LA BODA DEL PRÍNCIPE

LA BODA DEL PRÍNCIPE

Para juristas y políticos, la boda de la periodista Letizia Ortiz y Felipe de Borbón, príncipe de Asturias y futuro rey de España, es un asunto de Estado rodeado de rigores tan insólitos como el obligatorio permiso paterno. Para los republicanos recalcitrantes, un insultante suceso en contravía de la historia. Para la mayoría de los españoles, un gran festejo de raíces tradicionales, al cual se suman emotivamente. Sin duda, este matrimonio, que tendrá lugar en la Catedral de la Almudena, en medio de gran pompa y solemnidad, a las 11 de la mañana de Madrid 4 de la madrugada de Colombia , ha despertado, por todo lo que significa, la atención mundial y el inusitado despliegue de los medios de comunicación.

21 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Para juristas y políticos, la boda de la periodista Letizia Ortiz y Felipe de Borbón, príncipe de Asturias y futuro rey de España, es un asunto de Estado rodeado de rigores tan insólitos como el obligatorio permiso paterno. Para los republicanos recalcitrantes, un insultante suceso en contravía de la historia. Para la mayoría de los españoles, un gran festejo de raíces tradicionales, al cual se suman emotivamente. Sin duda, este matrimonio, que tendrá lugar en la Catedral de la Almudena, en medio de gran pompa y solemnidad, a las 11 de la mañana de Madrid 4 de la madrugada de Colombia , ha despertado, por todo lo que significa, la atención mundial y el inusitado despliegue de los medios de comunicación.

Los latinoamericanos, que hace dos siglos nos desprendimos de reyes y virreyes, observamos el fenómeno con más curiosidad que fervor o desdén. La más inmediata referencia a las bodas reales son los cuentos infantiles, así que, pese a la indudable simpatía que despiertan en estas tierras el rey Juan Carlos y su familia, un acontecimiento como el que tendrá lugar mañana en Madrid parece un tanto surrealista. Se le ve como algo distante y, si se mira la intensidad emocional que despierta, incluso un poquito absurdo. Y sin embargo, millones de personas, por aquello de la curiosidad, o de la fascinación por este nuevo cuento de hadas, van a madrugar a observar el suceso.

No obstante, para calibrar la importancia del acto hay que entender el significado de las monarquías democráticas en la Europa actual. Hace un par de meses, la mitad de los países de la Unión Europea tenía reyes o príncipes en la jefatura del Estado. Con el ingreso reciente de diez repúblicas, la proporción desciende a menos de un tercio. Pero es elocuente que varias de las naciones más democráticas, libres y avanzadas del mundo el Reino Unido, España, Suecia, Holanda, Dinamarca, Bélgica estén regidas por familias que habitan en palacios, observan ceremonias seculares y pertenecen a un mundo de fantasía. Lo mejor que puede decirse de estos regímenes es que son un eficaz arcaísmo que, al poner la jefatura del Estado en cabeza de un representante decorativo y la del gobierno en manos de un representante político, ofrece estabilidad institucional.

En España, la corona ha desempeñado en tiempos recientes un papel que desborda el mero ornato. Juan Carlos I captó la ola democrática que trepidaba bajo la dictadura y se asoció a ella. Su actuación salvó la democracia en el fracasado golpe militar de febrero de 1981 y dio el empujón definitivo a la España postfranquista. Fue una buena manera de que los Borbones hicieran las paces definitivas con la historia. La familia llegó a España en 1683, importada de la casa reinante en Francia, y en 250 años tuvo que abandonar tres veces el trono: en 1808, por despojo de Napoleón, que catalizó la independencia de los países americanos; en 1868, al triunfar la revolución contra Isabel II; y en 1931, al proclamarse la República. Franco propició una retorcida restauración, que obligó a don Juan, el legítimo heredero, a abdicar a favor de su hijo Juan Carlos. Este acabó por concitar la simpatía de los distintos sectores de opinión.

Ahora es su hijo y sucesor quien se casa. Ya lo hicieron sus dos hermanas mayores que, por vigencia de la milenaria y antifeminista Ley Sálica, están relegadas de la línea hereditaria. Entra de su brazo al Palacio de la Zarzuela una representante de la España del siglo XXI: una joven profesional de clase media, inteligente, guapa y divorciada. Por no ser de sangre azul, Letizia escandalizó a ciertos náufragos de una nobleza que huele a naftalina. Pero goza de la abrumadora simpatía de los españoles. Gracias a ello, todo ofrece el tinte de un día feliz. El dispendio en festejos se mira como ocasión de embellecer a Madrid. Los medios de comunicación hacen su agosto. Los invitados aprovechan su efímero papel en el cuento de hadas. Hasta la Catedral de la Almudena disimula su esperpéntica arquitectura. Que los novios sean felices, y que coman perdices, o lo que coman los príncipes del Tercer Milenio.

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