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MARIHUANA Y LEGALIZACIÓN

MARIHUANA Y LEGALIZACIÓN

Si hay una droga viable de legalizar, es la marihuana. Si el debate se da desde el punto de vista moral, pues eso es un imposible. Pero el problema de la droga no es moral ni mucho menos; es estrictamente económico y de salud pública. Toda acción que se ha tomado con respecto a la droga parte de la base, hasta el momento, de la moralidad. Y los resultados nos demuestran hasta dónde esa política nos ha llevado. Es como la prohibición del alcohol en los años 20 en los Estados Unidos, que produjo como resultado el crecimiento de unas mafias que hasta hoy han perdurado.

Pero si se le meten números a la cosa, pues resulta menos costoso para una sociedad legalizar la marihuana (con un estricto control que de todas maneras no lleve de nuevo a la creación de mercados ilegales) que reprimirla.

El primer punto de contención es el de los efectos físicos. Si la marihuana fuera tan dañina como nos lo hacen creer quienes piden más represión, hoy los efectos de una generación que fumó durante 20 años, la de los 60, ya se estarían viendo. Pero hasta el momento no hay ninguna investigación que sustente una mayor morbilidad o mortalidad en los millares de personas de esa generación que fumaron, o aún fuman, marihuana.

Asimismo, aquellos que dicen que el uso casual de la marihuana lleva al uso habitual de alto consumo varios varillos al día, están siendo contradichos por estudios en los que se sustenta la tesis de que el alto consumo de marihuana apenas es una etapa transitoria para la gran mayoría de los usuarios de esta droga.

Además, si bien hay una tendencia (desafortunadamente no existen los estudios que indiquen qué tan masiva es) a que el uso de la marihuana conduzca a la utilización de drogas más fuertes, hasta ahora no hay cifras exactas sobre qué porcentaje de adictos lo hacen. Sin embargo, la marihuana también puede servir de droga complementaria (el uso de dos drogas al tiempo, y es mejor eso que coca y heroína, por ejemplo) o de droga sustituta que sin duda es mucho mejor que cualquier narcótico de los antes mencionados.

Lo que al parecer sí está sucediendo es que el consumidor pesado ( heavy user ) de marihuana del diez al quince por ciento de los 20 millones de consumidores que hay en Estados Unidos recurre a la venta de la droga o al crimen para subsidiarse el vicio, lo que le permite ganar suficiente plata inclusive para pasarse a drogas más fuertes y más caras. Por ello el cambio del régimen legal no solo tendría efectos en la tasa de criminalidad, pues la marihuana es la droga más consumida, sino en la posibilidad de traslado a drogas más dañinas.

Desafortunadamente, a la droga de más uso en los Estados Unidos no se le ha estudiado lo suficiente como para poder ver qué efectos exactos tienen las distintas políticas sobre el consumo, qué tanto traslado hay, qué efectos tiene a largo plazo y por ende qué políticas serían las más adecuadas para manejar el problema.

Por otra parte, el empleo médico de la marihuana está ampliamente probado. Sus beneficios, por ejemplo para eliminar el vómito en los pacientes con tratamientos de quimioterapia, son claros. Es importante como primer paso definir las políticas hacia la marihuana medicinal, en contraste con el uso recreacional . El uno no tiene nada qué ver con el otro y además ya hay tanta marihuana barata en el mercado que es muy pequeña la cantidad de la legal que se iría al mercado ilegal.

La descriminalización ilegal el cultivo y la venta, pero legal la posesión no produjo en los 70, en once Estados norteamericanos que lo hicieron, un discernible aumento en el consumo o en los arrestos con los Estados que no lo hicieron. No obstante, lo grave de este tipo de política es que puede aumentar el consumo al permitirlo y es factible que suceda si se hace a nivel nacional, pues le daría un poco de caché a la marihuana pero deja en el mercado negro la venta y producción, aumentando las ganancias ilícitas que son la fuente del problema. Por eso la tan mentada descriminalización es un sofisma que empeoraría la situación.

En fin, la legalización traería grandes beneficios y también algunos males. Lo primero es que acabaría con las multimillonarias utilidades ilegales que a través de impuestos pasarían a ser del Estado que las podría enfocar en educación, propaganda, control mínimo (como el del alcohol). Ni hablar del efecto que podría tener en los países productores y en las economías campesinas dedicadas a cultivos ilícitos. Acaso no sería más interesante cultivar marihuana que dedicarse a la coca o a la amapola, que seguirían siendo ilegales? Claro que existe la posibilidad de que el consumo se dispare y la decisión de legalizar no es reversible. Además, quienes piden la legalización de todas las drogas, podrían montarse en ese bus a pesar de que es muy diferente la coca o el crack que la marihuana. Sin embargo, eso es harina de otro costal.

Según Mark Kleinman en su libro Against Excess (Contra el exceso), y del cual gran parte de esta columna fue extractado, hay otra alternativa que tan solo sirve para Estados Unidos o para países desarrollados en los que el régimen de control es factible. Es la de la legalización restringida. Aquí la persona que quiere marihuana la debe comprar en almacenes especiales que llevan control de cuanto consume el individuo, pueden limitar el exceso y penalizar a quien la usa y maneja o comete crímenes bajo el efecto del narcótico.

Asimismo, si la legalización de la marihuana lleva a que esta reemplace al alcohol y a otras drogas más fuertes, como parecen indicar las estadísticas, pues los beneficios de un régimen de esta naturaleza serían aún mayores.

Pero hay otro argumento más de fondo, pues es apenas obvio que los costos del alcoholismo y del tabaquismo son mucho mayores que los de la marihuana, dada la extensión de su uso. Por eso sería interesante proponer un régimen común para esas tres drogas. Así, no solo se rompería esa barrera moral que hoy pone a la marihuana al lado de la coca y la heroína mientras permite que el cigarrillo y el trago estén en una lista aparte, sino que dividiría a las drogas menos perjudiciales en un lado y trazaría una barrera profunda con respecto a las que sí son mucho más dañinas sicológica, económica, social y físicamente.

Es hora de que el debate sobre drogas y drogadicción pase del plano puramente emocional a uno más científico. Solo así lograremos minimizar los riesgos de ese histórico afán del ser humano por estimularse. Lo otro, como lo del caso de Carlos Ossa, son distracciones del verdadero problema.

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