DESPEJAR TODA DUDA

DESPEJAR TODA DUDA

La canciller Carolina Barco llega hoy a Caracas en uno de los momentos de mayor tensión en muchos años con el vecino país. Aunque la visita estaba prevista desde antes de las denuncias del presidente Hugo Chávez sobre una invasión de paramilitares colombianos, los hechos de los últimos días les dan a las reuniones de hoy un indudable sabor a control de crisis.

14 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

La canciller Carolina Barco llega hoy a Caracas en uno de los momentos de mayor tensión en muchos años con el vecino país. Aunque la visita estaba prevista desde antes de las denuncias del presidente Hugo Chávez sobre una invasión de paramilitares colombianos, los hechos de los últimos días les dan a las reuniones de hoy un indudable sabor a control de crisis.

En especial después de la fogosa intervención del presidente Chávez anteayer, en el Palacio de Miraflores, ante el Consejo de Defensa de la Nación. Un discurso que dibujó un panorama apocalíptico de una invasión a Venezuela propiciada por Colombia y Miami con el fin de derrocarlo. Salpicado, además, de frases que denotan profunda desconfianza y no poca hostilidad hacia la actitud del presidente Uribe y, sobre todo, de las Fuerzas Armadas (con el comandante del Ejército, Martín Orlando Carreño a la cabeza). Ante la gravedad de las insinuaciones, el gobierno colombiano ha respondido por fortuna con ecuanimidad y cabeza fría.

La tensa complejidad de la situación va más allá de la evidente falta de química personal y política entre Uribe y Chávez, gobernantes tan disímiles como el agua y el aceite. El mandatario venezolano no ha escondido su prevención frente a la estrecha alianza que ha construido Uribe con Estados Unidos. Ni ha ahorrado calificativos para cuestionar la falta de atención de las autoridades colombianas a la frontera, o para criticar la efectividad política contra el paramilitarismo, o para arremeter contra la oligarquía santafereña . Otra queja reiterativa se ha centrado en la permanencia en Bogotá, en calidad de asilado político, del empresario Pedro Carmona, quien asumió fugazmente el poder durante el fallido golpe del 11 de abril del 2002. Por su parte, el presidente Uribe considera que no ha habido una cooperación militar adecuada para perseguir a la guerrilla colombiana en la zona fronteriza.

Pero que existan diferencias entre dos presidentes -y en sus respectivos proyectos políticos- no puede conducir a una imposibilidad de comunicarse. Hasta el momento, la relación se ha mantenido, en buena medida gracias a la prudencia del gobierno Uribe. A pesar de salidas desafortunadas de algunos funcionarios, o del propio Senado, que hace unas semanas aprobó una declaración en la que solicitó la aplicación de la Carta Democrática de la OEA contra Chávez. Incluso desde el punto de vista económico, después de la crisis ocasionada por el paro empresarial de finales del 2002, los negocios han ido retomando la senda de la normalidad y los problemas de pagos se han resuelto. Las cifras de comercio bilateral, correspondientes a los primeros meses del presente año, señalan en este sentido una franca recuperación.

Las reuniones de la canciller Barco en Caracas con su colega Jesús Pérez deben buscar, ante todo, el restablecimiento de la confianza. Y esto dependerá del pleno esclarecimiento de los detalles del complot que planeaban los supuestos paramilitares capturados en El Hatillo, en vecindades de Caracas. La persistencia de dudas alimenta un caldo de cultivo perfecto para que las tensiones se reproduzcan. Ambos países tienen que hacer los aportes que tengan a su alcance para establecer la verdad de los hechos e identificar las responsabilidades del caso.

El momento crucial que vive Venezuela en su proceso interno no es el más adecuado para fomentar la prudencia. Y es evidente que Chávez ha aprovechado a fondo el episodio. No pocos interpretan que algunas de las medidas tomadas esta semana -como la detención de Henrique Capriles Radonsk, alcalde del partido de oposición Primero Justicia, o los allanamientos contra otros contradictores, como el empresario Gustavo Cisneros- sean parte de una estrategia para debilitar a la oposición. Ayer se anunciaron capturas de 3 oficiales y 114 civiles. Y hasta se especula que el gobierno considera la declaración de la conmoción interior entre otras alternativas autoritarias.

Ojalá no sea cierto, porque la situación es tan peligrosa como explosiva. La prudencia -no sobra insistir- es la única garantía para que no se desborden las tensiones.

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