ALTA GUAJIRA, EN PIE DE GUERRA

ALTA GUAJIRA, EN PIE DE GUERRA

En las cerca de 200 casas de Bahía Portete, donde hasta hace un mes y medio vivían más de 2.000 indígenas wayuu, no queda el menor vestigio de vida. Todas están abandonadas, unas clausuradas con candados, otras con cordones de zapatos. (VER INFOGRAFIA: RANCHERIAS DESOCUPADAS)

23 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En las cerca de 200 casas de Bahía Portete, donde hasta hace un mes y medio vivían más de 2.000 indígenas wayuu, no queda el menor vestigio de vida. Todas están abandonadas, unas clausuradas con candados, otras con cordones de zapatos.

(VER INFOGRAFIA: RANCHERIAS DESOCUPADAS).

Los habitantes huyeron el pasado 18 de abril. Ese día, cuentan indígenas que ahora están desplazados en Uribia, un grupo paramilitar recorrió las rancherías de Bahía Honda, Way, Punto Fijo, Media Luna y Portete -a más de cuatro horas en carro de Uribia atravesando el desierto-, saquearon sus ranchos, quemaron un vehículo con una niña adentro y atacaron a golpes de hacha y machete a mujeres y niños.

Hoy, en Media Luna, un espejo atravesado por palos en las tumbas de Rosa Fince Uriana y Margoth Ballesteros Epiayú marca la declaratoria de venganza de familias indígenas wayuu contra paramilitares de Jorge Tovar Pupo, llamado Jorge 40 o El Papa Tovar , uno de los jefes del Bloque Norte de las Auc. A sus 200 hombres en La Guajira, que conforman el llamado Bloque Contrainsurgencia Wayuu, la gente y las autoridades les atribuyen la matanza.

Rosa y Margoth, de 40 y 60 años, son dos de las víctimas de ese día. Cayeron dentro de una guerra que se libra en La Guajira desde hace dos años, tras la llegada de los paras , traídos por capos y algunas familias locales comprometidas con negocios ilícitos.

Cuentan los wayuu que en su recorrido los paras robaron tumas (piedras preciosas para el trueque, el pago de dotes y deudas) y profanaron lo más sagrado para esta etnia: sus cementerios.

El relato lo corrobora una comisión de la Fiscalía Seccional La Guajira y la Brigada de Homicidios de la Sijín, al mando de Roberto Hernández Espelete, jefe de Policía Judicial del CTI de Riohacha, que halló los cadáveres el pasado 11 de mayo.

Las mujeres son las primeras víctimas identificadas de la incursión que, según los indígenas, dejó 12 muertos y 30 desaparecidos. La comisión estatal, que recorrió durante una semana el desierto, ha hallado tres cuerpos y parte de un cuarto. Hernández confirmó que hay dos desaparecidas más: Diana Fince Uriana y Reina Fince Pushaina.

María Isabel Smith, directora seccional de Medicina Legal, dijo que junto a una de las mujeres muertas se halló el brazo incinerado de una pequeña, a la que se le tomaron muestras de ADN para identificarla.

La otra víctima identificada es Rubén Epinayú, de 19 años, a quien, cuentan los indígenas, lo arrastraron un kilómetro amarrado a un carro y luego le dieron un tiro en la cabeza.

"Es probable que los paras hayan iniciado un recorrido por rabia, no selectivo sino indiscriminado para sembrar terror y demostrarles a los wayuu que ahora ellos tienen el poder", asevera una fuente de la Fiscalía.

Como sea, lo cierto es que con el espejo (que se ve acompañado de galletas, gaseosas y algo de dinero que los deudos dejan a sus muertos), las familias de las víctimas les notificaron a los criminales que cobrarán venganza. Los palos, cuentan los wayuu, son para que no puedan correr mucho.

Lío por coca.

Según los organismos de seguridad, estos crímenes estarían ligados a la pérdida de una tonelada de cocaína de Jorge 40 , a quien señalan como propietario de los cargamentos devueltos el año pasado a los narcos por policías del Atlántico.

La droga habría desaparecido a comienzos de marzo de los centros de acopio en Bahía Portete y Maicao cuando iba a ser embarcada por Cañarete y José María Barros, Chema Balas . A este último, nativos, comerciantes y autoridades de la región lo señalan como el capo wayuu que trajo a los paras . Su familia, además, controla el puerto de Portete hace más de tres décadas.

Según fuentes oficiales, la cocaína habría sido robado por los Conoconitos , un grupo delincuencial integrado por indígenas que de tiempo atrás comete toda clase de atropellos en la zona y que no pudo ser sometido por los paras . Dos días antes del ataque a las rancherías, ese grupo emboscó en Poropo, en pleno desierto, un convoy paramilitar y le produjo seis bajas.

Los Conoconitos hicieron quedar mal a Chema Balas con los paras , haciéndolo aparecer como el responsable de la pérdida, lo que desató la cadena de muertes en la Alta Guajira, pero también en Riohacha y Maicao. Esa seguidilla de crímenes aún no para y solo en la última semana ha dejado al menos una docena de muertos más.

Indígenas que dialogaron con este diario a condición del anonimato dijeron que el día de la matanza los paras andaban tras Vicente Gutiérrez, a quien unos describen como simple trabajador y otros como jefe del clan Fince, una familia con tierras en los alrededores de los puertos. Gutiérrez, para vengar los desmanes de los paras con los indígenas y la muerte de dos jóvenes de su clan, habría revelado la localización de la coca a los Conoconitos .

El reino del terror.

La matanza del 18 de abril, que derivó en el mayor éxodo wayuu de la historia, es un episodio más dentro del avance paramilitar que ha sembrado el terror en La Guajira.

Hoy, por cuenta de esa cadena de hechos, vientos de guerra atraviesan La Guajira. Las víctimas han sido, principalmente, de las familias Fince, Uriana y Epiayú.

Las autoridades coinciden en que todo hace parte de una estrategia de los paras de Jorge 40 para controlar los puertos y los comercios ilícitos que se han movido tradicionalmente por esta tierra de la ilegalidad.

Veteranos del contrabando como pocos, primero de mercancías y licores, luego de marihuana, más tarde de combustible y ahora de armas y cocaína, un puñado de wayuu aprendieron a sobrevivir en medio de refriegas y a hacer de cada trocha del desierto un camino del comercio ilícito, ajeno por completo a la mayoría de los 70.000 indígenas que habitan la región.

El control de los puertos del que han vivido por décadas unas pocas familias, cobrando a contrabandistas y narcos por su uso sin importar si las mercaderías son legales o no, está hoy amenazado por paras y narcotraficantes.

Los hombres de Jorge 40 llegaron hace unos dos años por petición de varios capos guajiros que sacaban la droga e ingresaban armas por los cientos de kilómetros de bahías de la Media y Alta Guajira, y de comerciantes de Maicao que buscaban proteger sus camiones del saqueo en el desierto.

"El matrimonio paras -narcos marchaba bien hasta que los hombres de Jorge 40 decidieron apoderarse de todo -explica una alta fuente de la Fiscalía-. Han quitado del camino a quienes se les han opuesto o no han querido negociar, resquebrajando sus alianzas iniciales".

En esa estrategia de dominio total, los paras inclusive asesinaron a dos intocables del comercio en Maicao: Mario Cotes -líder del contrabando de armas, gasolina e insumos para la guerra- y Luis Angel González Boscán, narco requerido por la Fiscalía y la DEA, asesinado el pasado 7 de marzo.

Según las fuentes, hoy los paras controlan el 90 por ciento del narcotráfico en La Guajira, cobran vacunas a transportadores, dueños de negocios en Maicao y se quedaron con el comercio en algunas zonas del desierto.

Comerciantes de Maicao revelaron a EL TIEMPO que deben pagarles 500.000 pesos por cada camión que se carga con mercancía. "Un solo barco puede requerir hasta 20 camiones; los entramos legalmente, pagamos impuestos del 4 por ciento a la DIAN y aún así debemos pagarles a los paras . En un solo mes pueden llegar hasta 500 camiones y quien no pague, es hombre muerto", dice un comerciante de la ciudad, en donde este año han sido asesinadas 58 personas. La mayoría de los crímenes son atribuidos a los paras .

También, dicen las fuentes oficiales, despojaron a clanes guajiros del tráfico de gasolina.

"A cada camión le cobran 30.000 pesos y son 100 vehículos diarios los que entran la gasolina al centro de acopio de Maicao, manejado por una cooperativa conformada por indígenas intimidados por los paras ", explican guajiros relacionados con ese comercio.

En pie de lucha.

"Lo más grave de esta guerra es el componente étnico, que le da una connotación que no tiene ningún otro conflicto en el país. Los wayuu lo perciben como la llegada de elementos foráneos que quieren despojarlos de su tierra", dice un conocedor de esa cultura.

Por eso, agrega, las mujeres y los niños huyeron mientras los hombres se quedaron escondidos en el desierto para luchar contra los arijunas (blancos), que pretenden desterrarlos de su territorio.

Las autoridades sospechan también que tras el conflicto se camuflan peleas internas de bandas de contrabandistas y capos guajiros, e incluso de clanes indígenas.

Las autoridades coinciden en que guajiros comprometidos o no con la ilegalidad están armados y dispuestos a defender con sangre su territorio y su hegemonía. Se dice que han llegado indígenas de Venezuela (los wayuu son una etnia binacional) para ayudarlos a librar la batalla.

La situación ha llegado a tal punto que el pasado miércoles el propio Jorge 40 entregó al alto Gobierno una carta en la que recoge su versión de la problemática en la Alta Guajira.

En ella, el jefe para alega que no han atropellado a los wayuu y atribuye la situación a una pelea que su grupo sostiene con bandas guajiras que se dedican a traficar, contrabandear y secuestrar, aliadas con las Farc.

El terror, en todo caso, sigue recorriendo la región. Centenares de inocentes han huido de los atropellos y todo el mundo teme denunciar. Los desplazados inclusive han llegado a Maracaibo (Venezuela).

"Nos están matando a todos y lo que le pedimos al Gobierno es que nos defienda, que mande a la zona militares y policías honestos o que nos dé la posibilidad de defendernos. Si nos dejan armar, en un mes no queda un solo para en La Guajira", sentencia otro comerciante.

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