mercado infinito.

También se hicieron experimentos con las tinturas que se utilizaban para dar color a la fibra. Sin contar las antiguas que, aunque pintorescas, resultaban un fracaso (como la de enterrar el sombrero en el barro para obtener color negro), las más modernas (artificiales) se dañaban al contacto con el sol.

Se dictaron unos talleres de mordientes y mezcla de color. Las mordientes no eran más que preparaciones químicas para sumergir la fibra de modo que, posteriormente, el color quedara totalmente adherido. Sin embargo, los ingredientes eran muy complicados de conseguir y procesar.

Se optó por una solución tan salomónica como folclórica: conseguir tornillos oxidados, esponjillas viejas y toda clase de chucherías que soltaran oxidantes, para meterlas en el agua donde se remojaran las tiras de toquilla. Los resultados fueron positivos.

Aun así, persiste un serio problema para los más de siete mil artesanos que trabajan la iraca: la comercialización. Los sombreros de tejido extrafino, obras de milimetría cuya elaboración se puede llevar, para una persona completamente dedicada, hasta dos meses de trabajo, cuestan en Sandoná entre 11 mil y 12 mil pesos. Un precio que, fácilmente, con algunos retoques como cintas o forros, puede convertirse en 30 mil pesos en un almacen de Bogotá.

Eso, por citar el caso más costoso. De resto, sombreros que los artesanos venden en 2.800 pesos, se consiguen en la ciudad por 6.200 u 8.400 pesos, igualmente dependiendo de los retoques. A pesar de la moda Para María de los Angeles González, diseñadora de la diversificación de los sombreros de Iraca en Artesanías de Colombia, la línea impuesta por estos artesanales modelos ha tenido una gran acogida: Desde los primeros años de su existencia, el hombre hizo del sombrero una de sus cartas más importantes de presentación, en cuanto a el buen vestir se refiere. Los sombreros de Iraca no son realmente nuevos. Tienen una antiguedad de unos 130 años, proviniente de lo más enraizado de la comunidad de Aguadas (Caldas).

En principio, se trabajaba con exclusividad en los sombreros para hombre, con simples adaptaciones al estilo femenino para que ellas los pudieran lucir.

Como no se suplían realmente las necesidades del mercado se pensó en incorporar elementos propios a los diseños para la mujer, cambios en las texturas y puntadas adaptadas al ala y a la copa.

Antes no se estilaba el color y una de las nuevas tendencias fue justamente esa.

Pero el mayor aporte a la aceptación proviene de que los sombreros son el fruto de un trabajo autóctono a pesar de que no son tradicionales y tampoco van con la moda .

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