LESIÓN ENORME EN TRANSMILENIO

LESIÓN ENORME EN TRANSMILENIO

No ha sido afortunado que en el debate sobre TransMilenio se hayan inmiscuido lucubraciones políticas absolutamente ajenas al fondo medular del grave problema. Si algo logran con el planteamiento prematuro de la sucesión presidencial, es desviar la atención de las costosas equivocaciones técnicas y administrativas a un presunto y extemporáneo duelo entre posibles candidatos. A algo así como una riña de gallos en la cual importa sobre todo saber quién aparece más incisivo y por ello mismo se lleva la palma precoz de la victoria.

01 de abril 2004 , 12:00 a.m.

No ha sido afortunado que en el debate sobre TransMilenio se hayan inmiscuido lucubraciones políticas absolutamente ajenas al fondo medular del grave problema. Si algo logran con el planteamiento prematuro de la sucesión presidencial, es desviar la atención de las costosas equivocaciones técnicas y administrativas a un presunto y extemporáneo duelo entre posibles candidatos. A algo así como una riña de gallos en la cual importa sobre todo saber quién aparece más incisivo y por ello mismo se lleva la palma precoz de la victoria.

Las fallas catastróficas de la red en la Autopista Norte merecen de suyo cuidadoso análisis y pronta enmienda. Demostrado está que se ignoró la condición lacustre del suelo, que se usaron materiales inadecuados (el famoso relleno fluido), que se omitieron los drenajes indispensables y que las especificaciones técnicas gestaron el ruinoso fracaso. Con objetividad y rigor profesional, es menester justipreciar la magnitud del daño y el enorme costo de la reparación. Las primeras indagaciones calculan los recursos requeridos en cifra sumamente onerosa de la cual no parecen disponer las arcas distritales. Habrá que ver quién paga las roturas causadas.

El descubrimiento de las irregularidades no significa ni puede significar un complot contra el sistema de TransMilenio del que, a pesar de sus percances y lunares, los bogotanos se sienten orgullosos. Peor sería haberse hecho de la vista gorda y haberse expuesto a que se fueran destruyendo, paso a paso, las vías troncales de la Autopista Norte y la Avenida Caracas. Por lo demás, al anotar sus deficiencias no se conspira contra el sistema, sino se contribuye a preservarlo y mejorarlo.

Naturalmente, conviene establecer las responsabilidades de quienes formularon las recomendaciones erróneas y de quienes las aceptaron y pusieron en práctica. Fueron los primeros los proveedores de los materiales deleznables? Se guiaron los segundos por sus criterios temerarios o interesados, dejando de lado otras opciones? Desde luego, no se trata de precipitarse a una cacería de brujas y al embargo inconsulto de los bienes de los funcionarios a quienes no se les ha probado culpa ninguna. Sino de exigir clara rendición de cuentas y, a su luz, sacar conclusiones valederas.

Vagamente se ha hablado de la probable efectividad de las pólizas de garantía y de que los asesores técnicos y a la vez proveedores respondan por las consecuencias de sus actuaciones nocivas. Por qué recomendaron experimentar el relleno hidráulico en obra de tanta monta y en terrenos de características harto conocidas por los bogotanos? Tenían conciencia de su idoneidad o jugaban codiciosamente a la aventura? Por lo menos en crasa imprevisión y ligereza incurrieron.

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En el debate parlamentario se censuró el hecho de que la propiedad privilegiada de TransMilenio estuviese concentrada en nueve personas naturales y sus familias, así como la circunstancia de que sobre el Distrito Capital gravitara el costo inmenso de las obras y fuera exigua su participación en las utilidades. Se ha aclarado que esto se ha debido a la falta de confianza inicial en el sistema y a carencias pecuniarias de otros transportadores. Ahí salta a la vista la necesidad de democratización que, según se ha observado, no es incompatible con la eficiencia. Tanto más en una empresa pública con mezquina nómina de dueños particulares.

Nadie osaría desconocer que TransMilenio revolucionó, adecentó y ordenó el caótico transporte metropolitano, que ahorró valioso tiempo a los usuarios y les facilitó su movilización en el complejo radio de la megalópolis, que agregó a la ciudad un valor estético y de vasta utilidad a juzgar por el altísimo número diario de pasajeros. Pero, digámoslo al oído de la competentísima gerente actual, Astrid Martínez, la tendencia a los sobrecupos, en guarda explicable de la rentabilidad, amenaza con volver tortura lo que debe mantenerse como eficaz, humanizado y cómodo servicio. Menos mal que se ha decidido la instalación de sensores para prevenir el exceso de peso y los asfixiantes, azarosos e insalubres apretujamientos.

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La sesión del Senado permitió a los compatriotas formarse juicio ecuánime del tamaño y las implicaciones financieras del fiasco experimentado. Versiones y opiniones contrapuestas, pero todas ilustrativas de este deplorable episodio que, si no hubiera asunción de las garantías y compensaciones equivalentes, afectaría en elevada cuantía el patrimonio del Distrito Capital con obvias repercusiones sobre sus habitantes.

En las obras públicas no se ha dejado de contemplar reveses de vaga analogía. Recordamos, por ejemplo, las dificultades ambientales con que tropezó el alcantarillado de Cartagena. Pero en esos casos no hubo yerros humanos ni culpabilidades en la prospección y ejecución de los trabajos respectivos.

A TransMilenio hay que salvarlo de los extravíos en la construcción de sus vías y de la inclinación a optimizar y concentrar sus ganancias, sin arriesgar el grande avance que ha representado.

abdesp@cable.net.co

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