EL TALABARTERO DE NATAGAIMA

EL TALABARTERO DE NATAGAIMA

Alvaro Ferreira Peralta no sabe hacer otra cosa en la vida. En la época en que se crió, la gente podía escoger entre la sastrería, la zapatería o la carpintería. El natagaimuno escogió el arte de tallar correas y sillas, para ensillar caballos.

20 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Alvaro Ferreira Peralta no sabe hacer otra cosa en la vida. En la época en que se crió, la gente podía escoger entre la sastrería, la zapatería o la carpintería. El natagaimuno escogió el arte de tallar correas y sillas, para ensillar caballos.

Desde entonces, en el año 1946, se ha dedicado día a día a mejorar sus sillas y galápagos (sillas para mujer) y así ha sacado adelante a su familia conformada por sus 10 hijos.

Su esposa, María Inés Caviedes, fiel compañera durante 50 años, murió el día en que se realizó ésta entrevista. Sin embargo, el veterano campesino, no tuvo inconveniente para relatar su historia de vida alrededor del cuero.

Mis clientes se espantaron. Este arte se está muriendo, igual que yo. Pero antes de que San Pedro se acuerde de mí seguiré haciendo sillas , cuenta el talabartero.

Hasta Natagaima ha llegado gente de Villavicencio, Cali, Caquetá, Bogotá y hasta de otros países, preguntando por las sillas de don Alvaro.

Semanalmente termina unas cuatro sillas, que pueden ser vendidas, de acuerdo, con la capacidad de los compradores, hasta en 250 mil pesos cada una.

Sólo el cuero cuesta 100 mil pesos, y el fuste, (el armazón que se forra) se consigue en 30 mil pesos. Pero cada silla tiene mucho trabajo, por eso no es tan buen negocio, como muchos creen , relató en medio del llanto que le producía la reciente noticia del fallecimiento de su esposa.

A veces, por no quedarse con el trabajo exhibido en su casa, en donde construyó un taller del cuero, entrega sus sillas hasta por 140 mil pesos.

A mí ya no me interesa ser millonario, por eso prefiero que la gente se quede con mi trabajo antes que morirme con eso colgado en la casa.

Pero la vida de Alvaro Ferreira ha cambiado mucho y él es consciente de que se acerca a su final. En los mejores tiempos llegó a tener diez trabajadores en el taller fabricando sillas, pero hoy sólo un esporádico ayudante lo acompaña.

De sus diez hijos, seis mujeres y cuatro hombres, sólo una intentó aprender su arte. Los demás escogieron labores diferentes.

Hoy en medio de la soledad, se levanta a terminar una silla que empezó hace algunas semanas y a la que le ha puesto un empeño especial. Dice que será su mejor trabajo, porque pretende hacer la mejor venta, para dejarle un punto alto a sus escasos competidores. O a lo mejor, es la que me va tocar montar para llegar al cielo, en el viaje de reencuentro con mi esposa, porque a estas alturas, ya no hay tiempo ni para moza , concluyó el talabartero de Natagaima.

Foto:Alvaro Ferreira, en medio de su trabajo. Su taller alcanzó a tener diez trabajadores. Caballistas de todo el país han llegado a Natagaima preguntando por sus sillas.

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