LA GRAN FERIA DEL FUTURO

LA GRAN FERIA DEL FUTURO

El recinto principal del Centro de Convenciones de Portland (Oregon, E.U.) era una fiesta. Los gritos explotaban y las banderas aparecían ondeantes cada vez que se anunciaba cada ganador, como si se tratara de un gol en la final de un mundial de fútbol.

23 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El recinto principal del Centro de Convenciones de Portland (Oregon, E.U.) era una fiesta. Los gritos explotaban y las banderas aparecían ondeantes cada vez que se anunciaba cada ganador, como si se tratara de un gol en la final de un mundial de fútbol.

Los japoneses, los taiwaneses y los chinos continentales eran los más bullosos entre los cuatro mil asistentes. Y con razón, muchos de sus proyectos estaban recibiendo el reconocimiento en la feria científica y tecnológica para estudiantes no universitarios (precollege) más grande del mundo, donde compitieron con cientos de proyectos locales -los mejores de los diferentes estados de Estados Unidos- y de 37 países más.

Era la ceremonia culminante de los seis días de la Feria de Ciencia e Ingeniería (Isef es su sigla en inglés), que se realiza anualmente desde hace 55 años y que tiene desde hace ocho como principal patrocinador a Intel, el mayor fabricante de chips del mundo y uno de los líderes de la industria de los computadores.

Esta vez la Intel Isef reunió en Portland a cerca de 1.300 jóvenes científicos e inventores -con profesores, padres y demás-, que escucharon a siete premios Nobel, hicieron amigos, atendieron a decenas de medios y hasta rumbearon, al tiempo que competían con sus proyectos por alrededor de tres millones de dólares en becas, equipos y viajes.

"Pero quizás más importante que los premios es la oportunidad de conocer gente de su edad y de diferentes culturas y de ganar autoestima presentando sus ideas en una escenario como este", destaca Bárbara Carman, gerente del programa Intel Isef.

Todos los participantes venían de competencias locales y regionales en las que cada año se inscriben entre 3 y 5 millones de estudiantes. Cada una de las 542 ferias afiliadas a Intel Isef envió a la final dos proyectos individuales y un en equipo.

Los proyectos estaban clasificados en 14 categorías: desde ciencias del comportamiento social y medicina hasta matemáticas y ciencias espaciales. Unos 1.500 jurados voluntarios, todos con un grado un doctorado o algo equivalente en su área de especialización, los juzgaron.

Los concursantes mayores no pasaban de los 20 años y el menor era un vivaz chico peruano de solo 12 años, Sergei Chávez, que llevó un proyecto para evitar amputaciones gracias a una larva que ayuda a resanar heridas. Al otro lado del gran salón de los expositores su compañero Oscar Mejía, de 16 años, tenía una propuesta para recuperar una piedras astronómicas incas que abundan en las esquinas de Lima. Ambos estaban allí gracias a que en su colegio funciona un club de ciencia que recibe apoyo de una ong peruana.

Con cartulinas, fotos y su inglés limeño, estos chicos se defendieron como tigres ante los jurados, mientras muchos otros, especialmente de los países desarrollados, usaban sofisticadas ayudas de computador.

"Pero las diferencias entre ellos y nosotros están en eso: en los recursos materiales. En lo demás, por lo que he visto, estamos muy parejos", opinó el profesor argentino Edgardo Vásquez, que estaba acompañando a Daniel Rubino y Alejandro Riedel, dos jóvenes de una escuela pública de Buenos Aires que se habían inventado una programa para crear una cama robot que les da autonomía a los parapléjicos en su vida diaria.

A uno de ellos se le había ocurrió la idea tras ver el drama de un tío inválido. La cama que se inventaron les había costado 700 dólares, diez veces menos que otras parecidas que hay en el mercado. Lo que más le gustaba de la idea a su profesor era su beneficio social: "Aquí hay un proyecto para resolver el cubo Rubik con un computador, pero que utilidad tiene eso? Es solo un juego. Ellos podían haber hecho lo mismo, pero pensaron en algo útil".

Ese sentido de utilidad dominaba las propuestas. Por ejemplo, Ishani Choksi, una chica de 15 años, supo que era la visión periférica porque su maestro de karate le recomendaba usarla. Eso la llevó a estudiar el tema para descubrir que si uno quiere estar más seguro debe conducir carros blancos y amarillos porque son los más adecuados a ese tipo de visión. Y Alison Landstrom, de 17 años y estudiante en Beaverton (Oregon), probó que la hormona relaxin explicaba porque los ligamentos de las mujeres son más débiles en mujeres que en hombres.

Angel Alicea, un puertorriqueño de 18 años, convirtió un motor de carro en un pequeño y seguro generador de energía eólica. Timur Khamziyev, de Kazakhstan, estableció un método para limpiar la orbita geoestacionaria y Felipe Pohren, un chico de Atacuará, ciudad cercana a Porto Alegre (Brasil), se inventó una impresora para ciegos que solo le costó 20 dólares.

Al final, Felipe se fue sin premio pero los argentinos de la cama, que por primera vez salían de su país, lograron un cuarto lugar en su categoría, lo que se tradujo en 400 dólares para cada uno.

Los latinoamericanos mejor premiados fueron tres estudiantes de Aguas Calientes (México) -Luis Eduardo Torre, José Ramón Díaz y Rodrigo Velasco- que diseñaron un sistema para aprender a conocer el cerebro de forma divertida. Dieciocho veces recibieron a los jurados, que le dieron un segundo lugar en su categoría. Dicen que cuando la cuenta pasa de 12 visitas es porque la cosa va para premio.

Uno de los muchachos es aficionado al diseño y los otros dos a los computadores, pero ninguno con pinta de genio. "Esto se lo debemos a un profesor que nos entusiasmó, si no nunca nos hubiera ocurrido participar", contó uno de ellos. Cada uno se llevó 1.500 dólares por su segundo lugar.

Los tres grandes ganadores fueron una chica de la Florida, Sara Rose Landberg, que hizo estudios químicos y matemáticos sobre una región volcánica; un alemán, Uwe Trestke, que desarrolló un microcopio poderoso pero barato, gracias entre otras cosas al uso de material reciclicado; y un chino, Yuanchen Zhu, que desarrolló un método para generar gráficos tridimensionales de computador de mayor calidad y que participaba por segunda vez. Un enjambre de periodistas chinos lo atrapó apenas se conoció su triunfo. "Es que en China la educación es una obsesión", explicó uno de ellos.

Los tres mejores probablemente asegurarán muy rápidamente su futuro como científicos. Universidades estadounidenses ya estaban haciéndoles ofertas. Pero muchos otros se quedarán en sus países y quizás se dedicarán a otras cosas. Por ejemplo, dos chicos argentinos que había hecho un estudio astronómico interesante que fue premiado como cuarto lugar en su categoría ya se habían decidido por la economía y la abogacía, porque no encontraron estímulo alguno en su provincia del Chaco para ser científicos.

"Sin embargo -como dijo Per Bengtsson, presidente de la Federación Sueca de Jóvenes Científicos- esta experiencia seguramente marcará sus vidas porque serán los padres de futuros científicos o empresarios que podrán algún día poner dinero para descubrir nuevos talentos".

Quizás el próximo año haya por primera vez un joven colombiano. Hasta ahora no ha sido posible porque no hay en el país ferias de este tipo, dice los encargados de Intel. El director para Educación del Cono Norte de la empresa, Marco Gloria, hará una visita el próximo mes de junio para concretar las posibiliades en este tema.

Este artículo fue posible gracias a una invitación de Intel.

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