DIANA...

DIANA...

Señora muerte que se va llevando, todo lo bueno que en nosotros topa . De nuevo un exponente de nuestra generación resulta víctima de esta guerra contra el narcotráfico. Esta vez es Diana Turbay, como según versiones oficiales ayer fueron Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, y anteayer Luis Carlos Galán, José Antequera y Rodrigo Lara, entre muchos otros.

27 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Ilusionada por la posibilidad de realizar un reportaje periodístico que, según sus expectativas, habría podido convertirse en auténtica primicia internacional, a la postre Diana Turbay fue engañada y secuestrada por el grupo de los extraditables, junto con otros periodistas y camarógrafos, hoy felizmente liberados o rescatados.

Pero había que conocer a Diana para no sorprenderse de su ánimo impulsivo, que en todas sus empresas fue factor decisivo para salir adelante. Primero como secretaria privada de su padre, el ex presidente Turbay, cuando tuvo que ser testigo mudo de muchas acciones importantes, entre las cuales las del M-19 no fueron las menos inadvertidas durante esa Administración.

En contraste, años después, Diana fue, en condición de periodista, coprotagonista de los desarrollos que condujeron al proceso de paz con el M-19, consciente de que las soluciones políticas son las únicas posibles en democracias inermes, para superar conflictos que, como la guerrilla o el narcotráfico, no tienen otra salida a la vista. Ni la represión.

Explicablemente embebidos en la guerra del Golfo Pérsico, para los norteamericanos el problema de la droga ha pasado al cuarto de San Alejo, mientras aquí vivimos sus repercusiones y desenvolvimientos en carne propia. El Estado hace lo que puede, en estas y otras materias estrechamente ligadas con el orden público, pero es claro que no lo puede todo. Y, paradójicamente, los periodistas hemos pasado de ser los notarios del momento, a convertirnos en protagonistas de los sucesos, cuando no en sus víctimas mortales.

Diana Turbay era una mujer vital y despierta en el sentidlo literal de la expresión. Sin duda había heredado de su padre un agudo olfato político que le permitió explorar campos desconocidos y compenetrarse con realidades que solo descubren quienes, como ella, se mantienen pendientes de las noticias que recogen los hechos y sobresaltos de un país en zozobra. Y había heredado de su madre, doña Nydia, el amor por Colombia, que es una frase que en nuestro medio no se valora rigurosamente porque nos declaramos muy poco nacionalistas, y a veces con vergenza de serlo.

Pero además de esa mezcla de habilidad política y de colombianismo, su ritmo inquieto y nervioso la mantuvo siempre en procura de toparse con novedades, que con frecuencia no dejaron de ser quijotescas, pero que han salido a flote, como en el caso de la revista Hoy por Hoy (de la cual me enorgullezco de ser miembro del Consejo Editorial desde su fundación), y, en otros casos con mayores suerte y éxito, como en el del Noticiero Criptón, del que era su coordinadora hasta el día en que fue secuestrada, hace cinco meses.

Con lo anterior no quiero significar que los periodistas seamos los únicos discriminados, en tan terrible guerra con las fuerzas del narcotráfico, pues resulta evidente que también muchos otros inocentes han sido víctimas fatales, o circunstanciales, de este grave problema que nos asedia hace muchos años.

Pienso ahora mismo estupefacto no solamente en la memoria de Diana o en la integridad de Francisco Santos y de Maruja Pachón, sino en la de doña Marina Montoya de Pérez y en la de Beatriz Villamizar de Guerrero. Y en la de todas aquellas personas desconocidas, privadas de la libertad y amenazadas de muerte, cuyas condiciones de impotencia no se las deseo ni al peor de los enemigos. Que sepan que estamos de alma con ellas! Y para la familia Turbay Quintero, Miguel Uribe, María Carolina y Miguelito, la solidaridad adolorida de un amigo de esa casa y de un colega profundamente entristecido.

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