ESPACIOS EN JUEGO

Vistas como una totalidad, las pinturas de Alberto Murciego parecen inofensivos objetos decorativos en donde sería difícil discernir una clara intención formalizante. Sin embargo, el estudio detenido de cada trabajo en particular revela composiciones interesantes y juegos perceptuales que muchas veces son debilitados por una innecesaria complejidad. Este último vicio puede observarse en dos o tres obras, que aun así no dejan de ofrecer detalles atractivos.

27 de enero 1991 , 12:00 a. m.

La aparente monotonía formal de las pinturas de Murciego (en sus 30s) se deriva de la uniformidad de formato y sistema compositivo básico. En general, la imagen que titula cada cuadro está puesta sobre un fondo colorístico bisectado horizontalmente. Es fácil y rápido, entonces, comprender que sus paisajes son más inventados que observados directamente de la naturaleza exterior. La pincelada con que se aplica el color contribuye también a que se acreciente la noción de uniformidad exagerada que se percibe, aparte de restarle fortaleza arquitectónica a las imágenes.

Pero es en el momento del color donde reside el talento, y el futuro, de Murciego. Siguiendo una técnica modernista en extremo, introducida a finales de los 50s por pintores del color-field estadinense como Morris Louis y Kenneth Noland, el argentino casi que tiñe la tela con el pigmento.

O sea, la huella del pincel es bastante débil, permitiendo que los colores, aplicados en lengetas cortas y sobrepuestas, produzcan muy poca vibración, logrando así un efecto paisajístico curioso y por qué no, postmoderno ya que rememora o, mejor, se apropia de una técnica puntillista tardía practicada mucho en Argentina a comienzos de siglo (Figari, Victoria).

Aunque de esta manera Murciego obtiene resultados excelentes, es cierto también que a veces tal técnica se convierte en la peor enemiga de los temas, como en Espacio 33, donde la obsesiva lengeta de color hace más confusa aun la incómoda composición de triángulos y prismas; o en 3M (BA), cuyos delicados morados y azules se ven debilitados por la insistencia en la dirección de la pincelada.

En obras como Composición con un círculo y Composición 3C, Murciego ha acertado al cambiar el recorrido de la mancha de acrílico y así presenta una superficie dinámica, variada y delicada. En el segundo cuadro, uno de los mejores junto con Tiempo simultaneidad, la solidez de los troncos, más verdes que el fondo, y la alegre presencia de una especie de alambre danzante, producen una innegable sensación de madurez compositiva y seriedad colorística.

En Tiempo simultaneidad de 1989, como todos los demás trabajos, Murciego ha logrado crear una pequeña obra maestra de la percepción como juego. Sobre un campo gris oscuro (arriba) y gris claro (abajo), obtenidos con la sobreposición de manchas verdes, violetas y azules, se exhibe, frontalmente, una estructura de palos y ruedas amarillos; esta imagen se repite, pequeña y en colores invertidos, en un espejo que cuelga de dos varillas negras que se desprenden, a su vez, de la parte superior de la zona gris oscura.

La aplicación compacta del amarillo de la estructura ofrece una dicidida resistencia visual a la más aleatoria pincelada general. Así, Murciego juega con el color y con el espacio para entregar reflejos inteligentes y sencillos. Con este tipo de ideas él debería seguir jugando.

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