LOS AÑOS DORADOS DE LA TELA Y EL SASTRE

LOS AÑOS DORADOS DE LA TELA Y EL SASTRE

A Carmelita Rodríguez le sonríen los ojos cuando recuerda ese 24 de diciembre de 1969. Su joven familia estaba reunida en casa de su suegra con el resto de la parentela. Sumaban más de cien personas entre niños y adultos.

23 de enero 2005 , 12:00 a.m.

A Carmelita Rodríguez le sonríen los ojos cuando recuerda ese 24 de diciembre de 1969. Su joven familia estaba reunida en casa de su suegra con el resto de la parentela. Sumaban más de cien personas entre niños y adultos.

Como a las 3 de la tarde, después del almuerzo, comenzaron a repartirse regalos entre los mayores. El paquete que le correspondió era blandito y al abrir un extremo del papel llegó hasta su nariz el olor a vestido nuevo.

"Estaba acostumbrada a recibir cortes de tela en las fechas especiales", dice ella. Con esa tela se hizo un vestido que estrenó al año siguiente en el día de su cumpleaños, el mismo en que nació su hijo menor.

Carmelita, ahora de 70, recuerda esos obsequios recurrentes con alegría. De alguna forma le ayudaban con el ahorro familiar y la hacían sentirse exclusiva.

"Los diseños salían de mi cabeza, entonces nadie tenía el mismo vestido que yo me ponía. Lo mejor era que con los retazos hacía colchas para la cama. Ahora todo se compra hecho, hasta las cortinas", dice medio divertida porque sus nueras no saben ni siquiera enhebrar una aguja.

Más o menos por la misma época en que Carmelita Rodríguez se hacía su ropa, el salgareño Eduardo Martínez se estrenaba como sastre. Era una tradición familiar y decidió seguirla aunque su fuerte era el corte, no la costura.

En poco tiempo la sastrería San Joaquín cogió tanta fama que hacía 260 pantalones, 50 sacos y otro número importante de prendas en una semana.

De lo que ganaba, Martínez debía sacar cada mes mil pesos para el arriendo y 200 para el pago de servicios públicos. Hacer un pantalón costaba 30 pesos y el corte de dos metros estaba cercano a los 10.

Pantalón a 70 pesos.

Por esos días de bonanza para las sastrerías, Martínez tenía contratados 26 trabajadores que no daban abasto. Recuerda que en la época de los pantalones bota campana y muchos pasadores la prenda llegaba a costar 70 pesos, que los clientes pagaban sin regatear.

"Ahora los tiempos cambiaron porque la ropa es muy barata, además mucha gente les tiene desconfianza a los sastres o a las modistas porque, no se puede negar, algunos son incumplidos", explica Martínez, que se enorgullece al decir que la San Joaquín es como la madre de las buenas sastrerías de Medellín.

Y es que sus hijos y sus sobrinos tienen negocios similares en diferentes sitios de la capital antioqueña, siguiendo así la tradición de la familia Martínez. Aunque no como en los viejos tiempos, la sastrería de San Joaquín todavía tiene clientela, que mantiene activos a 12 empleados en actividades más de ajuste que de creación de nuevas prendas.

En el directorio telefónico hay registradas 101 sastrerías ubicadas en el valle de Aburrá y en el oriente cercano. Otras tres son especializadas, dos en ropa eclesiástica y otra en prendas militares.

Las modisterías registradas no alcanzan la treintena en el libro amarillo. Pero una cuenta rápida puede revelar el dato del total de modistas en Medellín. Se calculan mínimo cinco por barrio y la capital antioqueña tiene registrados 249, lo que finalmente indica que son más de 1.245 modistas, la mayoría trabajadoras en la informalidad.

De la tela a la porcelana.

Antes de que Martínez pensara en ser sastre, don José Jaramillo ya tenía su almacén de telas en pleno centro de Medellín. El, con su almacén José Jaras especializado en telas para uniformes de colegio, y otros pioneros de los almacenes de telas en la capital antioqueña, le seguía los pasos al almacén Exito, que en sus comienzos solamente vendía cortes y retazos.

En ese Exito, pionero de lo que es hoy la cadena de almacenes, trabajó Luz Elena Jaramillo, la actual administradora del almacén Vasconia. Casi la mitad de su vida la ha pasado entre sedas y tafetanes, al punto de volverse experta en todo tipo de tejidos.

Para ella, la modernización del sector confeccionista y el contrabando han desmejorado el negocio de venta de telas, por lo que han tenido que diversificar el portafolio para ofrecer otro tipo de productos.

Por eso es que donde antes había paneles con tela ahora hay cristalería, porcelana, ropa de cama y otros artículos para el hogar. En sus mejores años Vasconia llegó a vender 24 mil metros de tela en el tiempo récord de un mes. Ahora se pueden vender 14 mil pero la clientela es muy diferente.

"Antes los cortes los compraban las amas de casa para hacer su ropa y la de su familia. Ahora los clientes son más especializados: los diseñadores vienen por la tela para las novias, la señora viene acompañada por su modista que le va a hacer un vestido para el matrimonio del hijo o las reinas vienen a ver las telas de los vestidos que llevarán en su ajuar", dice Jaramillo.

Aunque la era dorada de sastres, modistas y cortes de tela parece haber terminado, todavía hay quien requiera de ellos y en temporadas muy especiales vuelven y aparecen en primer plano.

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