LOS PLINIOS, MIS AMIGOS

LOS PLINIOS, MIS AMIGOS

Como se trata del intelectual y político colombiano con más antiguas y múltiples relaciones con nuestro país, bien vale recordar el origen y razón de esos vínculos. En uno de sus libros anota: Tampoco podía imaginar entonces ( Años de adolescencia ) hasta qué punto Venezuela sería una carta constante en mi destino personal . La llegada de su padre, Plinio Mendoza Neira, a Caracas, en 1942 como embajador de Colombia constituyó otra de las manifestaciones del acelerado cambio que en todos los órdenes veíamos llegar a Venezuela. Mendoza Neira rompía todas las fórmulas de distancias, silencio y estiramiento de los anteriores diplomáticos. Representaba el estilo y pensamiento de la revolución liberal que bajo el comando de López Pumarejo conmovía entonces las bases de la tradición política de Colombia. Mendoza Neira era uno de sus líderes. En su provincia nativa en Boyacá había derrotado la godarria clerical y en Bogotá se anotaba en la fila de los futuros presidentes. Entre sus novedos

04 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Mendoza Neira, embajador de Venezuela, convirtió la sede diplomática en el obligado sitio de convergencia de la recién estrenada democracia venezolana. Allí concurrían atendiendo a la semanal convocatoria del embajador, la gente del gobierno con Uslar Pietri, Picón Salas, Briceño Iragorry a la cabeza, para encontrarse y dialogar con los dirigentes de las nuevas organizaciones políticas: Betancourt, Villalba, Leoni, Prieto, Otero, Silva, Machado, y también los grandes de las letras y del arte: Gallegos, Pocaterra, Andrés Eloy, Meneses, Narváez. Era la summa de la inteligencia venezolana de los años cuarenta. La visita del presidente López Pumarejo a Caracas, acompañada de políticos y escritores, fue expresión culminante de la tarea de Mendoza. Los discursos de López Pumarejo y Jóvito Villalba en el Paraninfo de la universidad se recordaron durante mucho tiempo como señal de la presencia de una nueva Latinoamérica. Recuerda que el máximo poeta venezolano, Vicente Gervasi, lo invitó a comer helados en la fuente de soda Lido .

Mendoza Neira regresó a Bogotá, pero poco tiempo después volvió a estar presente en los círculos políticos e intelectuals de Caracas con la magnífica presencia semanal de Sábado, el periódico que agrupaba a los mejores analistas del proceso político junto a escritores y poetas del universo latinoamericano. De perpetua memoria, las páginas de Juan Lozano y Lozano, Hernando Téllez, Abelardo Forero Benavides, Alejandro Vallejo, Silvio Villegas. El más joven de los colaboradores de Sábado era Plinio Apuleyo.

El asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, cortó en dos la historia de Colombia. Esa noche ardía la ciudad como sometida al más despiadado bombardeo. La violencia, estimulada desde el poder, destruía el mundo de la convivencia democrática. Aparecerían las guerrillas liberales, se regresaba al tiempo de las guerras civiles del siglo XIX. El liberalismo conspiraba. Los gobiernos de Gómez y Urdaneta Arbeláez van a traer como consecuencia la dictadura de Rojas Pinilla. Los exiliados colombianos empezaban a llegar al Táchira, al Zulia, a Caracas. Durante casi diez años, Plinio Mendoza Neira, de regreso a Caracas, será el centro del mundo de los exiliados y el más activo agente en la empresa de la reconquista democrática de Colombia. Había regresado en unión de toda su familia: su segunda esposa, María Teresa Nieto, y sus hijos Elvira, Plinio Apuleyo, Soledad, Consuelo e Inés Mendoza García y Carlos y María Teresa Mendoza Nieto. Ahora Plinio Apuleyo era su colaborador en la experiencia del exilio, que ha sido prueba obligatoria en el movedizo universo latinoamericano.

Camino para Gabo También en Venezuela, la democracia estaba en la cárcel y quienes aún andábamos por las calles, teníamos en Plinio y Plinio Apuleyo, refugio, trabajo, afecto. Además de la más provechosa lección sobre el drama político de estos pueblos, pues Mendoza Neira tenía una habilidad inimitable para la evocación de personajes y episodios del perdido mundo de su democracia. De otra parte, era el desfile diario, interminable de quienes habían escapado de las persecuciones del Gobierno colombiano y llegaban para regresar en plan de conspiraciones o de quienes venían a buscar paz y trabajo. Mendoza Neira era pobre, no tenía mayores recursos, pero realizaba el milagro de ayudar a todos, de lograr trabajos para desterrados de las más distintas categorías, al mismo tiempo que atendía a los jefes liberales que venían de paso para otras capitales y a los jóvenes guerrilleros que andaban perseguidos por los policías políticos de los dos países. Plinio Apuleyo se educó en esta rica y dolorosa escuela y al mismo tiempo que perfeccionaba su presencia de periodista y escritor, descubría el revés de la trama de la vida política.

Aquí no terminaron las actividades de Plinio y Plinio Apuleyo en estos años del destierro, en Caracas. En la historia de la imprenta de Venezuela, el nombre de Plinio Mendoza Neira tiene que señalarse, en la década de los años cincuenta, como el gran innovador en el diagramado y la modernización de las artes gráficas. Fundaba revistas, editaba suplementos gráficos de los diarios locales, publicaba hermosos libros sobre los más diversos aspectos del mundo venezolano. Con sus hijos fundó una verdadera escuela de artes gráficas y, hecho digno de anotarse, con el volumen de sus trabajos editoriales y el reclamo de alta calidad que exigía, estimuló a varios jóvenes impresores, en su mayoría vascos, a fundar empresas editoras, sin querer participar en ellas, como socio. Uno de los últimos exiliados colombianos que llega a Caracas es el joven periodista Gabriel García Márquez; naturalmente que los Mendoza, padre e hijo, le han abierto a Gabo el camino venezolano.

Llega la hora de la caída del dictador venezolano y Plinio y Gabo, que dirigen y redactan la revista Momento, son testigos y cronistas de los grandes acontecimientos caraqueños. Son los días de la huida, el regreso, el cobro y la promesa. Quienes van a ser los dueños del país político en los treinta años siguientes son los personajes fundamentales en todos los reportajes y crónicas de Plinio y Gabo, con quienes atan amistad de toda la vida. En la cronología política de América Latina terminará la década de las dictaduras (Perón, Odría, Rojas Pinilla, Somoza, Pérez Jiménez) para dar paso a la democracia de Lleras Camargo, Betancourt, Figueres, Belaúnde. El día de la toma de posesión del presidente Rómulo Betancourt está presente Plinio Mendoza Neira a la cabeza de los políticos colombianos que han constituido el Frente Nacional, como fórmula para consolidar las instituciones, en el retorno de la democracia del país vecino.

Igual en Venezuela fue en Colombia, Bolivia, Perú, Guatemala; el año 1959 va a señalar el comienzo de un tiempo marcado por el triunfo de la revolución cubana de Fidel Castro. Sierra Maestra era para la mayoría de los grupos universitarios y para las más recientes promociones intelectuales, una tentación que se transforma en mandato. Castro vencedor había dicho en Caracas que en América del Sur, la cordillera Andina multiplicaba el escenario de Sierra Maestra. Con los años sesenta comienza un ciclo de revoluciones en el mundo, y los países latinoamericanos son conmovidos por la onda de los cambios. En Venezuela, centenares de jóvenes abandonan el campo de la social-democracia para proclamarse marxistas-leninistas, fidelistas o maoístas y para convocar las guerrillas campesinas en un país que concentraba aceleradamente su población rural en los barrios y zonas marginales de las ciudades. Pero también presenció Venezuela violentos cambios de modelos y la consagración de quienes encabezaban la rebelión en los campos de la poesía, del cuento, de la pintura, del cine, unidos estos terremotos a la fundamental modificación de la actitud social y del comportamiento sexual.

Abuelo complaciente Igual ocurrió en Colombia. La Universidad Central de Caracas y la Nacional de Bogotá serán cuarteles mayores del tumulto revolucionario. Se leía la cartilla del Che Guevara con respeto bíblico. Los restos de las guerrillas liberales de los años cincuenta, que permanecían en algunas regiones del montañoso país, cambiaban de divisa; y Camilo Torres, el joven sacerdote, encabezaba el desfile de los sacerdotes guerrilleros, liberadores y protestatarios, mientras que don Manuel Tirofijo Marulanda apostataba del liberalismo para enarbolar las consignas fidelistas.

Plinio Apuleyo Mendoza de regreso a Colombia cree haber encontrado el camino. La revolución es la fórmula que no encontraron las generaciones anteriores. Igual había pensado a finales de los años veinte la generación de Alberto Lleras Camargo y Gabriel Turbay, cuando el primero era redactor de EL TIEMPO y el segundo diputado a la Asamblea de Cundinamarca. El viejo liberalismo esperaba tranquilo como un abuelo complaciente. En Venezuela, la presencia revolucionaria de las sucesivas generaciones tiene la misma historia. El de los años 28 con Rómulo Betancourt y el de los años 60 con Teodoro Petkoff y Moisés Moleiro.

Cuba, Francia, la URSS, Checoslovaquia, eran centros de convocatoria para los latinoamericanos revolucionarios, guerrilleros, escritores, poetas y pintores de la década de los sesenta. Convocatoria que se repite en nuestros países como un rito de renovación. Vienen al recuerdo los universitarios caraqueños Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, que descubren el marxismo en el París de los años veinte. Entre los colombianos es más frecuente el viaje de exploración revolucionaria europea. De todo este inolvidable tiempo que Haro Tecglen llamó de Las revoluciones imaginarias (la revolución cubana, el mayo francés, la primavera de Praga, el Pop-art, los hippies, el guevarismo, así como de la conflictiva vida de los revolucionarios latinoamericanos en París, Bogotá, La Habana y Caracas), fue dejando constancia Plinio Apuleyo, actor en estos episodios. Excelente escritor, El desertor (1974), Años de fuga (1979) con su fuerza novelística, su habilidad para descubrir intenciones y conflictos y el testimonio de sus creencias y dudas comprueban la razón que lo asiste cuando se lamenta de no haber dedicado su tiempo de labor a la novela, dominado como ha estado siempre por su vocación de periodista.

Desde los años ochenta cuando regresa a Colombia después de su larga permanencia en Europa, Plinio Apuleyo Mendoza ha ocupado significativa posición como escritor y periodista de excepcionales méritos. De este nuevo tiempo es La llama y el hielo (1984) donde vuelve a resaltar el valor de su poder creativo, y El olor de la guayaba, la crónica de su amistad y diálogos con Gabriel García Márquez, que habrá de traerle un temporal distanciamiento con el Nobel colombiano (...) En 1991 publicó Los retos del poder (carta a los ex presidentes de Colombia) en el que adoptó la forma utilizada en Francia por el periodista Pierre Vianson Ponté. En el caso de Mendoza, para estudiar las personalidades de Lleras Restrepo, Pastrana Borrero, López Michelsen, Turbay Ayala, Betancur Cuartas y Barco Vargas, ex presidentes de los últimos 25 años, útil pretexto para analizar las mil facetas del complejo mundo colombiano. Leí con inmenso interés la serie de cartas a medida que se iban publicando, las hice leer a varios amigos, pues a su excelencia como muestra de capacidad del notable escritor se unía el valor del aporte para el estudio de la sicología y sociología colombianas.

El Viejo país La lectura de Los retos del poder abre camino a una reflexión acerca del proceso histórico colombiano. En el número de las repúblicas hispanoamericanas es Colombia la que ha logrado mantener, a lo largo de los ciento ochenta años de la vida independiente, el más estable alineamiento de sus organizaciones políticas dirigidas por sucesivas élites generacionales que han logrado sortear los más graves conflictos, que solucionan casi siempre, al lograr que se sumen a su acuerdo tradicional a sucesivas personalidades, disidencias y nuevas agrupaciones que han tratado de enfrentar, modificar o destruir el secular entendimiento. El único caso parecido es el de Chile, con la intercepción de casi dos décadas de Augusto Pinochet.

La lectura de esta obra de Plinio Apuleyo invita a remontar hasta las primeras décadas del siglo XX para recordar en esta marcha de retorno las personalidades de Lleras Camargo, Ospina Pérez, Valencia, López Pumarejo, Gaitán, Gómez, Santos, Olaya, Herrera, Concha, Uribe Uribe, Suárez, Herrera, Restrepo, Reyes, para advertir la continuidad de una tradición, un estilo, un propósito nacional. Esa constante señal, que como brújula interior se advierte en los diálogos de los líderes y jefes de Estado que radiografía y analiza Plinio Apuleyo, abre camino para precisar la fisonomía humana e institucional de un país acostumbrado a resolver grandes conflictos sin demoler la estructura de sus instituciones y asegurando al mismo tiempo las bases de su desarrollo económico y social.

En Colombia, el periodismo es riesgo permanente, combate diario, peligros ocultos, muerte violenta. Lo mismo en las veredas campesinas que en las grandes ciudades. La muerte no perdona jerarquía y alcanza por igual al director del periódico, a reporteros, columnistas y fotógrafos. Igual en Bogotá, en Cúcuta, en Medellín, en Bucaramanga.

Todas las mañanas, el periodista Plinio Apuleyo Mendoza al iniciar sus tareas en la redacción pregunta: cuántos muertos hay? Dónde fue el asalto? Son las preguntas rutinarias . Desde hace diez años, para los jueces y los periodistas colombianos, la muerte es su compañera. Es tarea que desafía todos los riesgos e investiga y denuncia el peculado y el tráfico de influencias, el narcotráfico y el narcoterrorismo, el delito bancario y la violencia guerrillera. Entre los centenares, miles de testimonios que retratan esta crisis, los reportajes de Plinio Apuleyo añaden al valor de la verdad, la alta calidad de la escritura. Textos para un libro perdurable.

El sol sigue saliendo, título de este libro, es la crónica de una excursión de Plinio Apuleyo por su provincia natal. Boyacá es el escenario de los más lindos paisajes que viajero alguno pueda contemplar. El periodista quiere olvidar la catástrofe que todos los días envuelve sus pasos. En este día no quiere saber de muertos ni de secuestros: desea enterrar la violencia.

Es un día singular. Vuelve a descubrir los mil matices del verde del paisaje, las siembras de trigo, el viento entre los árboles, las casas de los pueblos con sus jardines y penumbrosas habitaciones que invitan al descanso y al ejercicio de la simple alegría. Plinio Apuleyo quiere hablar de pájaros y flores y de los fantasmas que habitan en esas casas. Darle paso al novelista. Mira el paisaje, dialoga con la gente campesina, habla de cosechas, de la historia de sus abuelos. Concluye: El viejo país todavía está allí . Es el viejo país que construyó su estable presencia con la tarea sin descanso de cultivar la tierra y de hacer de la cultura un hábito. El viejo país que fue creciendo en todas dimensiones geográficas hasta lograr que el empeño constructor de cada una de sus regiones permitiera a Colombia crear una sólida base de equilibrio nacional. El viejo país en donde sigue saliendo el sol.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.