ARTE, PUNDONOR Y DEMAGOGIA

ARTE, PUNDONOR Y DEMAGOGIA

Hay tardes de suerte, en las que vemos el arte del toreo. Lo derramó Finito de Córdoba el domingo en la Santamaría, como quien siembra, en compañía y con la colaboración de un bravo y noble toro negro de El Paraíso , el cuarto de la tarde. De principio a fin: desde los bellísimos lances a la verónica, serenos, despaciosos y suaves, con que lo recibió de capa, hasta el estoconazo final, sin pausa ni respiro. En el actual escalafón de los toreros probablemente es Finito el que tiene más acendrada una virtud poco común: la calidad. El suyo es -cuando lo hace- eso que llaman toreo caro .

24 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Hay tardes de suerte, en las que vemos el arte del toreo. Lo derramó Finito de Córdoba el domingo en la Santamaría, como quien siembra, en compañía y con la colaboración de un bravo y noble toro negro de El Paraíso , el cuarto de la tarde. De principio a fin: desde los bellísimos lances a la verónica, serenos, despaciosos y suaves, con que lo recibió de capa, hasta el estoconazo final, sin pausa ni respiro. En el actual escalafón de los toreros probablemente es Finito el que tiene más acendrada una virtud poco común: la calidad. El suyo es -cuando lo hace- eso que llaman toreo caro .

El toro era bueno, y la faena fue completa. La inició con unos doblones de castigo de pierna flexionada, de gran plasticidad, y luego fue encadenando series de muletazos largos y templados, bajando mucho la mano, profundos en una tercera tanda que presenciamos con asombro tranquilo, como se mira un lago en calma. Por el pitón izquierdo el toro iba más corto y descompuesto. Pero vimos un gran pase de pecho. Y luego, de nuevo con la mano derecha, una espléndida tanda de toreo ligado y en redondo, aguantando un parón.

Y los desplantes. De todos los toreros del escalafón, Finito es el que hace desplantes más toreros. Porque no son exagerados ni estudiados, sino que le salen naturalmente, desde adentro.

El joven Ramsés, todavía muy poco placeado, nos dio lo que debe dar un matador que empieza: valentía y decisión. Un toreo pundonoroso en sus dos toros, de ansias novilleriles de triunfo grande, y que hubiera sido todavía mayor, de tres orejas, si en el tercero de la tarde la presidencia no le hubiera negado la segunda incomprensiblemente. Tan incomprensiblemente como había regalado la del segundo toro veinte minutos antes. A su primer toro, un colorao con cien kilos menos que el resto de sus hermanos ( hermanos? No: todos fueron distintos), el de mayor movilidad de la corrida, le pegó muletazos muy buenos, muy limpios, muy bien dibujados. Era un buen toro, de esos que dejan en evidencia a los toreros incapaces: y Ramsés supo estar a su altura. La estocada fue la mejor de la tarde.

El sexto era un jabonero del mismo color sucio del barrizal del ruedo. Tan decidido como en el tercero, Ramsés lo recibió con unos lances templados rematados con una revolera. La faena de muleta la comenzó de rodillas - ay! pero es que todavía tiene alma de novillero-, hasta que un derrote a la cara le aconsejó ponerse en pie, como los seres humanos. A este toro, que era más complicado que su noble primero, lo supo entender muy bien, llevándolo sin quitarle nunca la muleta de la cara. Y le cortó otra oreja.

Sebastián Castella, que en su primera presentación en Bogotá no había encontrado toros, quiso desquitarse con los de El Paraíso . Pero no se desquitó. Ni con el quinto de la tarde, un manso distraído y que se rajó pronto, ni tampoco con el segundo, que era bueno y fijo, aunque parado por exceso de kilos. Le cortó una oreja, sí. Pero no por razones taurinas, sino de índole demagógica. Demagogia de la presidencia de la plaza, que no supo resistir la petición de oreja de una parte del público, ruidosa pero no mayoritaria. Y demagogia, sobre todo, del torero, que impresionó y conquistó a esa parte del público a base de hacer una y otra vez el llamado péndulo , mostrando y ocultando alternativamente la muleta detrás de su cuerpo mientras el toro balanceaba la cabeza a derecha e izquierda como esos burritos de plástico que los taxistas cuelgan del espejo retrovisor y cabecean en el tráfico.

Del péndulo puede hacerse la misma observación que hacía Jonathan Swift con respecto a las ostras: osado tuvo que ser el primer hombre que se comió una. Pero ya después... Osado tuvo que ser el primer torero que se atrevió a hacer el péndulo ante los pitones de un toro (creo que fue Dámaso González). Pero ya después no tiene gracia: no pasa nada.

FOTO/Milton Díaz EL TIEMPO.

Un soberbio doblón de Finito de Córdoba para iniciar su faena a este bravo toro de El Paraíso , al que le cortó las dos orejas y salió en hombros.

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