NOCHE DE TERROR

NOCHE DE TERROR

Eran como las nueve de la noche del pasado viernes 23 de abril.

11 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Eran como las nueve de la noche del pasado viernes 23 de abril.

A esa hora estábamos todos viendo televisión en la finca La Cumbre, que está ubicada en la vereda Cimalta del corregimiento de Tres Esquinas de Cunday. Es una finca que adquirimos en 1973 y hoy está dedicada a la ganadería y el cacao.

En ese momento nos encontrábamos mi mamá, mi hermano, don Marcos, que es un señor de 57 años que nos trabaja en la finca, la señora que nos ayuda con sus tres hijas y yo.

Mi mamá había llegado el día anterior de Ibagué, yo había llegado dos semanas atrás, nosotros pasamos la mayor parte del tiempo en Ibagué, mientras que mi hermano Francisco si está de tiempo completo en la finca.

De pronto sentimos fuertes golpes en las puertas. Nos paramos a ver y de inmediato unos hombres con pasamontañas, luciendo uniformes camuflados, portando armamento largo Galil y uno de ellos con una escopeta de color negro guacharaca, vestía civil con botas de caucho y un maletín a la espalda, me cogieron a mí, a mi hermano y a don Marcos.

Empieza la tortura.

Nos dijeron que eran de la guerrilla y que estaban ahí para que les dijéramos dónde se encontraba la caleta de 100 millones de dólares que yo cuidaba. Les respondí que no sabía nada de eso. A mí me llevaron al establo, a mi hermano hacia el lado de las porquerizas y a don Marcos para el baño.

Me tiraron al suelo, me amarraron de pies y manos, me insistían que les dijera donde estaba la caleta. Yo les decía que investigaran en el pueblo para que se dieran cuenta que no teníamos plata, que al contrario estábamos endeudados.

Uno de ellos me dijo que me daban cinco minutos para que les dijera o si no me mataban. Me daban patadas, puños, me golpeaban con los fusiles, uno de ellos sacó una aguja y me chuzaba por todas partes, otro me decía que me iba a quitar las uñas con unos alicates, que me iba a sacar los ojos. Yo pensaba que nos había llegado la hora.

Mi cabo.

Trajeron un balde y me echaron agua en la cabeza, un rato más tarde me voltearon boca arriba, y alcance a ver que uno de ellos era negro. Sacó una puñaleta y me la puso en el cuello y me dijo que me mataba si no le decía el sitio dónde estaba la caleta. Sacaron una sábana y la mojaron con agua y jabón en polvo y me la pusieron en la cara.

En ese momento otro le dijo: matemos ese perro mi cabo. Cuando dijo cabo, pensé que no eran de la guerrilla. Entonces, al ver que la había embarrado dijo: voy a traer un cabo para matar este perro.

Después de varias horas me dijeron que como no había querido decir nada, entonces habían matado a mi hermano y mi mamá. Después llevaron una de las niñas de la señora que nos trabaja y la pusieron frente a mí, pensaban que era hija mía y entonces me decían que si no les decía lo de la caleta se la llevaban.

Me decían que repartiéramos los dólares y que todos quedábamos contentos y que yo me abría con mi familia.

Por ahí a la una de la mañana me vendaron los ojos y me llevaron a la habitación donde yo duermo, me sentaron en el suelo y cerraron la puerta, pero antes me advirtieron que no fuera a denunciar ni dar aviso a nadie ni que nos fuéramos a ir de la finca, que siguiéramos trabajando, y que en una hora llamara a mi mamá para que me soltara.

Me hago matar.

Si yo me hubiera logrado soltar me hago matar, pues yo estaba convencido que habían matado a mi mamá y mi hermano, pensaba que para qué quería seguir viviendo.

Me arrastré hasta una mesa de noche y con una de las esquinas me baje la venda, empecé a gritar. Al rato llegó mi mamá con la señora y las niñas. Me contaron que las habían encerrado y que todo el tiempo lo único que hicieron fue rezar y escuchar los gritos de nosotros cuando nos estaban pegando.

Mi mamá tiene 60 años y la señora que nos ayuda 35 y las hijas de ella tienen dos, cuatro y 10 años.

Pregunté por mi hermano y don Marcos, salimos a buscarlos, yo no me podía mover, me dolía todo, tenía las manos hinchadas. Estaba titiritando de frío, al rato apareció mi hermano y nos contó toda la tortura que le hicieron. A él se le orinaron encima y en un rato que lo dejaron solo, logró soltarse y vio a los hombres en el patio sin capucha, y reconoció a uno de ellos, era el mismo que el día anterior cuando fue al pueblo le había pedido la cédula. No era guerrilla eran soldados que estaban acantonados en el pueblo Tres Esquinas.

Acabaron con todo.

Don Marcos nos contó que la mayor parte del tiempo le metieron la cabeza en una tina llena de agua con jabón, le hundieron una costilla a puros golpes, él es un hombre que no sabe leer ni escribir, que lo único que sabe es trabajar.

El grupo eran como de 10 personas y antes de irse como a las dos de la mañana, se llevaron un celular que teníamos en la finca para comunicarnos con mi hermano cuando estamos en Ibagué, una moto modelo 94 que mi hermano utilizaba para ir al pueblo a mercar y que la compró con la venta de dos becerros, se la dejaron sirviendo para nada, 90 mil pesos que teníamos del arriendo de un pastaje que nos habían pagado también se los llevaron, sólo dejaron 14 mil pesos en billetes de dos mil pesos.

A las seis de la mañana del sábado decidimos que nos veníamos para Ibagué, mi hermano dijo que él no nos acompañaba porque qué se iba a ser al pueblo. Algunos vecinos que llegaron nos pidieron que denunciáramos lo que había pasado y más si era gente del Ejército la que había hecho eso.

Nos decían que hoy son ustedes y mañana somos nosotros, entonces que no nos quedáramos callados.

No queremos ser desplazados.

El domingo mi hermano me llamó del pueblo y me informó que un soldado lo buscó y le dijo que no los fuera a denunciar, que era que sus compañeros estaban llevados de la traba. (drogados).

Me decidí y busqué al Jefe del Estado Mayor de la Sexta Brigada, me dijo que disculpara al Ejército, pero los que habían hecho eso eran unos pícaros y que él iba a investigar los hechos para castigar a los responsables. Me pidió que no fuéramos a abandonar la finca.

También puse la denuncia en la Defensoría del Pueblo, es que nosotros no somos delincuentes, ni tenemos antecedentes judiciales y somos conocidos en la región como gente honrada y que lo único que hacemos es trabajar, y menos tenemos nexos con grupos al margen de la ley. Que me da cierto temor hacer esta denuncia?. Claro, pero es un deber, esto se debe corregir para que estas cosas no vuelvan a pasar con otros campesinos. Lo que no queremos es ser unos desplazados más.

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