LOS MÁGICOS REMEDIOS DE DON GERARDINO

LOS MÁGICOS REMEDIOS DE DON GERARDINO

No es un santo, ni un brujo, pero de vez en cuando realiza un milagro. Es don Gerardino Valencia, un doctor natural en todo el sentido de la palabra. En su improvisado consultorio, una vieja carretilla llena de yerbas, bejucos y flores, desde hace 25 años atiende a sus heterogéneos pacientes en la carrera 24 con calle 67, en el corazón del 7 de Agosto. Mujeres y hombres de a pie, señoras rififí en elegantes automóviles y gente del pueblo, humildes jornaleros y campesinos que la ciudad ha devorado, lo visitan y confían en que sus pócimas sanan enfermedades y heridas y desatrancan la mala suerte.

23 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

No es un santo, ni un brujo, pero de vez en cuando realiza un milagro. Es don Gerardino Valencia, un doctor natural en todo el sentido de la palabra. En su improvisado consultorio, una vieja carretilla llena de yerbas, bejucos y flores, desde hace 25 años atiende a sus heterogéneos pacientes en la carrera 24 con calle 67, en el corazón del 7 de Agosto. Mujeres y hombres de a pie, señoras rififí en elegantes automóviles y gente del pueblo, humildes jornaleros y campesinos que la ciudad ha devorado, lo visitan y confían en que sus pócimas sanan enfermedades y heridas y desatrancan la mala suerte.

A sus 75 años, con ojos pequeños y orientales, y con una boina de capitán maltrecha por los vaivenes del tiempo, recuerda que vino al mundo en Calarcá, rodeado de naturaleza: de árboles, pájaros y vacas, y que nació "con una fuerza de poder muy hermosa". A los 14 años entendió que su vida estaba en las plantas. Lo atacó un terrible dolor de estómago, fue al monte, cogió unas yerbas, se preparó un menjurje y se curó solito. Desde ese momento, genio y figura, leyó todo lo que le caía en las manos acerca de las plantas medicinales.

No es un docto con la palabra, ni tiene la lengua sagaz de un culebrero, pero cuando habla de sus plantas medicinales lo hace con un don que tranquiliza e ilumina. El insiste sin ninguna pretensión, que ha curado diabéticos desahuciados por la ciencia médica y sifilíticos que se estaban pudriendo por dentro, "secos como un gajo de cebolla".

Un día llegó un hombre en silla de ruedas, y desesperado le dijo: "Hasta hoy vivo yo"; tenía un pie en el más allá. Le cogió la mano y predijo una fiebre interna, "el hombre no quería probar bocado", y le recetó tomar en ayunas una mezcla de almizclillo, arrayán rojo y un bejuco de nombre subicoje. "A las dos semanas el hombre volvió caminando y me regaló agradecido una ancheta", recuerda sonriente el empírico galeno.

Su planta predilecta es el almizclillo que cura la próstata, la sífilis y a la mujer que sufre de la matriz. Para un dolor de cabeza que lo revuelque a uno en el piso, lo mejor es una mezcla de hierbabuena, limonaria y albahaca; para combatir el colesterol: almizclillo, gualanday y nogal. Para un ataque de nervios o un feroz insomnio, salvia -que sirve también para la trombosis-, mejorana y valeriana. Para limpiar la sangre y curar a la mujer con hemorragia nada mejor que una infusión de zarzaparrilla, sardinata y gualanday. Para las heridas, la santa caléndula.

En un país donde la salud pública es precaria, este campesino aventajado tiene un espacio de supervivencia, porque sus remedios no tienen químicos, no hacen daño, y una consulta suya con receta y medicamento incluido no cuestan más de 10 mil pesos.

A su consultorio ambulante también llegan rezados, gente que sus enemigos han maldecido con la mala suerte. "Hay que limpiarlos interna y externamente para que boten lo que les han dado". Lo mejor en estos casos, son tomas de ruda con leche hervida durante cinco sábados. O baños de plantas amargas como abrecaminos, pegapega y altamisa, que "sacan la sal de encima". Don Gerardino también bendice ajos para que la plata no falte nunca en los bolsillos.

Día tras día, en el inmenso consultorio de la calle, entre montones de yerbas que le llegan del Cauca y del Tolima, espanta como por arte de magia las sales y enfermedades que agobian al prójimo.

FOTO:.

Claudia Rubio/EL TIEMPO

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