EL COSTO DE VIVIR EN LA JULIA

EL COSTO DE VIVIR EN LA JULIA

Un día normal en La Julia, la mítica inspección ubicada a 44 kilómetros del casco urbano de Uribe, termina cuando el encargado de apagar la planta diesel que provee de energía al pueblo acaba de ver el capítulo de la novela Pasión de Gavilanes.

14 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Un día normal en La Julia, la mítica inspección ubicada a 44 kilómetros del casco urbano de Uribe, termina cuando el encargado de apagar la planta diesel que provee de energía al pueblo acaba de ver el capítulo de la novela Pasión de Gavilanes.

A esa hora sus habitantes, que acostumbran a reunirse en las casas o locales comerciales que tienen televisor, sin mayores disculpas se refugian en sus viviendas antes de que el pueblo quede en una completa penumbra. Los ruidos de la espesa selva que rodea este caserío, de unos 1.100 habitantes, empiezan a inundar los sonidos de la noche.

Unicamente algunos guerrilleros del frente 40 de las Farc pasan esporádicamente por las enlodadas calles realizando patrullajes para estar atentos a una posible incursión del Ejército.

Al principio de este año estuvo dos meses un batallón de la Brigada Móvil 4 y volvieron a irse para que luego nuevamente entrara el grupo subversivo. "Aquí es donde uno se da cuenta que la guerra es como un juego porque un día están aquí los legales y otras veces los ilegales. El problema es que todos dejan marcados a los civiles y después pagamos los platos rotos", dijo Samuel Guzmán*.

Precisamente esa estigmatización es lo que no deja vivir tranquilas a las gentes de La Julia. Por años, esta inspección ha sido una de las retaguardias de las Farc y cientos de hectáreas en sus zonas rurales sembradas con coca.

Sin embargo, son muchos los que no tienen nada que ver con los grupos armados y han llegado a esta inhóspita región por sus circunstancias económicas en la mayoría de los casos.

"Llegué a La Julia hace dos años porque en Bogotá nos estábamos muriendo de hambre con mis hijos. Aquí me dediqué a vender jugos y comidas rápidas y con poquito pero subsistimos y no tenemos que pedir limosna", indicó Lucrecia Salomón, una joven de 25 años que a las 5 de la mañana ya abre su local para atender cultivadores, raspachines y demás pobladores de La Julia que salen a sus fincas a trabajar.

El tedio en el caserío es interrumpido los fines de semana cuando casi todos los que viven en las fincas bajan para tomarse algunos tragos, comprar remesa y hablar sobre las anécdotas en su inevitable relación con a guerrilla.

"Para nadie es un secreto que esto lo domina las Farc, pero eso es diferente a pensar que todos somos guerrilleros. Así como hay milicianos y otras personas que pueden trabajar para ellos sin ser de la organización, habemos muchos que no tenemos nada que ver con ellos y que obviamente cohabitamos porque no hay de otra. Ejército y subversión tienen un problema militar en el que nosotros no debemos entrar", sostuvo Clemente Sandoval, ex presidente de una asociación de cívica.

* Nombres ficticios a petición de las personas.

FOTO Hernando Herrera Estrada.

1- Por estos días la pertinaz lluvia enloda las calles de La Julia. Su monotonía sólo se rompe los fines de semana cuando los jornaleros bajan al caserío para comprar remesa y tomarse unos tragos.

2- Pasión de Gavilanes es lo que reúne en las noches al pueblo.

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