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LA GARIBALDI SIGUE SIENDO LA REINA

LA GARIBALDI SIGUE SIENDO LA REINA

Con un bastón en su mano izquierda que lo sostiene impávido, como si fuera una estatua más de esa enorme plaza y un chicote en su otra mano, que se consume lentamente como su propia vida, Jacinto María Fernández es la expresión misma de lo que significa el verdadero charro mexicano. Vestido como en sus mejores épocas, con un enorme sombrero que ahora pesa mucho más que en sus tiempos mozos, un pantalón apretado que delata su uso y un cincho rodeando su cintura con un arma que nunca ha disparado, este mariachi vive del recuerdo de lo que fue para México la época dorada de la ranchera y de lo que los turistas de ahora logran captar cuando en su trompeta suena una nota más de El Rey.

No sabe cuántas veces ha interpretado esa misma canción. Ya perdió la cuenta. Jacinto lleva toda su vida siendo fiel al canto que llevó a la gloria a varios de sus más cercanos cuates, como José Alfredo Jiménez y Pedro Infante y como verdadero charro mexicano no permite que el peso de los años lo aleje de una actividad que corre por sus venas desde siempre.

Añorando los tiempos en que tomar tequila era un reto para los meros machos , este viejo mariachi lleva a cuestas toda la historia de lo que ha sido para México la Plaza Garibaldi.

Limitada por las estatuas de los más ilustres exponentes de la ranchera y enmarcada con los ídolos de todos los tiempos: José Alfredo Jiménez al norte y Pedro Infante en un costado, este escenario representa la vida misma de México, su historia, su alma.

El homenaje al mariachi es la tercera estatua de este céntrico lugar ubicado en Ciudad de México famoso por ser el sitio de turistas ansiosos por descubrir el encanto de una música de fama internacional.

Pero es mucho más. Sobre su suelo de arcilla y piedra se han interpretado infinidad de canciones que llevan el sello indiscutible de la cultura de ese país y que con el paso de los años y a fuerza de sonar se han convertido en melodías universales que generalmente le cantan a un sentimiento: el amor.

Despechados, enamorados, olvidados, ilusionados, no correspondidos y hasta clandestinos, en la Plaza Garibaldi se descubre por unos momentos el escondido y secreto mundo de los sentimientos que muchas veces se demuestra con mucho recato por el terrible miedo a hacer el ridículo.

Diariamente, sobre su piso se viven todo tipo de historias que encarnan la esencia del hombre. La vida en la Plaza está restringida por la noche. Cuando la luna aparece y el sol se oculta empiezan a sonar toda clase de destempladas trompetas, violines y guitarrones en busca de alguien que los quiera escuchar.

No importa cuál sea el motivo, el comercio del mariachi logra emocionar hasta al más frío de los humanos. Sin ser una plaza con hermosas construcciones arquitectónicas o invadida de palomas como suele ocurrir en casi todas las plazas famosas del mundo, la Garibaldi despierta la curiosidad de todo aquel que visita México. Emociona por el hecho mismo de representar el amor.

No importa si no es agradable a la vista. Allá se va a cantar, a emborracharse y a llorar, si es necesario. Los hombres les dedican a su amada la canción que más le gusta, mientras ellas reciben emocionadas una dedicatoria que nace del corazón.

Los vendedores de flores hacen su agosto. Un hombre enamorado y con algunos tragos en la cabeza hace lo que sea. La amistad también tiene su expresión allá y el despecho no se queda atrás.

Fácilmente cuarenta grupos de charros esperan a quien los quiera oír. También hay grupos de corridos, la música mexicana del norte que se remonta a las románticas baladas españolas, tocando temas inmortales como los acontecimientos políticos, guerras, preocupaciones, al amor y al desamor.

Los mariachis aparecieron en México en el siglo XVIII y desde entonces no han dejado de sonar. Sobre todo en Jalisco y el centro de México donde siempre serán lo más representativo de su rica cultura. Ahora representan todo un mundo que enmarcan infinidad de historias.

Las tabernas que rodean la Plaza Garibaldi permanecen abiertas toda la noche en espera de los clientes que deseen continuar la rumba. Y para los hambrientos existe un enorme mercado gastronómico donde se puede degustar todo tipo de especialidad mexicana, hasta la madrugada. La cultura gastronómica de ese país es muy rica y los famosos tacos son solo una pequeña muestra de lo que allí se puede encontrar.

Y mientras cada noche sigue su rumbo en la Plaza Garibaldi, Jacinto María Fernández sigue esperando un cliente. Una canción señorita? Se sabe Ella . Claro, le cuesta 15 pesos... (cinco dólares) . Jacinto llama a su grupo. Casi todos sus músicos están rondando los ochenta años pero siguen al pie del cañón. Las notas que salen de sus trompetas, guitarrones y violines, parecen tener el mismo cansancio de sus intérpretes. Jacinto María, el cantante, tiene la voz más ronca que nunca, pero, sin duda, sigue siendo el rey de la Garibaldi...

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