DORA ANGEL, LA MAESTRA MÁS ANTIGUA DE BOGOTÁ

DORA ANGEL, LA MAESTRA MÁS ANTIGUA DE BOGOTÁ

A Dorita le dicen la maestra de la cabeza blanca y aunque confiesa que la mayoría de las canas se las han sacado los que no hacen la tarea, los groseros, los traviesos y los que no se aprenden la lección, aclara que los primeros mechones blancos aparecieron a los 15 años, por herencia paterna y antes de que decidiera dedicarle la vida a la educación.

16 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

A Dorita le dicen la maestra de la cabeza blanca y aunque confiesa que la mayoría de las canas se las han sacado los que no hacen la tarea, los groseros, los traviesos y los que no se aprenden la lección, aclara que los primeros mechones blancos aparecieron a los 15 años, por herencia paterna y antes de que decidiera dedicarle la vida a la educación.

La docencia se la encontró por accidente cuando el colegio María Auxiliadora -donde estudiaba bachillerato- se convirtió en una normal, y ella, al graduarse, en toda una normalista con licencia para educar. Entonces le dijo adiós al sueño de ser médica y tan pronto se quitó la jardinera del colegio se abotonó la bata blanca con la que hizo su aparición en los salones del colegio distrital Quinta Díaz, en el barrio Egipto, donde se enamoró, desde hace 46 años, de la profesión.

Es la maestra más antigua de Bogotá y hace rato perdió la cuenta de cuántos alumnos han pasado por su tablero. Ayer, en el centro de convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, estuvo en primera fila, recibiendo el homenaje que, en su día, les preparó la Alcaldía a los maestros de la ciudad.

Dora Angel Martínez se niega a confesar su edad y asegura que el de los años es un tema prohibido para las mujeres. "Lo importante es que me conservo joven y bella porque cada ocho días nado en las piscinas de Compensar y porque con estos muchachos uno hace ejercicio todo el tiempo. Subo y bajo las escaleras, los llevo al parque y jugamos con la pelota".

Los muchachos de los que habla la maestra Dora son los estudiantes del colegio Santa Inés -ubicado en el antiguo sector de El Cartucho- donde dicta clases de primaria desde hace 34 años.

"Dorita ha sido profesora de todos los grados de primaria porque todos los niños deben tener el honor de estar en sus clases -dice Cecilia Peñaranda, rectora de la institución-. Es una belleza de mujer, entregada a su oficio y la más paciente de todas".

Enseñar a leer.

A Dora el grado que más le gusta es primero, porque son los niños más pequeños y porque nada la emociona más que verlos leer sus primeras líneas. "Disfruto cuando logro que me lean las primeras palabras, cuando juntan las sílabas y descubren que detrás de las letras se esconde mamá o papá -dice orgullosa-. Muchos de los padres de estos niños ni siquiera saben firmar y mi objetivo es que estos pequeños les enseñen, que la educación se vuelva una cadena y una manera de unirnos a todos".

Y aunque este año a Dora le asignaron los alumnos de segundo grado, continúa con las lecturas. Ahora, en español, su misión es que aprendan a leer con puntuación. En sociales, hablarán de la ciudad, del barrio y la localidad. Y en matemáticas, aprenderán a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir por una cifra.

"Estoy muy contento porque Dora era mi profesora en primero y ahora en segundo me tocó repetir con ella -dice Camilo Sánchez, de 8 años-. La profe me ha enseñado a hacer las tareas bien y ayer aprendí a multiplicar. Me gusta que escribe muy rápido y que en un minuto llena todo el tablero. Es de muy buen genio, pero se enoja cuando entra al salón y nos encuentra a todos gritando encima de las mesas. Entonces arruga la frente y nos grita: Bueno, niños, todos a sus puestos ".

Basta con hablar fuerte y arrugar la frente, porque Dora no cree en los castigos. La metodología ahora es otra y muchos años han pasado desde aquellos tiempos en los que las monjas, en el internado, la dejaban sin la visita dominical por cuenta de las travesuras o de la corbata mal anudada. Entonces se quedaba sin el abrazo de su madre y sin las almendras y los chocolates que le llevaban y que tanto le gustaban.

Dora solo cree en la paciencia, la dedicación y el amor como los aliados perfectos a la hora de educar. Y cree en la gratitud. Esa que le demuestran sus alumnos cuando muchos años después llegan al colegio, convertidos en abogados o contadores, y con un niño de 5 años de la mano para que la maestra de la cabeza blanca que se pasea por los pasillos del Santa Inés le enseñe a leer.

foto:La maestra Dorita se dedica a enseñar desde hace 46 años, 34 de los cuales ha estado en el colegio Santa Inés.

Milton Díaz / EL TIEMPO.

Este año, Dora está encargada de segundo grado. Sus alumnos tienen entre 7 y 10 años.

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