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APERTURA Y SECTOR AGROPECUARIO

APERTURA Y SECTOR AGROPECUARIO

La discusión, sepuestamente filosófica, en torno de la internacionalización de la economía, que ha movilizado la ampulosa retórica tropical, más que la dialéctica reflexiva de sus enemigos, se reduce a una cuestión puramente económica, dentro de la órbita del capitalismo. Lo que se plantea es si podemos continuar operando bajo los parámetros del proteccionismo. Con el esquema del desarrollo hacia adentro y la sustitución de importaciones. Moviéndonos en un mercado nacional cada vez más estrecho y en la imposibilidad de competir en otros, por las bajas calidades y altos costos que genera la misma sobreprotección.

O si, por el contrario, hacemos el esfuerzo de elevar las exportaciones, con lo cual se amplían los mercados y, por la misma vía, se mejora la eficiencia del aparato productivo. Por supuesto que el nuevo rumbo exige, como es lógico, que las propias fronteras también se abran para la oferta de otros países.

Además, es necesario cambiar la mentalidad que el esquema cepalino al que se debe buena parte del atraso creó en la América Latina. Sustituyó la energía de estos pueblos, por la precaria condición de pedigeños internacionales, utilizando un discurso estereotipado, más o menos impactante, pero alejado de la realidad.

Los frutos del libre comercio los registran, con los mejores resultados, todas las economías que han decidido abrir sus puertas. Entre otras, algunas que los regímenes comunistas habían sumido en la miseria. Los avances no son solo en el campo económico. En lo social se ha conseguido la elevación de la calidad de vida de sus gentes. Razón le asiste a James E. Barrie, autor de El caballo de Troya japonés, cuando afirma que el proteccionismo ayuda a transferir renta desde los relativamente pobres hacia los relativamente ricos.

Ahora bien: lo que sí no resulta afortunado, como ya lo hemos visto nosotros con los primeros ensayos, es cargarle al modelo de la apertura, el sector agropecuario. En nuestro caso, no solamente por la debilidad estructural de la economía agrícola. Es, adicionalmente, por la competencia insostenible frente a los subsidios con que los países desarrollados protegen su producción agropecuaria. Por esta vía no solo distorsionan los mercados, sino que terminan oponiendo las tesorerías de las naciones industrializadas, a los productores rurales nacionales.

A tal punto pesa esta situación en la economía mundial y en las relaciones internacionales, que la Ronda Uruguaya del GATT, que lleva nueve años de discusiones, se atascó en el tema agrícola. Particularmente en el de los subsidios, convertidos en tabú sobre el que las grandes potencias no han podido entenderse.

La suma astronómica que destinan las economías desarrolladas a subvencionar su producción agrícola, se estima en 200.000 millones de dólares anuales. La sola Comunidad Europea invierte el 49 por ciento del gigantesco presupuesto agrícola, en esa dirección. Para completar, se crean otras ventajas competitivas, muy grandes, a través de lo que se conoce como apoyos indirectos.

De suerte que pensar en la posibilidad de que nuestra producción rural compita internacionalmente, de igual a igual y sin distingos, es caer en la peor ingenuidad. Entre otras, por la obvia razón de que en esta materia los principios de la economía global no operan. Todos son aperturistas. Pero en materia agrícola cada quien juega su propio juego. Y si no hay un marco conceptual de carácter político y social, dentro del cual funcionen mecanismos lo suficientemente ágiles e ingeniosos para igualar las condiciones de la producción foránea con la nacional, ésta queda en dramática desventaja y, como es natural, arruina al productor.

Es indudable que con las importaciones subsidiadas los alimentos se abaratan. Pero a qué costo, en un país en el que la población rural es factor clave en la estabilidad social y política y cuya calidad de vida no puede descender aún más, sin incrementar peligrosamente todas las formas de violencia que afronta nuestra sociedad.

Así que el libre comercio mundial de los productos agrícolas, está enturbiado por muchos factores. Pero en el caso colombiano, es necesario agregar las particularidades de naturaleza cultural y socio-política que rodean el universo campesino y por ende su producción. Por ejemplo, las que determinan los bajísimos niveles de administración de las empresas rurales, por la inseguridad que obliga a la ausencia de los propietarios. Y, por las mismas razones, la imposibilidad de incorporar tecnología, que permita elevar la productividad. Tampoco nos benefician los costos de producción, que son altos, sin que ello justifique el abandono de renglones que tienen un significativo peso social.

Sin embargo, la estructura de las exportaciones, a las que el sector concurre con casi el 30 por ciento, indica claramente las posibilidades que ofrece el campo en el frente externo, a pesar de sus grandes limitaciones.

De manera que resulta indispensable adoptar las medidas técnicas para proteger la producción agrícola. Pero, lo más importante, definir, con toda claridad, el papel que debe cumplir en la vida nacional.

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