GUARDA DE LA SALUD Y LA BIODIVERSIDAD

GUARDA DE LA SALUD Y LA BIODIVERSIDAD

Sin mayor eco, en forma casi inadvertida, pasó la importante declaración de la jerarquía católica colombiana sobre la necesidad de contemplar en el tratado de libre comercio con Estados Unidos el acceso de los pobres a los medicamentos y servicios de salud, así como de impedir las barreras a las productos farmacéuticos competidores de buena calidad y bajo precio. El secretario de la Conferencia Episcopal, monseñor Fabián Marulanda, subrayó que la salud no es negociable, aunque primordialmente se haya vuelto pingue negocio, ni los medicamentos son artículos de lujo, aunque en muchos casos se hayan tornado inalcanzables.

11 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Sin mayor eco, en forma casi inadvertida, pasó la importante declaración de la jerarquía católica colombiana sobre la necesidad de contemplar en el tratado de libre comercio con Estados Unidos el acceso de los pobres a los medicamentos y servicios de salud, así como de impedir las barreras a las productos farmacéuticos competidores de buena calidad y bajo precio. El secretario de la Conferencia Episcopal, monseñor Fabián Marulanda, subrayó que la salud no es negociable, aunque primordialmente se haya vuelto pingue negocio, ni los medicamentos son artículos de lujo, aunque en muchos casos se hayan tornado inalcanzables.

Entre las barreras a las medicinas de precios benignos, señala el reconocimiento de patentes a los segundos usos sin novedad ni nivel inventivo y a cambios menores sobre moléculas y procesos conocidos, en forma que extiende su vigencia más allá de los cuatro lustros establecidos por la Organización Mundial de Comercio. Sin pelos en la lengua, denuncia que esta protección se haya otorgado aquí a sustancias conocidas en el mundo entre 14 y 49 años atrás.

De esta suerte, la desaparición de los productos genéricos permite el encarecimiento indefinido y vertiginoso de los usufructuarios de renglones de patente, con grave daño de las clases menos favorecidas y, en general, con mayores y aun exagerados costos de los respectivos tratamientos médicos. Asimismo, con repercusión indeseable sobre los precios de fungicidas y fertilizantes.

Inocultablemente, tal es, con el agrícola, uno de los puntos más controvertidos de este tipo de acuerdos comerciales. Por el elevado costo de los procesos de salud, como por su absorbente comercialización y por la crisis de los hospitales públicos, cuanto a ella ataña despierta explicables inquietudes y recelos.

La garantía constitucional a todos los ciudadanos del derecho a la Seguridad Social se ha venido quedando escrita y contrastando con la pungente realidad. De manera análoga, la relativa estabilidad de los precios o su alza moderada encuentra en los medicamentos una excepción afrentosa. Y podría agravarse si al amparo de las prerrogativas desmesuradas de la propiedad intelectual recibieran patente de corso para su carestía insistente y crónica.

Dentro de la misma órbita de la propiedad intelectual, se halla el riesgo de que se patenten los genes vivos de las plantas en un país cuya rica y excepcional biodiversidad es grandemente codiciada. Lo prohíben las normas de la Organización Mundial de Comercio y de la Comunidad Andina. Pero casos de biopiratería se han dado, mediante el transporte de las plantas y su patentamiento ulterior, con lo cual se adquiere el extravagante derecho a cobrar regalías, incluso en las naciones de donde esas plantas son originarias.

Por ser Colombia signataria del tratado de biodiversidad mas no Estados Unidos, conviene precaverse, no sea que una inclusión o una omisión imprudente abra la puerta a cobros sin justa causa y, lo que es peor, a la virtual expropiación de valiosos pedazos del patrimonio nacional.

El tratado en cierne lo será de comercio y también de inversiones, jurisdicciones y, si no nos equivocamos, de medidas sobre compras estatales. Ni mucho menos acto filantrópico o instrumento para promoción del desarrollo y la democracia, como lo fuera la nunca olvidada Alianza para el Progreso. En su texto se van a jugar y conciliar intereses, sin tapujos retóricos ni académicos. Su solo nombre define su naturaleza esencialmente mercantil.

Ninguna de las partes puede llamarse a engaño sobre la materia ni soslayar la magnitud de los compromisos que se van a adquirir. De ahí que sea aconsejable velar por fórmulas orientadas a reducir las disparidades, como la del fondo para la reconversión agrícola e industrial, y, por supuesto, considerando las grandes asimetrías y diferencias económicas.

La capacidad del tratado de incidir para bien o para mal en la vida de la población obliga a todos los estamentos a abrir los ojos, a determinar qué les duele y qué les aprovecha y a hacerse oír antes de que el cierre de las negociaciones lo haga definitivo e irreversible.

Transgresión indisculpable.

La de los principios elementales del Derecho Internacional Humanitario por unidades de las fuerzas ocupantes de Irak. En verdad, o se le declaró en suspenso o se le ignoró hasta pensar, como en épocas bárbaras, que el fin justifica los medios por inescrupulosos, despiadados y crueles que sean. Flaco servicio se presta de esta atrabiliaria manera a la promoción de la democracia, así desfigurada, y a la libertad de los pueblos, desembozadamente escarnecida.

Si de antemano no existiera el Derecho Internacional Humanitario, habría que inventarlo en guarda de la dignidad humana. Los descarríos han sido individuales, pero han comprometido a las tropas de ocupación y exasperado más aún el ánimo de los vencidos. Falta que con actos fehacientes, más que con palabras convencionales, se repare el daño y se reivindiquen los derechos inalienables, terriblemente desconocidos y violados.

abdesp@cable.net.co

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