MAMÁ ME MATÓ

MAMÁ ME MATÓ

Estos días de mayo que dedicamos a honrarlas he pensado que tuve la razón hace años cuando dije que las madres matan a sus hijos a besos como los vivos olvidan a sus muertos queridos bajo las húmedas flores.

18 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Estos días de mayo que dedicamos a honrarlas he pensado que tuve la razón hace años cuando dije que las madres matan a sus hijos a besos como los vivos olvidan a sus muertos queridos bajo las húmedas flores.

La mía era cuando la vi la primera vez una muchacha blanca como una trampa. De senos exuberantes. Tenía un rostro de una nobleza tranquila. Y una belleza sobria. No hacía ostentación de sus dones.

Ponía en cambio una inmensa seriedad en el vivir. Lo asumía como una tarea irrevocable que debía cumplirse sin fastidio ni aspavientos de resignación. Con el orgullo de quien lleva una cruz de oricalco.

Por eso no era tierna. Aunque era solícita con todos. Recuerdo que le gustaban los rituales de la muerte. Que se ofrecía la primera para asistir a los moribundos de la parentela. Y realizaba el triste trabajo de ayudarlos a deshacerse de la carcaza del cuerpo con sacrosanta indiferencia. Y después, cuando completaban el tránsito, comentaba los pormenores de la descomposición con la imparcialidad del reportero y la ecuanimidad del anatomista.

Una vez cuando acariciaba a mi hija en mi hogar de recién casado, me advirtió: mucho amor es peligroso para los hijos. Los debilita para las rudezas de la existencia. La lejanía les evita el desgarramiento de la separación inevitable.

Esto revela un espíritu riguroso. El talante judío que se le atribuía. Y en efecto, en las crisis familiares, cuando padre enfermaba o quedaba cesante, ella se encargaba de la manada de los productos de sus cópulas infinitas con su insaciable marido cosiendo para las vecinas en su máquina Singer. O abría una panadería, el pan deja el veinte, afirmaba con convicción. O un chuzo de botones, cremalleras y telas.

Por provocarla, yo le expresaba mis sospechas de que fuera una judía marrana inconsciente, nativa de Salgar y criada en Jericó, por el modo de desangrar los pollos, por el sentido admirable de lo material. Era imposible sisar con ella. Era débil en ortografía. Pero eficiente para sacar tantos por cientos y sumar, restar, dividir y multiplicar en la cabeza blanqueando los ojos. Ella se defendía de mis suspicacias. Feliz de ser católica, apostólica y romana. Cuando le hablé de Darwin dijo: a mí no me importa lo que digan los sabios. Yo quiero creer que venimos de Adán y Eva.

Una vez padre se rompió el espinazo en un accidente de médicos borrachos. Mamá abrió un saloncito de belleza en Teusaquillo. Y se le llenó de judías. Y luteranas. Era irónico ver a una que creía que los protestantes andan desnudos entre ellos, atareada embelleciendo recalcitrantes y herejes.

Además, mamá creía en otras cosas nefastas. Que debemos ser honrados y decir lo que pensamos. Que el crédito es mejor que el efectivo. Que el mentiroso es ladrón. Que primero cae el mentiroso que el cojo. Que lo aprendido es la posesión más segura porque está a salvo de ladrones. Pero su saber no tenía que ver con la sabiduría, sino con un sentido práctico del mundo, una habilidad, un olfato. En consecuencia, pensó siempre que el comercio es después de la mística la más alta actividad humana. Y que la frugalidad y la constancia traen la prosperidad. Aunque era ortodoxa, a pesar de la fe de carbonera, mantenía a distancia los sacerdotes. Manejaba su vida según las luces de su propia conciencia. Y me enseñó todo eso. Y para acabar de joderme me enseñó a leer. Y a cantar. Y la quimera de la felicidad en un trabajo paciente y honorable. Mientras mis compañeros de colegio y de barrio se enriquecían en la política o el narcotráfico.

Alguna vez se declaró muy pagada de la legendaria rectitud de su familia de solterones y monjas. Todas las familias en Medellín tienen alguien en la mafia. Menos la mía. Hasta en eso te fallé. Repuse yo. En broma y en serio. Sabiendo como siempre supe que nunca me aguantó bien en el papel escabroso e improductivo del falso poeta. Con sobrada razón. Desde luego.

eleonescobar@hotmail.com

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