LA PASIÓN DE CRISTO A LA IGLESIA

LA PASIÓN DE CRISTO A LA IGLESIA

En pocos minutos, el templo se sumió en una oscuridad interrumpida solo por los haces de luz que cruzan sus coloridos vitrales.

10 de abril 2004 , 12:00 a.m.

En pocos minutos, el templo se sumió en una oscuridad interrumpida solo por los haces de luz que cruzan sus coloridos vitrales.

Desde el pasillo central que ha sido recorrido por innumerables devotos, protagonistas por décadas de bautizos, matrimonios y funerales, un proyector digital dio inicio a la función. La iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de Bucaramanga, se convirtió en una sala de cine por primera vez en su historia, y la película escogida no es otra que la polémica La Pasión del Cristo, de Mel Gibson.

Atraídos por la aparente omnipresencia de la comentada película y convocados por la parroquia, más de 1.500 espectadores se agolparon la noche del miércoles en el templo, en cuyas bancas caben solo 800 personas. Por ese motivo, muchos terminaron en el piso, escogieron un pasillo o se recostaron en una columna. Algunos descubrieron que el parqueadero del lugar ofrecía a la vez un buen ángulo y un clima más fresco. Otros, simplemente, vieron la proyección que duró un poco más de dos horas de pie.

En la improvisada pantalla, un vetusto telón amarillento, que nunca llegó a estar tensado del todo, un colosal Jesús es tentado por un Satanás andrógino en el huerto de los Olivos. El público, inquieto al comienzo, siguió con atención el diálogo en arameo. La concentración fue casi ceremoniosa. Incluso niños que no habrían sido admitidos a una proyección comercial estuvieron absortos mientras el Nazareno tomaba su decisión y partía hacia su muerte.

Se produjo, entonces, la primera deserción.

Lino Traslaviña, un hombre de 76 años que llegó a la iglesia solo, se marchó sin disimular su disgusto.Yo la miré hace como 55 años, pero esa sí estaba bien relatada. Esto no se entiende, no cuentan la historia completa, dijo.

Pero su opinión no fue la de la mayoría. En el templo, el ambiente pronto se tornó solemne. La alta nave central estaba abarrotada. El olor a incienso acompañó el reverencial silencio del público. En la pantalla amaneció y la brutal flagelación del Cristo (en la teología cristiana, el Hijo de Dios, hecho hombre) comenzó.

La reacción del público fue claramente perceptible, incluso en la oscuridad del lugar. Entre los rostros elevados como en una oración colectiva, comenzaron a brillar las lágrimas. Las mujeres se cubrían la boca con las manos, varias personas se persignaron y algunas parejas se fundieron en solidarios abrazos. No pasó mucho tiempo antes de que más fieles decidieran abandonar el templo.

Así lo hizo Nubia Barreto, de 52 años. Se salió porquealgo muy duro. Visiblemente consternada agregó:Lo que vimos no solo pasó, todavía está pasando. Y pensar que mucha gente ignora tanto dolor.

La mayor parte de los asistentes a la función mantuvo los ojos fijos en la pantalla hasta el final. Los niños -que en primera fila vieron en un ángulo privilegiado a los guardias romanos doblando a golpes las puntas de los clavos e izando torpemente la cruz- no le quitaron la mirada al lienzo amarillento.

Sola, de pie contra una columna, María Isabel Robles, de 25 años, observó con atención la película, que describió como un poquito violenta.

A unos cuantos pasos, Ruth Narváez, quien vino desde el barrio Mutis con su hermana y su sobrina para ver la proyección, enjugó sus lágrimas mientras decía:Es un ejemplo para el tiempo en que vivimos, pero me duele mucho ver todo lo que le hicieron al Señor por culpa de nuestros pecados.

Jesús ha muerto en la cruz.

De pronto se prendieron las luces, por lo que muchos no alcanzaron a ver la resurrección del Mesías. Pocos minutos después, el público abandonó el templo. Eran casi las once de la noche y una luna llena brilla en el cielo bumangués.

En la puerta principal, el párroco del Perpetuo Socorro no perdió detalle. Sin disimular su satisfacción, el padre Luis Carlos Jaimes dijo:No pensé, jamás en mi vida, tener el templo lleno. Es la primera vez que hacemos esto y la respuesta de la gente fue increíble.

Y mientras el público abandonaba el templo, el sacerdote tomó el micrófono para, desde el púlpito, concluir esa inusual reunión con sus fieles con la misma frase que usa en todas las demás: ir en paz.

Entre sollozos y desconcierto, bumangueses asistieron a una iglesia para ver la polémica cinta de Mel Gibson sobre las últimas horas de Jesús.

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