TRES CABALLOS

Los caballos de los rejoneadores son bellísimos: de seda cruda, de caoba pulida, de cobre bruñido, de plata martillada. Agiles como gatos, fuertes como leones, solemnes como obispos. Y la alegría del público es muy grande. Pero yo, sinceramente, comparto la prevención que los aficionados a los toros les tienen a las corridas de rejones. No son corridas de toros: son corridas y en el peor de los casos simples galopadas de caballos. Hago, por supuesto, una excepción para aquellas en que participa ese genio revolucionario que se llama Pablo Hermoso de Mendoza, que en mi opinión ha hecho con el rejoneo lo que hace noventa años hizo Juan Belmonte con el toreo de a pie; o sea, torear.

17 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Los caballos de los rejoneadores son bellísimos: de seda cruda, de caoba pulida, de cobre bruñido, de plata martillada. Agiles como gatos, fuertes como leones, solemnes como obispos. Y la alegría del público es muy grande. Pero yo, sinceramente, comparto la prevención que los aficionados a los toros les tienen a las corridas de rejones. No son corridas de toros: son corridas y en el peor de los casos simples galopadas de caballos. Hago, por supuesto, una excepción para aquellas en que participa ese genio revolucionario que se llama Pablo Hermoso de Mendoza, que en mi opinión ha hecho con el rejoneo lo que hace noventa años hizo Juan Belmonte con el toreo de a pie; o sea, torear.

Hago parcialmente extensiva esta excepción a Andy Cartagena, a quien vimos el domingo en la Santamaría. Hubo momentos en que estuvo toreando. No es un torero completo, como Hermoso, pero tiene raza de torero, además de espectacularidad de jinete, y cierto populismo demagógico que gusta mucho en Bogotá. Y un par de caballos que... Bueno: más adelante hablaré de ellos. Antes, los otros dos rejoneadores de la tarde.

Martín Porras estuvo vulgar, salvo en un extraordinario par de banderillas por los adentros, a dos manos, en un sitio imposible, de riesgo, montado en un castaño refulgente. Juan Rafael Restrepo, que ha progresado mucho aunque sigue abusando de las galopadas lejos del toro, arriesgó mucho en el sexto, un toraco lombardo que pese a sus descomunales 590 kilos fue capaz de embestir de largo y persiguiendo. Restrepo aguantó, entusiasmando (patriótica, más que taurinamente) a la plaza: Co-lom-bia! Co-lom-bia!.

Pero vuelvo a lo anunciado: los caballos de Andy Cartagena.

Quiero hablar de tres. Dos bonitos y uno feo. Un alazán barnizado de caramelo, como ese del refrán: alazán tostao, antes muerto que cansao ; y, en efecto, fue capaz de aguantar dos toros de salida, que es lo más duro. Un bellísimo caballo con un lucero en la frente, con las patas tan largas como la altura de las barreras, de elegante y armonioso tranco, que templaba al toro con la cola de mujer pelirroja y las ancas lustrosas de vasija de cobre, partidas en dos como las dos mitades de un melocotón en almíbar. Su despacioso galope circular, engallado el cuello y ladeada la cabeza, tenía la dignidad del paso de un príncipe de la Iglesia preconciliar. Me recordó a Pacelli joven.

El otro bonito era un tordo arromerado con la cola de una blancura de espuma, que luego se tiñó de rosa con la sangre del toro, e iba enguantado de cuero en las muñecas, como los boxeadores frágiles. Pero era un bailarín. En cuanto al tercero, el feo, era bien feo, bajito y contrahecho, renegrido, peludo, rabicorto, con la cola recortada en ramillete, como la colita de caballo de una niña de 12 años, y despelucada la crin, y con unas borlas absurdas que le tapaban los ojos. Tenía las patas traseras calceteras, y con los cascos también blancos, y las delanteras negras y con los cascos negros, y tascaba el freno sin cesar como si mascara chicle, mostrando los dientes amarillos y las encías rojas. Era horroroso. Y valiente. No dudó en meterse ni dudó su jinete en meterlo por unos adentros inverosímiles, entre los pitones del toro y las tablas de la barrera como entre Escila y Caribdis, para clavar una banderilla al violín, por encima del hombro. Dos: una en cada toro. Y las cortas. Y los rejones de muerte.

Cartagena desmonta de un brinco para ver morir al toro, y el caballito se va solo al patio de caballos, muy serio, tascando el freno.

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