SOL Y SOMBRA DE UNA GIRA

SOL Y SOMBRA DE UNA GIRA

El viaje del presidente Uribe a Europa fue polémico, intenso y de resultados agridulces. Y transcurrió como era previsible. Con sobresaltos, logros e incidentes varios, producto de dos mundos que se desconocen bastante, tienen sensibilidades distintas y se reúnen tardíamente para tratar de entenderse mejor.

15 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

El viaje del presidente Uribe a Europa fue polémico, intenso y de resultados agridulces. Y transcurrió como era previsible. Con sobresaltos, logros e incidentes varios, producto de dos mundos que se desconocen bastante, tienen sensibilidades distintas y se reúnen tardíamente para tratar de entenderse mejor.

El recinto semivacío del Parlamento Europeo es muestra elocuente del desconcierto que produce un mandatario latinoamericano tan vehemente y atípico como Alvaro Uribe. Sobre todo en la vieja izquierda del viejo continente. La cancelación del encuentro con el primer ministro italiano confirma, pese a las afinidades ideológicas entre ambos, que Colombia no es prioridad en esas latitudes. Confirma, también, la frivolidad de un Berlusconi que prefiere una cita con su cirujano estético o una entrevista con la Claudia Gurisatti de Roma al presidente de una acosada democracia suramericana.

Hubo, además, fallas serias en la preparación del viaje, que reiteran las carencias de la Cancillería (algunos congresistas anuncian ya un debate de responsabilidades). Y varias de las expresiones de protesta contra Uribe prueban que en algunos círculos europeos no se sabe ni entiende nada sobre Colombia, ni sobre su Presidente.

Por eso, a la hora de hacer balances de la gira, se equivocan tanto los que pretenden dibujar un fracaso como los que intentan mostrar un éxito histórico. Por el lado positivo, el anuncio de una posible prórroga del Sistema General de Preferencias, que tendrá todavía que superar el complejo laberinto de decisiones de la Unión Europea. Los dineros anunciados para programas de guardabosques y laboratorios de paz no son significativos en monto, y su aprobación no dependía de la presencia de Uribe. La posible realización de una mesa de donantes en Bogotá no deja de significar un paso atrás frente a la propuesta inicial de realizarla en Europa.

Pero muchas de las críticas que le han hecho a Uribe son exageradas. Que el Parlamento Europeo haga un show es cosa de todos los días. Que Berlusconi no aparezca habla más de su reconocida extravagancia. Que manifestantes callejeros en Bruselas o Berlín pinten al Presidente de Colombia con bigotico de Hitler es el lado caricaturesco del radicalismo nórdico. Más significativo es que Bélgica, Italia y Alemania, los países visitados, reafirmaran un indiscutible apoyo a Uribe y a su proyecto gubernamental.

Pero lo que es un hecho es que la política hacia Europa necesita más atención (Uribe no había ido en 18 meses de gestión). Las misiones diplomáticas no parecen estar preparadas, ni tienen contactos con los medios, a juzgar por el escaso cubrimiento que tuvo el viaje.

Algunos elementos del discurso presidencial tal vez sobraban (salvo por su impacto en la teleaudiencia nacional). Como las invocaciones del Supremo, o la forzada comparación de las Farc con Hitler, que debió generar más de un sarcasmo. Algo va de la actitud franca al desconocimiento de las sensibilidades de la audiencia. Reiterar con semejante énfasis el terrorismo de las Farc y del Eln mientras defendía el diálogo con los paramilitares era una apuesta difícil.

De allí la importancia de evitar ambiguedades. No es coherente apoyar la Declaración de Londres sin explicar la imposibilidad de cumplir algunas de sus condiciones. O pedir un acuerdo de libre comercio sin buscar orden en la Comunidad Andina.

La gira, por otra parte, sacó a flote el peculiar estilo de Uribe. Poner la cara es valiente e importante, dado el peso de Europa, su capacidad como inversionista y la conveniencia de diversificar las relaciones exteriores del país.

No faltó, por otra parte, la espontaneidad antioqueña, con todo y su lado montañero. Esa llevada del carriel al Vaticano y el fallido intento de colgarlo del hombro del ya tullido y casi inmóvil Juan Pablo Segundo fueron exagerados, pero sin duda marcaron puntos en la teleaudiencia de los noticieros. Así como su intento de confrontar a los manifestantes en Alemania, que resultó muy bien filmado y también tuvo que ayudarle a su imagen: el valiente presidente que llama a dialogar en la calle a los que gritan en su contra pero le rehúyen.

Pero más que marcar estos puntos o hablarle desde ultramar a su país, un presidente tan popular y sintonizado con su pueblo, en una gira como esta tenía que dar sólidas muestras de estadista. Ojalá se aprendan, en ambos lados del Atlántico, las lecciones que dejan estos días frenéticos. En el entendido, claro está, de que solo es posible moverse dentro de las limitaciones impuestas por la débil prioridad que Colombia tiene en Europa. Y por la estrecha alianza del gobierno Uribe con los Estados Unidos. Trabas que no deben demorar la urgente tarea de emprender un mejor conocimiento mutuo.

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