EL TLC: DESPEGUE DE LAS NEGOCIACIONES

EL TLC: DESPEGUE DE LAS NEGOCIACIONES

La iniciación formal de negociaciones del tratado de libre comercio de Colombia, Ecuador y Perú con Estados Unidos plantea la necesidad de adelantarlas con serenidad reflexiva y cartas destapadas, sin dejarse llevar por vanas alegrías ni por la idea de que cualesquiera fuesen sus compromisos redundará en beneficio de nuestros pueblos. El duro escarmiento de la forzada apertura anterior, fundamentalmente hacia adentro, demuestra, a través de sus desalentadoras y ruinosas consecuencias, lo que esta vez no se debe hacer. Por ejemplo, ignorar y posponer el interés nacional en aras de la supuesta bondad y transparencia de los principios generales.

18 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

La iniciación formal de negociaciones del tratado de libre comercio de Colombia, Ecuador y Perú con Estados Unidos plantea la necesidad de adelantarlas con serenidad reflexiva y cartas destapadas, sin dejarse llevar por vanas alegrías ni por la idea de que cualesquiera fuesen sus compromisos redundará en beneficio de nuestros pueblos. El duro escarmiento de la forzada apertura anterior, fundamentalmente hacia adentro, demuestra, a través de sus desalentadoras y ruinosas consecuencias, lo que esta vez no se debe hacer. Por ejemplo, ignorar y posponer el interés nacional en aras de la supuesta bondad y transparencia de los principios generales.

En esa ocasión, se partió de la base de que la liberación comercial y financiera repercutiría en aceleración del desarrollo y creación generosa de oportunidades de trabajo. Fue lo contrario. Estancó el crecimiento económico, devastó al agro, destruyó la seguridad alimentaria, diezmó la industria, disparó el desempleo y empobreció al país, en forma que estimuló los cultivos ilícitos y le hizo el juego a la violencia. La premisa era equivocada y las conclusiones también.

El concepto mismo del libre comercio se hallaba minado por la preservación de subsidios y ayudas internas a la producción y exportación de los bienes de las potencias industriales, en contraste con la veda rigurosa de cuanto oliera a subvención, asistencia o apoyo en la otra parte, débil y vulnerable por naturaleza. Los deplorables resultados de la melancólica experiencia no pueden sino echar chorros de luz sobre el camino de los pasos futuros. En este sentido, clarifica bastante la situación el hecho de que la Organización Mundial de Comercio hubiera declarado violatorios de sus normas los subsidios internos de Estados Unidos a la producción y comercialización del algodón.

Por fortuna, en Colombia se ha venido entendiendo que el Tratado de Libre Comercio no debe ser la fase II de la apertura precedente, ni menos la consolidación y ampliación de sus características. Por ligereza se han deslizado interpretaciones equivocadas, como la de afirmar que este instrumento hará las veces de plan de desarrollo. Puede contribuir a determinarlo, pero no reemplazarlo en sus objetivos y procedimientos. Al tratado, de por sí, no lo inspirará el espíritu magnánimo de la Alianza para el Progreso. El designio de las partes es abrir mercados.

Manejo de diferencias y asimetrías.

Por las enormes diferencias del tamaño, la calidad y el grado de las economías no es posible aplicarles el mismo rasero, sin correr el riesgo de que la afluente y poderosa aplaste a las rezagadas. O, en lenguaje familiar, de que el pez grande se coma al chico. Tal el motivo de la recomendación de tomar en cuenta las asimetrías, la falta de correspondencia entre las condiciones de una y otras, para tratar de corregirlas y no robustecerlas ni mucho menos extremarlas.

Ahí surgen los plazos suficientes de desgravación arancelaria, las cláusulas de salvaguardia, las medidas compensatorias, los mecanismos agrícolas de las franjas de precios. Todo ello enderezado a ver de equilibrar y enmendar situaciones muy disímiles, especialmente mientras subsistan las ayudas multimillonarias a la agricultura estadounidense. Y algo más: el fondo para la reconversión agrícola e industrial, cuya omisión acentuó el sentido hacia adentro de la apertura de los noventa.

El debate público, realizado hasta ahora, ha permitido aproximar y definir criterios en materias neurálgicas. Particularmente en lo agrícola se han despejado muchas incógnitas. El Jefe del Estado ha destacado la importancia de la economía campesina, tanto para el empleo y los niveles de vida como para la batalla contra el narcotráfico y la violencia. En el punto 62 de su programa de gobierno, había trazado el siguientes derrotero: "Protección razonable y regulaciones sociales por oposición a las importaciones desbocadas".

Otros temas de controversia serán la propiedad intelectual, el costo de los medicamentos, el destino de la industrialización necesaria, los servicios financieros y de telecomunicaciones y la solución de los litigios que al parecer vendría a modificar aspectos específicos del presente ordenamiento constitucional. En todo ello cabrá andarse con mucho tiento, sin volverle la espalda al interés nacional y sin menospreciar la duración del tratado. De conciliar dicho interés con los de los restantes signatarios se trata, no de avergonzarse de que exista y deba auspiciarse. Nada que se parezca a simple contrato de adhesión.

Explícitamente es menester preocuparse porque el tratado coadyuve a la causa del desarrollo y del aprovechamiento de los recursos humanos y naturales. En esta materia, la fórmula no puede ser la de reiterar y prolongar la ya ensayada y fracasada de sustituir la producción y el trabajo colombianos. El tratado, según como se le acuerde, puede impulsar o dificultar el desarrollo. Menester será procurar que sea lo primero y no lo segundo.

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Por ausencia de su autor, esta columna puede no salir con la regularidad acostumbrada en las próximas dos semanas.

abdesp@cable.net.co

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