TODOS SOMOS CORTAZAR.

TODOS SOMOS CORTAZAR.

Este panel inaugural de los trabajos del Coloquio, se llama Rememoración de Julio Cortázar y es la introducción a los siete foros sobre el universo cortazariano. Por razones claras, me siento eximido de hacer la presentación de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Tomas Eloy Martínez y José Saramago. Cuando le conté a uno de ellos que, en tanto que moderador de este panel, sobra mi presencia porque la tetralogía es de suyo moderada, me dijo. Te equivocas, todos somos inmoderados, e inmoderables . Anticipo que no es cierto, como pronto veremos.

22 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Este panel inaugural de los trabajos del Coloquio, se llama Rememoración de Julio Cortázar y es la introducción a los siete foros sobre el universo cortazariano. Por razones claras, me siento eximido de hacer la presentación de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Tomas Eloy Martínez y José Saramago. Cuando le conté a uno de ellos que, en tanto que moderador de este panel, sobra mi presencia porque la tetralogía es de suyo moderada, me dijo. Te equivocas, todos somos inmoderados, e inmoderables . Anticipo que no es cierto, como pronto veremos.

Cortázar tuvo la costumbre insólita de seguir creciendo toda la vida. El domingo 12 de febrero de 1984 en su habitación del Hospital Saint Lazare, en la inmediata vecindad de su casa de la rue Martel, en Paris, que Aurora Bermúdez había puesto una vez más en orden, tenía el tamaño de un gigante que, siempre, se había deslizado con cautela por las calles mojadas, por las que caminaba desde sus 37 años, con miedo de resbalar y de quebrarse una pierna contra los adoquines.

El asunto tuvo un diagnóstico médico: acromegalia. Desde el punto de vista literario, evidenciaba una cercanía con los hechos de sus relatos y con sus personajes. Una presencia invisible ocupa con parsimonia la casa y desaloja a sus habitantes (Casa tomada); alguien vomita un conejo en un ascensor (Carta a una señorita en Paris); una muchacha ofrece a sus novios, bombones rellenos de cucarachas (Circe).

En una extensa entrevista con Cortázar publicada en 1985, descubrí que una de las ventanas de su departamento daba a la rue du Paradis. ( Julio dice, en el prólogo Omar Prego, el entrevistador - se sentaba en su sillón giratorio, de espaldas a una ventana que se abría hacia la rue du Paradis . Página 13. Omar Prego.- La fascinación de las palabras. Conversaciones con Julio Cortázar. Muchnik Editores).

El hecho, que consta suelto en el prólogo con una aséptica precisión y sin comentario alguno, me sobresaltó. Recordé de súbito el cielo abovedado de las rayuelas, que es el Paraíso recobrado, y tuve la repentina sensación de que el asunto no era capricho del destino, sino la clave de una trama. Volví unas líneas atrás, que, releídas a partir de ese descubrimiento, adquirieron un tinte renovado: La casa de Julio estaba situada en uno de esos edificios antiguos de Paris, con una espesa puerta de barrotes de hierro verdinoso, en parte oxidada, que daba a un ancho corredor que se abría en sucesivos patios interiores. El edificio estaba lleno de oficinas de empresas textiles, de modo que a partir de las seis de la tarde, cuando cesaba la actividad, uno tenía la impresión de avanzar por el edificio más solo del mundo .

A partir de entonces quedé con la indeleble e inquietante sensación de que Cortázar vivía en el escenario de uno de sus relatos, y de que nada en ellos hay fantástico, sino el más puro realismo, un realismo de otra estirpe.

(Hay otros mundos, pero están en este, había advertido Paul Eluard).

No lo conocí. Ni lo vi. nunca. Pero ello es irrelevante: el trato directo con un hombre de letras, no es indispensable para conocerlo. Pienso que todos los escritores se pasan la vida entera escribiendo su autobiografía.

Pero pienso, también, que ninguna biografía (o reseña) acertada, puede comenzar diciendo Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914 . Porque Cortázar nació de su fascinación por los laberintos. Nació en las precisas cinco cuadras entre la casa de su infancia en Banfield, un suburbio de Buenos Aires, y la estación del ferrocarril. En realidad, Cortázar duró años en nacer. Y a poco de nacer comenzó a escribir, según les comentaba a Plinio Apuleyo Mendoza y Rodrigo Castaño en una entrevista en Paris, para la emisora cultural HJCK en Bogotá, en febrero de 1980. Yo era realmente un niño muy pequeño -les decía-, cuando mi madre empezó a coleccionar poemas, pequeños relatos y pequeños textos que yo iba escribiendo en cuadernos y en papeles sueltosDurante los años de escuela primaria me enamoraba con frecuencia de mis compañeras a los nueve o diez años y les escribía sonetos muy románticosEs decir, yo era un pequeño monstruo literario a una edad muy temprana.

De aquella edad se conserva además la siguiente referencia:.

A Luis Harss (Los nuestros. Editorial Sudamericana. 1977.) le contaba Cortázar que de pequeño fabricaba laberintos en el jardín de mi casa. Me los proponía. Cuando yo iba solo, iba saltando. Es sabido que los niños gustan de imponerse ciertos rituales: saltar con un pie, con los dos piesMi laberinto era un camino que yo tenía perfectamente trazado, y que consistía principalmente en cruzar de una vereda a otra a lo largo del camino. En ciertas piedras que me gustaban, yo daba el salto y caía sobre esa piedra. Si por casualidad no podía hacerlo o me fallaba el salto, tenía la sensación de que algo andaba mal, de que no había cumplido con el ritual. Varios años viví obsesionado con esa ceremonia, porque era una ceremonia (Pág. 265).

Cortázar tardó los siguientes sesenta o sesenta y cinco años en su exploración. Es incierto si exploró varios laberintos, o si exploró uno solo bajo diversas formas.

Recordando una línea de Cocteau, Julio le decía a Luis Harss: Nosotros vemos la Osa Mayor, pero las estrellas que la forman no saben que son la Osa Mayor . Luego habla de figuras vagas. Y sigue con una confesión: Es como el sentimiento que muchos tenemos, sin duda, pero que yo sufro de una manera muy intensa-, de que aparte de nuestros destinos individuales somos parte de figuras que desconocemos. Pienso que todos nosotros componemos figuras. Por ejemplo, en este momento podemos estar formando parte de una estructura que continúa quizás a doscientos metros de aquí, donde a lo mejor hay otras personas que no nos conocen como nosotros no las conocemos. Siento continuamente la posibilidad de ligazones, de circuitos que se cierran y que nos interrelacionan al margen de toda explicación racional y de toda relación humana.

Pues bien, nosotros aquí somos parte de esa figura y continuamos la indagación. Los laberintos son incesantes.

Cuando murió Cortázar, en un homenaje de la Radio Caracol en Bogotá, a partir de las doce de la noche comenzaron a anunciar una sorpresa cortazariana, que solo transmitieron a las tres de la madrugada: (yo la seguí en mis insomnios de gobernante): eran tangos con letra de Cortázar. Plinio Apuleyo Mendoza, a quien interrogaron por teléfono en la Embajada de Colombia en Paris, negaba que esos tangos existieran. Creo que se quedó sin habla cuando los oyó.

Por aquellos días, en concreto el 19 de Febrero de 1984, García Márquez publicó en El Espectador de Bogotá, una evocación: El argentino que se hizo querer de todos, que empieza así:.

Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París, porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias; sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órganos de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.

Aventuro que solo un retrato en forma de rayuela puede dar idea aproximada de Cortázar. Diversos cuadros lo ilustran y, lo mismo que cualquier rayuela, solo puede ser recorrido a saltos, a veces en un pie, otras en dos.

Los más grandes van de Buenos Aires a Paris y de Occidente a Oriente: los mandalas que tanto le interesaron son, a fin de cuentas, rayuelas espirituales. En ambos saltos fue a caer en dos pies sobre esas regiones diversas.

Desde luego, hay otros cuadros más. El último es el salto a la Vida Póstuma. La bella y paradójica expresión es suya. Está en Imagen de John Keats, ese voluminoso libro en el que él mismo se pasea con el poeta inglés por el barrio de Flores, en Buenos Aires, a dos siglos de su muerte.

De ahí proviene el vago desconcierto, la sensación desorientadora de estar en este momento hablando frente a él. Lo digo porque de alguna manera todos somos Cortázar.

Concluyo, pues percibo que me estoy poniendo sentimental. Y no me gusta. Termino con palabras de García Márquez: Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Queridos amigos, según su insólita costumbre de crecer, Cortázar es hoy veinte años más grande.

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