COLOMBIA EL MEJOR ESPAÑOL

COLOMBIA EL MEJOR ESPAÑOL

Tierra de García Márquez y de una vasta diversidad cultural, Colombia adquirió desde hace más de un siglo la honrosa fama de ser el país de América Latina donde mejor se habla el castellano. Aunque su reputación la deba sobre todo a la pasión por la gramática de sus intelectuales y políticos, no cabe duda de que aquí el castellano tiene una riqueza especial por la creatividad de su gente y la variedad de sus regiones. Algunos especialistas plantean que esa fama, que puede llegar a aguijonear el orgullo de otros pueblos latinoamericanos, le viene a Colombia más bien del acento neutro usado por los habitantes de Bogotá, no así en el resto del país, plagado de hablas regionales. Además, de la calidad y fuerza de muchos de sus escritores, sin ir más lejos García Márquez, considerado uno de los mejores de la lengua castellana.

15 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Tierra de García Márquez y de una vasta diversidad cultural, Colombia adquirió desde hace más de un siglo la honrosa fama de ser el país de América Latina donde mejor se habla el castellano. Aunque su reputación la deba sobre todo a la pasión por la gramática de sus intelectuales y políticos, no cabe duda de que aquí el castellano tiene una riqueza especial por la creatividad de su gente y la variedad de sus regiones. Algunos especialistas plantean que esa fama, que puede llegar a aguijonear el orgullo de otros pueblos latinoamericanos, le viene a Colombia más bien del acento neutro usado por los habitantes de Bogotá, no así en el resto del país, plagado de hablas regionales. Además, de la calidad y fuerza de muchos de sus escritores, sin ir más lejos García Márquez, considerado uno de los mejores de la lengua castellana.

Ya desde el siglo XIX había en Colombia una preocupación por el idioma, asociada al interés por mantener vínculos con España y a la clase de república que tenía un grupo de humanistas entre los que destacaban Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo. La principal iniciativa de Caro para mantener el nexo con España fue la fundación en 1872 de la Academia Colombiana de la Lengua, que es corresponsal de la española y fue la primera de América. Pero el prestigio del buen hablar colombiano parece tornarse ironía con sólo oír a algunos locutores de radio o presentadores de televisión -principalmente relatores de fútbol- que se ensañan con el idioma, como cuando dicen privilegioso en lugar de privilegiado, o abusan del pomposo supremamente .

El español es otra de las especies en extinción. Estamos acabando con él: Lo maltratamos tanto! Nadie le para bolas (presta atención) y personas como yo, que se dedican a defender el idioma, terminamos siendo unos quijotes , lamenta el linguista Armando Gamboa, autor del libroAsí debemos hablari . Los colombianos sólo tenemos tres patrimonios: la desesperanza, la resignación y el idioma , afirma. Como por los primeros poco se puede hacer en un país marcado por la violencia, es necesario dar la batalla por preservar el último .

Aunque los puristas del idioma revientan de ira con los gazapos, hay en Colombia términos y expresiones producto del ingenio popular que bien pueden ser considerados genialidades de la lengua surgidas de la vida cotidiana. Quizá el más emblemático es verraco , cuyo significado original es cerdo reproductor , pero que en Colombia se usa para calificar a alguien de corajudo y hábil, o a una situación de muy difícil. En el zoológico del vocabulario colombiano también destaca lagarto , aplicado a un tipo oportunista y que pontifica sobre todo. Según el fallecido escritor Alfredo Iriarte, este es uno de los más estupendos aportes bogotanos al castellano, aunque la Real Academia no le haya dado sus honores. Ni qué decir de la creación ingeniosa de verbos con todas sus espontáneas conjugaciones y derivaciones como camellar que significa trabajar y viene de camello (trabajo); gallinacear que traducido en colombiano quiere decir coquetear y procede de gallinazo (mujeriego); patrasiar (retroceder); y tropeliar , braviar o frentear para señalar desafío o valentía.

Lo caprichoso de las líneas fronterizas queda en evidencia en cuanto al habla se refiere. No es uno y el mismo lenguaje en este país de 44 millones de habitantes, donde el castellano debe convivir con unos 65 dialectos indígenas. Los paisas tienen un cantadito muy particular y usan el voceo, y -si por el habla se sacara la nacionalidad- en La Guajira y en los llanos orientales sus habitantes se confunden con venezolanos. Mientras, los pastusos se confunden con ecuatorianos, y los costeños - que cambian la s por la j- con panameños o dominicanos.

Al proponer simplificar y humanizar la gramática, en su polémico discurso Botella al mar para el dios de las palabras en México en 1997, García Márquez sentenció: Nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual .

Lengua de la violencia.

Lo que me da chispa es que me hayan encanado por cascar esa cosa. Yo le tenía montada la cacería hacía días. A los que faltonean a la gente del barrio, me lambo por pelarlos . De esta forma, Mario, un sicario de 20 años oriundo de Medellín, narra su primer asesinato. Para entender mejor a Mario es necesario saber que chispa es rabia, cascar es balacear o asesinar, encanar es encarcelar, faltonear es incumplir o ser desleal, lambarse es desear mucho algo y pelar es asesinar.

Su relato -recogido en el libro No nacimos pa semillai , del investigador y escritor Alonso Salazar- es fiel reflejo de cómo la violencia creó su propio idioma, además de marcar la historia del país en más de cuatro décadas de conflicto armado. Con el narcotráfico, que multiplicó en Colombia corrupción y violencia, emergió una jerga -denominada el parlache - que se popularizó sobre todo entre jóvenes de diversos estratos, principalmente en las comunas de Medellín. En ese lenguaje, al verbo matar se le dice quebrar , pasar al papayo , bajar , tumbar o quiñar . Y en torno a esa acción, disparar dio origen a una gama de expresiones: dar chumbimba , tronar , voliar fruta o fumigar .

Es un lenguaje que refleja de manera creativa la vida cotidiana, pero que está -al mismo tiempo- cargado de muerte , dice Salazar, actual secretario de gobierno de Medellín, ciudad que fue víctima de la guerra librada contra el Estado por el narcotraficante Pablo Escobar en los 80. De Colombia salen los vocablos sicariato y hasta sicariar . Mientras, un jíbaro es un vendedor de droga y un jibariadero , por tanto, el lugar donde se vende; la vacuna es el cobro de un impuesto o extorsión; los narcoterroristas son los grupos armados que se financian de la droga, y los narcocultivos los sembradíos ilícitos.

De la imaginación perversa de quienes preparan artefactos explosivos, en una muestra más de la degradación del conflicto armado colombiano, surgen palabras compuestas como cadáver-bomba, cilindro-bomba, burro-bomba, caballo-bomba, carta-bomba, collar-bomba y hasta calzoncillo-bomba. Hace unos días, un embajador colombiano llamó sicarios moralistas a periodistas que publicaron una versión que cuestionaba su conducta. Otro funcionario, también enfrentado a la prensa, acuñó la frase terrorismo informativo . Todo el fenómeno cultural originado por la espiral de violencia, sus causas y manifestaciones es materia de estudio de unos especialistas colombianos surgidos hace más de una década: los violentólogos .

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