NOTAS DE COLACHO GÓMEZ

NOTAS DE COLACHO GÓMEZ

Pocas cosas mueren con la rapidez de las ideas y pocos cadáveres inspiran similar indiferencia.

16 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Pocas cosas mueren con la rapidez de las ideas y pocos cadáveres inspiran similar indiferencia.

Cuando desaparece su frescura las ideas declinan hacia el olvido y sólo perduran las que expresan con pureza nuestros deseos o nuestras raras certidumbres.

Las ideas cansan, aun las nuestras nos ocupan solamente mientras sirven a nuestra vida y ministran a sus intereses.

El amor intelectual es raro y más rara la generosidad.

Los hombres no nos interesamos sino en los hombres; nuestros gestos despiertan nuestra mutua curiosidad, por una insignificante anécdota cambiamos el sistema que costó treinta años a su autor. Sólo el chisme no se marchita.

Una colección de libros de teología, el repertorio bibliográfico del pensamiento de una época, un catálogo de folletos políticos, invalidan toda ambición.

A la posteridad sólo logra divertir el detalle individual y concreto.

Las ideas son nuestra más fatua y fútil preocupación.

Sin embargo, aquí no intento ofrecer sino esbozos de ideas, leves gestos hacia ellas.

Rejuvenecer las ideas marchitas es la tarea del humanista. Su lectura paciente penetra hasta el corazón endurecido de la idea. Así se cumplen esos gratuitos actos de justicia, cuya misma inulidad seduce más certeramente una inteligencia generosa. Todo vestigio de un pasado abolido es de un precio infinito para ciertas almas piadosas.

El libro que no divierte, ni agrada, corre el riesgo de perder el único lector inteligente: el que busca su placer en la lectura y sólo su placer.

Es cierto que nuestro deber consiste en refinar más y más ese placer hasta que nos sea dado encontrarlo, raro y puro, en los sitios más ásperos y en los más áridos; pero toda ocupación con las letras que no tenga por raíz cierto epicureismo de la inteligencia y una sensual afición, carece de solidez, de intensidad y de comprensión luminosa.

Si las ideas nos interesaran abstractas y solas, en pocos días agotaríamos el repertorio completo de lo que el hombre ha pensado. La mezquindad de la inteligencia humana es infinita. Pero lo que nos seduce son las innúmeras variaciones que esas ideas revisten en la pintoresca diversidad de la historia.

Nuestra civilización se funda sobre un postulado de lo discontinuo y sólo conoce bienes fungibles.

Ninguna ha conocido, como ella, el insaciable prurito de lo nuevo y la beata admiración de lo meramente cotidiano. Hemos vivido bajo un primado de lo efímero; a la incertidumbre de la sociedad ha correspondido una sin igual desconfianza en lo que el hombre crea.

Un espíritu periodístico triunfa y no hay ya actitud intelectual que no inficione, ni obra que su implícita presencia no disuelva. Vivimos de lo que hoy nace y para hoy solo vivamos.

Lo que implica alguna confianza en su duración y exige alguna fe en la permanencia de nuestros actos, encuentra una respetuosa ironía, o un manifiesto sarcasmo.

La posteridad es hoy un mito envejecido, incapaz de agitar o de influir. Hubo alguna vez un puro orgullo del espíritu, manifestación de una ambición desmedida pero vacía de la petulancia, cuando pretender a lo más alto no excluía ninguna humildad y cuando la vanidad servía, con frecuencia, para imponer las más difíciles empresas.

La ambición de crear lo que dudosamente dura y el respeto de una posteridad indiferente fueron pretextos para que el hombre exigiera de sí mismo exactitud y honradez, abnegación y laboriosidad.

Tal vez haya obras que no necesiten de esas virtudes, pero la meditación sin ellas es un juego ineficaz; aunque, sin embargo, el que más fácilmente las simula.

Toda sociedad perece al abolir sus mitos.

La humanidad es de una pasmosa indiferencia a todo lo que no amenaza su existencia y solamente la ensucia o la degrada.

La humanidad no mira con recelo sino a quienes desasosiega la trivial existencia a que todos se resignan.

Admito muy bien que desdeñemos todo lector, que el placer cuando escribimos sea nuestro fin y que no aspiremos a nada distinto de nuestra satisfacción más solitaria, pero lo que no puedo soportar es nuestra indiferente resignación a la mediocridad de nuestras ideas.

No importa que nuestra idea para nada sirva o que nadie la utilice; que se desvanezca, ignorada, y muera; si fue más que una proposición hueca y sonora, si en ella se cristalizó una verdad y se encarnó una esencia.

No importa no poder atribuir una valencia impersonal a nuestras ideas quizá ninguna la tenga , pero su valor ha de ser independiente de lo que para otros signifique, ya que un valor existe aun cuando a un solo individuo se revele y culmine para un solo ser.

La verdad de una idea difiere de su vida y de su muerte. Más que la verdad, varía la capacidad del hombre para aceptarla. Nuestro rechazo, quizá, crea la falsedad de lo que rechaza.

Sin embargo, una verdad separada y distinta, erguida solitaria en un abstracto cielo, sin relación con una inteligencia, es mera hipótesis de nuestra ignorancia y de nuestro anhelo. Toda verdad es un acto del espíritu, es su fruto y su flor.

Así un subjetivismo inmoderado, un relativismo intemperante, puede admitir la universalidad de sus valores, aun cuando proclamen que la generalización falsifica y que la impersonalidad es un mito.

Quien se atreve a exponer sus ideas tiene que someterse a la severidad de quien lo escucha, pero el que atribuye importancia a lo que dice no puede contenerse con las solas exigencias del lector común.

Es menester escribir para el lector más difícil y más áspero. Busquemos una victoria pura y franca sobre el más duro adversario. Más que en una victoria o en una derrota espectaculares y palmarias, la auténtica nobleza yace, aquí, en cierta manera de vencer o de ser derrotado.

Satisfacernos con haber hecho todo lo que pudimos es un sentimiento nefasto. Autores de una confusión abominable, creamos así un mundo turbio, en el cual lo mediocre y lo excelente tiene igual valor, igual valor lo perfecto y lo que abortó.

Es evidente que nuestro deber consiste en hacer todo lo que podemos, pero es absurdo imaginar que el solo esfuerzo sea un valor, que aspirar sin lograr pueda diferir de un fracaso.

Una tal constatación es, en verdad, desoladora, ya que la mayoría de los hombres no somos sino ensayos y meras tentativas. Nuestra vida es un experimento prometido al desastre.

La raíz y el fondo del ser nos son dados irrevocablemente con nuestra limitada voluntad. Si, para no perecer de asco, inventamos justificaciones a nuestros actos, no debemos atribuir ese pobre artificio a la estructura del universo.

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